La semana que viene estaré en Washington DC, participando en un coloquio en Georgetown1 sobre la política exterior de Estados Unidos y sus relaciones con España.
Así que, entre esta charla y el aniversario del 11-S de mañana, llevo unos días pensando y leyendo más de la cuenta sobre la política exterior americana, intentando explicar su evolución en años recientes y dónde estamos ahora.
Como casi todo en la administración Trump, es difícil abstraerse de las astracanadas del momento, los aranceles, las amenazas, las intervenciones militares y los inexplicables insultos en redes sociales. Esta es una Casa Blanca que basa su estrategia de comunicación en generar noticias de forma constante, sin dejar respirar a medios, adversarios, o sus críticos.
Esa es, al menos, la teoría bajo la que operan muchos analistas, pero tengo mis dudas. Si uno mira el proceso de toma de decisiones de Trump y su equipo con cierto detalle, me parece bastante obvio que es otro ejemplo más de las interminables racionalizaciones que rodean a la figura del presidente.
Ideas y facciones
Mi sensación es que, al hablar sobre política exterior en Estados Unidos bajo Trump, la administración está dividida en cuatro facciones más o menos definidas.
1. Los ideólogos
Tenemos, por un lado, una facción que está plenamente identificada con una visión reaccionaria, nacionalista y nativista de Estados Unidos en particular y occidente en general, y quieren que la política del país se centre en implementar estas ideas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. El vicepresidente J.D. Vance es el líder de este grupo, que cuenta con poderosos aliados entre los tecnofascistas de Silicon Valley.
La prioridad de este grupo es redefinir el sistema de alianzas de Estados Unidos en base a líneas estrictamente ideológicas, favoreciendo la cooperación con países que compartan la agenda MAGA anti-inmigración y reaccionaria en temas sociales, cuando no abiertamente autoritaria. Para los ideólogos, el Reino Unido sólo merece ser calificado de aliado si Farage es primer ministro, y Alemania sólo merece respeto y alianza si AfD se convierte en la fuerza dominante.

Vance y sus asociados no tienen el más mínimo reparo en interferir activamente en elecciones de terceros países, y están convencidos que el sistema tradicional de alianzas democráticas son una fuente de debilidad, no de fortaleza. Son de la opinión que regímenes autoritarios con los “valores correctos”, como la Rusia de Putin, merecen respeto y admiración, mientras que democracias que quieren ser parte de cosas como la Unión Europea, léase Ucrania, son un lastre.
2. Los neuróticos
Esta es la facción que parece guiar su agenda de política exterior en base a una serie de conceptos e ideas heredados de varias generaciones de halcones en el Pentágono y Departamento de Estado, de Nixon a Rumsfeld y Cheney2. Son la gente que llevan décadas obsesionados con la idea de ir a la guerra con Irán, “solucionar” el problema de Cuba y básicamente repartir misiles de crucero como si fueran caramelos. El líder informal de esta facción es Marco Rubio, un neocon reciclado en trumpista, con el apoyo del abundante legado de tarados imperialistas salidos durante la guerra contra el terrorismo post 11-S.
El apelativo de neuróticos se debe a que esta gente suele tener una idea muy clara sobre qué debemos hacer (“atacar Irán y redefinir Oriente Medio”) pero una teoría extraordinariamente pobre sobre por qué hacerlo y cómo termina la historia. La inquina y obsesión con Irán de una parte significativa del establishment republicano lleva décadas siendo completamente desproporcionada en comparación al valor real de esa región, y no hablemos ya de Israel o Cuba. A menudo son estrategias de la Guerra Fría intentando contener a un enemigo que dejó de existir hace tiempo, o que nunca fue una amenaza coherente y real a los intereses americanos. A veces estas obsesiones son medio positivas, como es el caso del apoyo a Ucrania, pero no es demasiado habitual.
3. El sector infantil
Dentro de la Casa Blanca hay una facción que ve la política exterior como un juego de suma cero en el que la cooperación es imposible, las alianzas son una señal de debilidad, y en el que cualquier ofensa debe ser respondida con represalias vociferantes, y cualquier concesión con otra ronda de amenazas y extorsión. El sistema internacional es un enorme patio de colegio, y Estados Unidos debe ser temido y respetado. El mundo se divide entre vasallos que rinden pleitesía y enemigos de América, y los únicos países que merecen ser tratados como iguales son otras potencias con sus propias esferas de influencia.
Esta sería la facción del propio Trump, y me temo que incluso esta descripción corre el riesgo de racionalizar las ideas del presidente en exceso. Trump y Peter Hegseth, su secretario de defensa, tienen una visión del mundo basada en músculos, fábricas enormes que producen muchas cosas de metal y acero, gritar mucho y tener minas de carbón. Es como si alguien hubiera leído lo que decían todos los líderes mundiales en 1912 y hubiera llegado a la conclusión de que el Kaiser Guillermo II era la persona más cabal del planeta.
