El inmigrante
Kilmar Abrego García emigró a Estados Unidos a los 16 años. Su familia le envío al país para evitar que una banda de crimen organizado le reclutara a la fuerza. Se instaló en Maryland, donde vivía su hermano mayor, emigrado antes. Como tantos inmigrantes sin papeles que viven por el país, empezó a trabajar, conoció a una chica, se casó y tuvieron un hijo. Allá por el 2019, fue detenido en una redada de inmigración, y pidió asilo para evitar ser deportado. Tras demostrar que, en caso de ser devuelto a su país de origen, su vida podía estar en peligro, las autoridades le permitieron quedarse.
Durante los dos años siguientes, Abrego tuvo un matrimonio turbulento, probablemente el resultado de sus siete meses de detención por las autoridades migratorias. Nunca fue acusado de ningún delito. Su única interacción con la ley fue cuando unos policías de tráfico le pararon en Tennessee el 2022 en una furgoneta con el carné de conducir caducado, pero le dejaron marchar.
Deportación
El pasado 12 de marzo, un agente de inmigración detuvo a Garcia cuando volvía del trabajo. Le dijeron que su estatus había cambiado, y le preguntaron repetidamente si era miembro de MS-13, una banda criminal. Días después, le metieron en un avión hacia Texas, y de allí, junto a más de un centenar de inmigrantes, le deportaron al Salvador. Permanecería en CECOT, la cárcel de máxima seguridad de Bukele, hasta el seis de junio.
Abrego García nunca había cometido ningún delito. Cuando fue detenido en marzo, su estatus migratorio era legal, con una orden judicial que prohibía explícitamente que le deportaran a El Salvador. No era miembro de banda criminal alguna; los tatuajes que usaron para identificarle como alguien de MS-13 no eran tales. Sus abogados llevaron su caso a los tribunales de inmediato, y ICE, la policía migratoria, acabó reconociendo que lo habían deportado por error. Bajo órdenes de la secretaria del departamento, sin embargo, se negaron a repatriarle, alegando que estaba en manos de Bukele y no podían hacer nada. Incluso tras una sentencia unánime del Supremo exigiendo su vuelta, la Casa Blanca ignoró la orden durante meses. Abrego Garcia sólo fue repatriado como parte de un intercambio de presos con Venezuela que incluyo al triple asesino de Usera (ahora en libertad en Estados Unidos).
Venganza
Pero la administración Trump tenía una cuenta pendiente con Abrego. El día que volvió al país, fue detenido y trasladado a Tennessee. El departamento de justicia alegaba que esa noche que fue pillado sin carné tres años antes estaba transportando inmigrantes indocumentados de forma ilegal, un delito federal. Basaron su acusación en el testimonio de dos criminales en prisión que aceptaron testificar contra García a cambio de una reducción de condena.
Era, y es, un caso obviamente espurio, puramente vengativo. A la administración le daba igual. Tras alargar los procedimientos tanto como fue posible, un juez obligó a ponerle en libertad condicional, ante la evidente falta de pruebas. Antes de ponerle en libertad, la fiscalía amenazó con deportar a Abrego García a Uganda en el momento en que saliera de la cárcel, y ofreció a sus abogados enviarlo a Costa Rica si admitía ser culpable.
García volvió Maryland el viernes pasado. Este lunes, ICE le llamó para un chequeo y fue detenido de inmediato. Iba a ser deportado a Uganda, un lugar donde nunca ha estado, pero otro juez federal ha paralizado, por ahora, su expulsión. García está casado con una ciudadana americana, tiene un hijo nacido aquí, ciudadano. Pero la administración Trump, tras ser puesta en evidencia, está obcecada con echarle del país, sin más. Porque cometieron un error.
Democracias
Cuando empecé ciencias políticas, allá por el pleistoceno, una de las cosas que más me sorprendieron fue que la disciplina no tenía una definición clara y estricta de lo que es una democracia. Hay algunos elementos de mínimos; elecciones competitivas, alternancia pacífica, estado de derecho, ciertas garantías legales. La línea exacta de cuando una democracia deja de serlo, no obstante, no es algo que está marcado con señales luminosas. Una democracia pierde poco a poco las cosas que la definen, hasta que llega a un punto en la que no podemos referirnos a ella como tal.
Una democracia no trata a una persona como la administración Trump ha tratado a Abrego García. No coge un pobre tipo en la calle y lo envía a un campo de concentración en una dictadura centroamericana al azar, ni tampoco se inventa crímenes ficticios para meterle en prisión cuando vuelva, ni le amenaza con deportarle a Uganda para que confiese ser culpable. Todas las democracias cometen abusos de poder, injusticias y detenciones injustificadas, por error u omisión. Lo que no hacen es, cuando son expuestas, intentar castigar a la víctima de sus abusos.
Autoritarismos
Un caso así, de ser aislado, sería una anécdota, una locura pasajera de varios políticos. Pero este patrón de comportamiento, de abusos de poder, de ignorar la ley, desafiar a los tribunales y tomar represalias contra todo aquel que se opone a los deseos del presidente es sistemático en la administración Trump.
Sólo estos últimos días:
El presidente se ha inventado acusaciones fantasiosas para forzar la salida de una consejera de la reserva federal, con la intención explícita de desmantelar su independencia.
