El mercantilismo como ideología
El Supremo intenta eliminar los aranceles de Trump
El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha declarado gran parte de los aranceles impuestos por la administración Trump ilegales. Aunque esta era la sentencia que casi todos esperaban, no deja de ser una sorpresa. Desde que Trump volvió a la Casa Blanca, el alto tribunal ha mostrado una enorme deferencia ante las acciones del presidente, tanto en cuestiones de separación de poderes como de sus atribuciones como en el cargo.
No deja de ser un poco absurdo que los jueces del Supremo hayan tragado con toda clase de interpretaciones creativas sobre derechos civiles, pero una vez se han topado con el arcaico mercantilismo trumpista es cuando han decidido oponerse abiertamente a él1. En este caso, sin embargo, la ley, constitución y jurisprudencia eran tan claras que muchos observadores (servidor incluido) señalaron que la legalidad de los aranceles era muy, muy, muy dudosa.
Para el presidente Trump, esta sentencia representa un enorme revés. El buen hombre está obsesionado con los aranceles, y en su peculiar cosmovisión de la economía y relaciones internacionales, está convencido que pueden ser empleados para solucionar cualquier problema, desde acabar guerras a defender la civilización occidental contra la dictadura woke, pasando por reactivar industrias, hacer favores a sus amigos, solucionar el déficit fiscal, conseguir que te regalen Groenlandia y hacer que todo el mundo invierta en Estados Unidos en proyectos que a él le complacen.
Medidas contraproducentes
Es una lástima que lo único que parece no haber solucionado es el enorme déficit comercial de Estados Unidos, que se mantuvo inmutable el año pasado (bajó dos décimas). Porque, como señalaron esencialmente todos los economistas del planeta, los déficit comerciales son un problema estructural, no impositivo. El dinero que entra por un lado de la balanza de pagos (servicios, inversiones) tiene que salir por otro (bienes); las importaciones se redirigen a lugares o productos con aranceles menores, la revalorización del dólar reduce el efecto de las tasas, y la caída de las exportaciones hacen el resto.
Tampoco es que hayan servido para reactivar la producción o empleo industrial americano. El sector perdió 80.000 puestos de trabajo el 2025.
Lo que sí han conseguido, porque esto es lo que los aranceles hacen siempre, es gravar el consumo dentro de Estados Unidos. Un estudio de la Reserva Federal deja claro que el noventa por ciento de su coste recae en los consumidores americanos, no en los países que Trump dice estar castigando. Así que durante un año el tipo ha estado alienando, cuando no enojando, a aliados y socios comerciales en todo el mundo, reventando el sistema internacional y echando a la basura cualquier motivo para confiar en la palabra de Estados Unidos sin conseguir nada más que gravar a sus propios ciudadanos, subir precios, y dejar el déficit comercial exactamente donde estaba antes.
Se diría que el Supremo casi le está haciendo un favor.
Obsesiones mercantilistas
Por desgracia para el propio Trump, los contribuyentes americanos y cualquiera que aprecie algo de cordura en la política económica del país más rico de la tierra, lo del presidente con los aranceles no es una cuestión de políticas públicas, estrategia negociadora o nada similar. A Trump le gustan los aranceles, tiene fe en los aranceles y cree firmemente que este impuesto nacido en el viejo mercantilismo anterior a la revolución industrial es la solución para todos los problemas de Estados Unidos.
¿Os acordáis ese chiste de que cuando uno sólo tiene un martillo todos los problemas parecen clavos? Trump no es que sólo tenga un martillo, es que está convencido que en el mundo no existe otra herramienta más preciosa, útil y perfecta que ese martillo, y va a atizar a todo lo que se le acerque con ella.
La rueda de prensa posterior a la sentencia del supremo ha sido delirante.
Empecemos por la increíble, inaudita decisión de Trump de insultar de forma directa y personal a los jueces que han votado contra él (“perros falderos”, “desleales”, “insensatos”, decir que están a sueldo de otros países), algo que nunca habíamos visto antes. Es normal (y sano) que los políticos critiquen las decisiones de los tribunales de forma substantiva cuando creen que son erróneas. Es incluso aceptable que cuestionen sus motivos, cuando las críticas están bien fundadas. Pero llamar idiotas a aquellos que le llevan la contraria, sin más, es excepcional. Trump suele insultar a sus enemigos, pero hasta ahora no había cargado de este modo contra el Supremo; en sus propias palabras, había sido “buen chico” (algo que ha dicho abiertamente en la rueda de prensa) para que no se enfadaran con él. Ir de ese modo contra el alto tribunal es cruzar otra línea más de conductas inaceptables en una democracia.
Pero esto no deja de ser teatro y normas sobre buena conducta. La parte substantiva, anunciando qué hará después, es más importante. El Supremo ha declarado ilegales los aranceles promulgados usando la International Emergency Economic Powers Act de 1977, con los que la administración había impuesto algo más de dos tercios de sus tributos. A Trump le gustaba esta ley porque bajo su (enloquecida) interpretación le permitía cambiar el impuesto de manera unilateral y sin límite sólo con declarar que era una “emergencia”. Sin acceso a estos poderes, anunció que recurriría a otras leyes sobre comercio, empezando por la ley sobre comercio de 1974.
Aranceles con otro disfraz
¿Qué dice esa ley? Como sucedió con la batería de aranceles anterior, eso es casi lo de menos. La norma da la potestad al presidente de imponer un arancel general de hasta el 15% en situaciones en las que exista un déficit de balance de pagos “grande y serio”2 durante un período de hasta 150 días sin excepciones por productos o países, que puede ser extendido por el Congreso.
