Un roto tras otro
Historias variadas de un país medio perdido
Leer las noticias en Estados Unidos estos días es a la vez algo increíblemente repetitivo y mentalmente agotador. Repetitivo porque, desde hace varios meses, las noticias parecen estar metidas en un bucle, atrapadas en la interminable crisis del estrecho de Hormuz. Agotador porque, aunque suceden cosas, la administración Trump ha entrado en esa fase en la que caen todos los presidentes cuando su popularidad se desploma, sufriendo una derrota política tras otra, pero con el filtro inaguantable de estupidez que parece teñir todo lo que viene de esta gente.
El bloqueo eterno de Irán
Una de las frases más celebradas de Trump durante sus mítines era su rechazo a las “forever wars”, las “guerras perpetuas”, que habían marcado la política exterior americana desde el 2001. Bajo su administración no veríamos aventuras militares en tierras lejanas con ejércitos de ocupación combatiendo insurgentes. Estados Unidos sólo tendría guerras cortas, decisivas y gloriosas, y sería respetado y temido por todos.
Trump no estaba mintiendo. Su administración ha evitado meterse en guerras interminables en Oriente Medio. Lo que tenemos es un alto el fuego inacabable en Oriente Medio en una especie de guerra que no es ni fría ni caliente, pero que tiene el estrecho de Hormuz cerrado igualmente.
Aunque las consecuencias económicas de este bloqueo no hacen más que empeorar, al presidente de Estados Unidos eso parece no importarle. Ya a finales de abril se hablaba de que Trump se aburría y estaba cansado de lidiar con la guerra, dedicándose a pensar en su salón de banquetes y otros proyectos personales.
El artículo que escribía hace un mes, sobre el bloqueo de las negociaciones, casi lo podría volver a publicar ahora sólo cambiando un par de fechas y enlaces y seguiría vigente.
Trump está diciendo ahora públicamente que las negociaciones son “muy aburridas”, una actitud vergonzosa en un jefe de estado al hablar desfiles militares, y más que indignante cuando habla sobre una guerra.
Desidia presidencial
La cuestión de fondo, no obstante, es que esta disposición presidencial no se limita a Irán. En las últimas semanas Trump ha respondido con variaciones de “me importa un comino” a toda clase de preguntas que deberían importar a un político, desde la subida del precio de la gasolina a la inflación, pasando por el rechazo que generan sus proyectos o su caída imparable en los sondeos. Lo único que parece animarlo es el estúpido salón de banquetes, el grotesco arco de triunfo que quiere construir frente al cementerio de Arlington, cubrir con dorados varias estatuas por Washington, su “reforma” del estanque del memorial de Lincoln, el grotesco combate de UFC que van a celebrar en la Casa Blanca para su cumpleaños1, y su obsesiva cruzada para vengarse de sus enemigos, reales o imaginarios.
Ningún presidente, con la posible excepción de Roosevelt, había dedicado tanto tiempo y recursos entrometiéndose en primarias contra senadores y representantes de su propio partido. Pero a Trump esto de purgar al partido republicano de disidentes le encanta, a pesar de que esas purgas puede costarle el control del senado en noviembre.
Trump nunca fue una persona de grandes proyectos legislativos, y su administración siempre ha preferido hacer las cosas por las bravas y sin el Congreso cuando han tenido la ocasión. Pero con el presidente de vuelta de todo, el partido cada vez más irritado con la indiferencia de su jefe, y las elecciones de noviembre cada vez más cerca, incluso los republicanos admiten que esta presidencia parece agotada.
La tontería que no cesa
La única excepción a todo este asunto es la única política pública que emociona al inquilino de la Casa Blanca, los aranceles. No importa que sea una idea obsoleta, impopular y estúpida que los tribunales ya le han tumbado una vez. Este es el único tema donde el ejecutivo está empecinado en subir este impuesto, cueste lo que cueste.
El Tribunal Supremo, hace unos meses, dejó claro que el acto de imponer aranceles es una prerrogativa del Congreso, y que el ejecutivo no podía leer una ley de los años setenta al azar, declarar una “emergencia” y subir impuestos.
Así que los trumpistas han buscado otro método, invocando otra ley de 1974 que autoriza al ejecutivo “investigar” si un socio comercial está cometiendo alguna práctica ilegal o abusiva que pone a Estados Unidos en desventaja, y por ello, abrir la puerta a la imposición de un arancel.
Hay que reconocer que son creativos: hay una ley de 1930 que prohíbe a Estados Unidos importar productos fabricados con mano de obra esclava o en trabajos forzados. Tras una exhaustiva investigación por parte del comisionado de comercio, han llegado a la conclusión que sesenta países de todo el mundo no están tomando medidas para bloquear el comercio de materias primas o productos elaborados con mano de obra esclava, y eso por tanto obliga a Estados Unidos a imponerles un arancel hasta que hagan lo correcto.
El informe, por supuesto, es un pretexto descarado con conclusiones predeterminadas, y la UE tiene toda la razón para estar indignada. Todo este proceso apesta a fraude de ley, y tendremos pronto a empresas y organizaciones empresariales indignadas llevándolo a los tribunales, donde es probable que acaben ganando.