El jefe de una de las agencias de inteligencia fue despedido tras contradecir las conclusiones de Trump de que el ataque a Irán había sido un éxito rotundo.
Un grupo de empleados de la agencia de emergencias federal escribieron una carta a los medios diciendo que los recortes estaban reduciendo peligrosamente su capacidad de responder a desastres. La Casa Blanca los ha suspendido a todos de empleo y probablemente los despida.
Cuatro altos cargos de la CDC (Centro para el control de enfermedades) han dimitido después de que la directora fuera despedida por negarse a aceptar la agenda antivacunas de RFK Jr, el secretario de sanidad.
La vivienda de un republicano crítico con Trump, John Bolton, fue registrada por el FBI.
Trump ha purgado al director de la oficina de estadística porque cree que las cifras de empleo eran falsas y conspiraba contra él.
El estado de Texas redibujó su mapa electoral para reducir la representación del partido de la oposición.
Hay miles de soldados ocupando la capital del país sin motivo alguno, y Trump amenaza con enviar tropas a ciudades gobernadas por la oposición.
Si a eso le sumamos las purgas constantes de funcionarios, los ataques a medios de comunicación, bufetes de abogados y universidades, la declaración de estados de emergencia para justificar desde deportaciones masivas a subidas de aranceles, la apropiación de poderes del legislativo, incluyendo presupuestos, e intentos repetidos de controlar la educación, censurar museos, y desmantelar instituciones, es difícil no llegar a la conclusión de que hemos cruzado ese umbral.
Incluso las reuniones del gabinete se han convertido en ridículas sesiones de baboseo y adulación al amado líder, por Dios. Y Washington tiene este aspecto.
Involuciones
Como no me canso de repetir, Estados Unidos no fue una democracia hasta, como mínimo, mediado de la década de los 1960s, con los estados sureños gobernados bajo regímenes segregacionistas autoritarios. La constitución americana puede albergar una dictadura. Basta con que las instituciones se rindan, como ha sucedido una y otra vez estos últimos meses.
La deriva hacia el autoritarismo no empezó este enero; la rendición viene de antes. Quizás empezó en febrero del 2021, cuando los republicanos en el senado tumbaron el impeachment de un presidente que había enviado una masa enfurecida a lincharles hacía menos de un mes. O quizás fue poco después, cuando el supremo decidió inventarse una interpretación constitucional de fantasía para permitir que un hombre que había intentado dar un golpe de estado fuera candidato. Tal vez fue el verano pasado, cuando el alto tribunal reescribió 250 años de tradición jurídica para dar inmunidad casi completa al jefe de estado. O fue algo a cámara lenta, el resultado de la desesperante, patética timidez de la administración Biden de meter a su predecesor, alguien que había intentado abolir la constitución, en la cárcel.
Hablar de un régimen semi autoritario a estas alturas, no obstante, no es ser alarmista. Es describir la realidad.
Futuro imperfecto
Esta no es una deriva irreversible. Estados Unidos tendrá (probablemente) unas elecciones libres y competitivas el año que viene, y si los demócratas logran recuperar el Congreso, es posible que esta tendencia se revierta. El daño a las instituciones, sin embargo, será colosal, incalculable. Incluso si por algún milagro la errática, arbitraria e incompetente administración Trump no acaba por provocar un desastre económico, su legado institucional será catastrófico - en confianza en las instituciones, en autoridad, en capacidad para poder gobernar el país.
Epílogo
En noviembre del año pasado, días después de las elecciones, escribía lo siguiente sobre uno de los posibles escenarios de una presidencia de Trump:
El escenario pesimista para la segunda presidencia de Trump consiste en una involución del sistema democrático americano. El presidente, libre de cualquier restricción o corsé legal tras la infausta sentencia sobre inmunidad del Supremo, empieza a tomar decisiones cada vez más autoritarias. Empieza un programa de deportaciones a gran escala, con campos de concentración incluidos, lanza al Departamento de Justicia a investigar a políticos y activistas que se le oponen, desmantela la burocracia, despidiendo funcionarios de carrera para substituirlos por leales miembros del partido, e ignora abiertamente las leyes que le parecen molestas o inconvenientes. El congreso, bajo control republicano, no opone resistencia; los escasos congresistas que alzan la voz son purgados sin misericordia de cualquier puesto de responsabilidad, forzados a dimitir o derrotados en primarias. Los tribunales ocasionalmente bloquean alguna acción, pero el Supremo se inclina invariablemente del lado del ejecutivo.
Nada que añadir.
Bolas extra
La agenda política de la administración Trump, aparte de autoritaria, es de ultraderecha.
La obsesión del partido demócrata con no ofender a nadie y mirar encuestas los ha convertido en una oposición inoperante por completo.
Las prohibiciones en muchos estados a abortar han provocado que los embarazos sean muchos más peligrosos.
Y todavía la sabiduría convencional ni se plantea que Trump se vaya a presentar a un tercer mandato. A estas alturas me parece evidente que lo va a hacer y que se lo van a permitir, y la única posibilidad de que no lo haga es que su salud se lo impida. Hablo de un problema incapacitante: un chocheo nivel Biden no le va a detener, porque nadie le va a detener.
A Ebulides de Megara se le suele atribuir la llamada paradoja del montón: ¿en qué momento un montón de arena, al que se le van quitando granos de uno en uno, deja de serlo? Cuando queramos darnos cuenta quizá ya sea demasiado tarde.