Trump ha impuesto un arancel general del 10% a todo el mundo, que es en realidad un impuesto sobre el consumo del 10% que pagarán, otra vez, los americanos. De aquí 150 días, quién sabe si va a declarar que tenemos un problema serio otra vez tras esperar una semana y pone el arancel de nuevo. Nunca nadie había invocado esta cláusula, y nadie tiene ni la más remota idea sobre cómo regularla. Aunque la ley dice explícitamente que no puede haber exenciones, el decreto que han aprobado incluye un montón de ellas.
La ley también ofrece al presidente la posibilidad de imponer aranceles sin intervención del congreso si un grupo de trabajadores o empresas presenta una queja diciendo que las prácticas comerciales de un tercer país les están perjudicando. Un comité independiente (seis miembros nombrados por el presidente y confirmados por el senado) debe investigar el tema, y si creen que es un problema válido, autorizan al presidente a imponer aranceles. El comité tiene tres vacantes desde tiempo inmemorial, y Trump dice que tiene una autoridad ilimitada para despedir a reguladores.
La administración ya ha utilizado esta vía en el pasado, y llevan días insinuando que es una alternativa a la ley de 1977. Nunca un presidente ha utilizado esta cláusula para declarar guerras comerciales a todo el planeta, y por supuesto, nadie sabe lo que tardaría el Supremo en cargársela, o si se molestarían en hacerlo.
Otra alternativa dentro de la ley dice que si el presidente determina que las prácticas comerciales de un país son injustas, y tras una investigación del alto representante para el comercio de Estados Unidos, el ejecutivo puede tomar todas las medidas que considere oportunas para solucionarlo. El alto representante es (obviamente) alguien nombrado por Trump, y en teoría debe intentar negociar un acuerdo antes de tomar represalias. Hasta ahora ninguna administración ha pedido a ChatGPT que escriba un informe sobre lo malvados que son los daneses con sus prácticas comerciales opresivas e injustas, negociado pegando alaridos desde un avioneta sobrevolando Copenhagen, y declarado una guerra comercial, pero con esta gente podemos esperar cualquier cosa.
Y queda aún la Trade Expansion Act de 1962, una norma aún más olvidada que las dos anteriores. La ley fue aprobada para permitir al presidente Kennedy reducir rebajas arancelarias, pero incluye una cláusula que permite al ejecutivo imponer aranceles sin pasar por el Congreso en cuestiones relacionadas con la seguridad nacional. La Casa Blanca ha invocado estos poderes para sus aranceles sobre el acero, aluminio, automóviles, cobre, medicamentos, camiones y mobiliario de cocina (no, nadie sabe por qué), y han dejado claro que todo les parece cuestión de seguridad nacional. Así que, tras publicar un informe pertinente (que hará un becario usando Copilot), es probable que extiendan estas tasas a motores de aviación, minerales variados, semiconductores y madera para empezar, con más imbestigasiones por venir.
Incertidumbre
Todas estas medidas sin duda van a crear mucho empleo en el sector de abogados especializados en comercio internacional, que van a tener el año de sus vidas litigando burradas. También garantizan que la absurda, radical inestabilidad de la política comercial americana de estos últimos meses pase de ser el resultado de los devaneos enloquecidos de un señor mayor escribiendo cosas en un papelito a ser el producto de una complicada burocracia regulatoria escribiendo excusas a toda velocidad para traducir los devaneos enloquecidos de un señor mayor escribiendo cosas en un papelito para que tengan el aspecto de un informe presentable ante un juez.
En teoría, todas estas estrategias legales son menos inmediatas que los poderes que Trump se había inventado hasta ahora, porque exigen trámites previos. A la práctica, viendo cómo el presidente ha llevado a esta administración, no estoy seguro que eso importe demasiado. Trump no ha dado señal alguna de haber cambiado de opinión. Es aranceles, aranceles, de aquí hasta donde alcanza la vista.
Un desastre político
Para los republicanos, esto representa un problema político enorme. Los aranceles son increíblemente impopulares en todos los sondeos, porque los consumidores entienden que son un impuesto que pagan ellos, no terceros países. El Supremo les había hecho el enorme favor de sacar el tema de la mesa, al menos en teoría, pero Trump quiere más aranceles, y va a pasarse los próximos diez meses aullando a jueces, pegando bandazos, inventándose excusas para subir impuestos, cabreando aliados y sembrando el caos con el mismo entusiasmo. Ese bonito martillo que tiene para arreglar todos sus problemas lo va a utilizar para aporrear a sus compañeros de partido camino de las elecciones de noviembre.
Así que seguimos pagando impuestos. Es muy posible que acabemos pagando más impuestos si Trump está de mal humor.
Notas finales
Unas cuantas notas finales. No tenemos ni idea, porque la sentencia del Supremo no se pronuncia al respecto, si la administración tiene que devolver el dinero cobrado con estos aranceles. Muchos, muchos abogados van a intentarlo; durante los últimos meses muchos inversores han comprado “derechos de reembolso” a empresas que habían pagado aranceles con descuento, y van a intentar hacer negocio. El efecto sobre el (colosal) déficit fiscal americano es, por lo tanto, una incógnita. Los republicanos abrieron un boquete considerable con la bajada de impuestos del año pasado, y sin los ingresos arancelarios, este no hará más que aumentar.
La economía americana, por cierto, pegó un frenazo considerable el cuarto trimestre del año pasado, con otro repunte de la inflación.
La probabilidad de que encuentren una bonita excusa para preservar la independencia de la Reserva Federal es hoy mucho más alta.
La ley dice “large and serious”, pero no definen qué quieren decir con ello, porque las leyes en este país las escriben con los pies.