Pero la batalla legal, a buen seguro, durará meses. Trump tendrá sus aranceles, los americanos pagarán este impuesto (porque los que pagamos los aranceles somos los que vivimos en Estados Unidos), y la credibilidad del país sufrirá el enésimo golpe. Cuando el Supremo les envía a pastar, otra vez, por listillos, la administración seguramente buscará alguna ley idiota o mal redactada para inventar otra excusa, y volveremos a las andadas.
Nombramientos sin sentido
A no ser que tengáis muy, muy buena memoria, el nombre de Bill Pulte no os sonará familiar. Este señor, hasta ahora, era el presidente de la agencia federal de financiación de la vivienda, un regulador medio olvidado que se encarga de supervisar el mercado hipotecario en Estados Unidos. Pulte es nieto de un magnate de la construcción que, tras trabajar para el negocio familiar una temporada y acabar a matar con todos sus parientes, se metió en política como superfan de Trump.
La principal afición de este individuo, una vez nombrado al cargo, ha sido dedicarse a rebuscar documentos hipotecarios de los enemigos políticos de Trump, a ver si encontraba “fraude”, y referirlos a la fiscalía aullando si veía el más mínimo error. Fue Pulte quien impulsó el caso contra Laetitia James, la fiscal de Nueva York, el primer caso contra Adam Schiff, congresista demócrata, Lisa Cook, gobernadora de la reserva federal, y otros pufos sonados.
Todos los casos han sido rechazados en los tribunales, porque Pulte es un soberano patán que tiene como único mérito profesional ser muy amigo del hijo mayor de Trump. Pero al presidente le gusta la gente que ataca a sus enemigos, así que ha decidido premiarlo con el nombramiento de director de inteligencia nacional en funciones.
Y este sí que es un cargo increíblemente importante. El DNI coordina el trabajo de las 18 agencias y servicios de inteligencia del gobierno federal2; es un puesto que necesita amplia experiencia administrativa, conocimientos especializados, y la autoridad suficiente como para que la CIA, FBI, NSA, y el resto de gente con gabardina y malas pulgas que protege al país te respete un poco. Pulte es un hijo de papá de 38 años que nunca ha trabajado en nada remotamente cercano a espionaje o seguridad nacional, y que no tendrá ni la más remota idea de lo que estará haciendo.
Pero Pulte sabe hacer una cosa, que usar una agencia gubernamental para lanzar investigaciones estúpidas contra gente a quien Trump odia. Así que ahora tendrá 18 agencias bajo su mando para hacerlo. Lo de proteger y defender la seguridad nacional es algo secundario.
El lado bueno de este nombramiento es que Pulte quizás sea menos malo como DNI que su antecesora, Tulsi Gabbard, una superfan de Bashar al-Assad y Vladimir Putin. Es algo.
Retiradas
Recordaréis, a buen seguro, ese “fondo de compensación” para presos políticos que Trump negoció consigo mismo para regar de dinero a sus aliados y las verdaderas víctimas del asalto al Capitolio del 6 de enero del 2021, cuando intentó un golpe de estado, los asaltantes al Capitolio.
La historia era tan obviamente corrupta que incluso los republicanos hablaron abiertamente en contra de todo el invento, amenazando con bloquear toda clase de iniciativas presidenciales.
La oposición ha sido tan generalizada (y el rechazo en los sondeos tan unánime; la noticia circuló muchísimo) que el fiscal general en funciones, Todd Blanche, anunció el martes que iban a retirar la propuesta. No la amnistía y prohibición de que Trump o su familia tuvieran inspecciones de hacienda (el GOP sigue indignado con eso), pero al menos no iban a regar a los aliados del presidente con dinero público.
Eso fue el martes. Ayer miércoles Trump decía que el fondo era muy buena idea y que quería que lo implementaran. Porque el tipo realmente está aquí para forrarse.
Bolas extra:
A partir de ahora, todas las becas y proyectos de investigación financiados por el gobierno federal deberán ser revisados por los comisarios políticos de la Casa Blanca. No, no exagero.
Eso hará que se desmantelen proyectos como este, que han sido cruciales para investigar el cambio climático.
La cámara de representantes votó ayer una resolución exigiendo al ejecutivo que retire a las tropas de Estados Unidos del conflicto con Irán o pida autorización al congreso para continuar la guerra. Ha salido adelante con votos demócratas y un puñado de deserciones republicanas.
Ahora irá al senado, donde es posible que salga adelante, gracias a todos los senadores del GOP que Trump ha logrado cabrear. No está nada claro sobre qué vendría después si fuera aprobada, o si Trump puede vetarla, o si debe retirar las tropas, porque la constitución americana está escrita con los pies.
El Supremo sigue desmantelando alegremente el derecho a voto.
Para otro día, el enorme caos en que se ha convertido CBS, 60 Minutes, y el intento trumpista de dominar los medios.
Oficialmente, para celebrar “flag day”, el día de la bandera, que cae, de forma harto conveniente, el día que Trump cumple 80 años.
¿Por qué 18? Porque el gobierno de este país es un caos.