Hegseth y Trump incluso parecen tener el mismo aprecio enfermizo por los uniformes3.
4. El viejo departamento de estado
Esta es la facción que defiende la visión tradicional de la política exterior de Estados Unidos, basado en un sistema de alianzas construido sobre el derecho internacional, alianzas entre democracias, globalización liderada y anclada por el dólar, y pax americana.
Es un sistema que ha beneficiado a Estados Unidos de forma extraordinaria, y que ha traído consigo décadas de prosperidad sin precedentes en todos los países de occidente. Es también un sistema que ninguna de las tres facciones descritas arriba parece entender lo más mínimo, y están intentando destruir.
No creo que nadie en el gabinete de Trump ni de sus nombramientos políticos directos forma parte de este grupo. Los internacionalistas de vieja hornada sí tuvieron una presencia en su primer mandato, pero ahora han sido excluidos. Donde aún quedan bastantes son, por un lado, dentro de la burocracia y el establishment de la política exterior americana, intentando mantener discretamente tanto del viejo orden internacional como sea posible cuando Trump y sus compinches no están prestando atención. Esto incluye algunos legisladores republicanos (como Lindsay Graham, dejando de lado su obvia neurosis con Irán), gran parte del Pentágono (los que no han sido aún purgados por Hegseth), ya que entienden que a tiros no se arregla gran cosa, y casi todas las grandes empresas del país, exceptuando los flipados de Silicon Valley.
Definiendo la agenda
El proceso de toma de decisiones de la Casa Blanca en política exterior se puede describir entre un debate entre contrarrevolucionarios, neuróticos obsesivos y gente más o menos sensata intentando convencer a un niño de 11 años que lo que ellos proponen es la medida más machote, viril y molona de todas.
El líder de la facción infantil decide a menudo según quién ha sido la última persona que lo ha llamado por teléfono, lo bien que quedan cuando salen por la tele o un símil inexplicable sacado de una negociación para sacar adelante una promoción de viviendas en Nueva Jersey en 1987. Este mismo líder también suele aburrirse cuando un problema se alarga demasiado, y tiene una marcada afición a crear problemas nuevos cuando cree que un conflicto le está haciendo quedar mal. También le gusta pegar fuego a cosas sin motivo alguno, y además es increíblemente impopular en las encuestas.
Lidiando con un parvulario
El año pasado, escribiendo sobre América Latina, decía que lo mejor que puede hacer un país de la región durante estos cuatro años es no llamar la atención.
Básicamente, en la Casa Blanca hay gente que o bien quiere que seas gobernado por la ultraderecha, o quiere bombardearte, o quiere que te portes como un perrito faldero y pagues tributo. Si ninguna de estas tres ideas te parece atractiva, lo mejor que te puede pasar es que te dejen en paz. Si tienes la desgracia de que Trump descubra tu existencia y no eres una gran potencia con un dictador y armas nucleares, es mucho mejor plantar cara que ceder, y es aún mejor estar en un bloque económico enorme que puede enviar al presidente a pastar (léase la UE).
Lo que debemos olvidar, de aquí al 2029, es cualquier expectativa de una política exterior lógica o racional, más allá de respuestas instintivas a estímulos básicos como “subidas extraordinarias del precio de la gasolina” o “quedarte sin munición y que te hundan un barco de guerra”.
También, y esto creo que es evidente, nadie debería entender el trumpismo como un problema pasajero. Quizás lo fuera durante su primer mandato, pero Estados Unidos escogió a este patán por segunda vez. El viejo consenso entre demócratas y republicanos sobre la bondad intrínseca de la pax americana es cosa del pasado. Una administración Vance, Rubio u otro candidato del GOP post-Trump quizás sea menos errática, pero es muy improbable que sea internacionalista.
Estados Unidos será menos estúpido, pero el sistema de alianzas de posguerra es cosa del pasado.
Bolas extra:
Nótese que el establishment de la política exterior dista mucho de ser perfecto y suele obsesionarse con preservar el statu quo incluso cuando no tiene sentido.
Trump prometió ayer que si los republicanos ganan las elecciones legislativas, enviará un cheque de 5.000 dólares a todos los americanos, un “dividendo” de prosperidad. Esto costaría sobre un billón y medio, y muchos republicanos ya han dicho que ni de broma.
Jimmy Kimmel, presentador de un late night en ABC propiedad de Disney, iba a entrevistar a James Talarico, el candidato demócrata al senado en Texas. La agencia reguladora de licencias de TV ha dicho que si lo hace va a “investigar” si eso vulnera la ley. ABC ha renunciado a emitir la entrevista, que será relegada a YouTube. Absolutistas de la libertad de expresión, dicen.
No os olvidéis de suscribiros a Four Freedoms si queréis apoyar este proyecto y no perderos ningún artículo. Con la campaña de las legislativas, vamos a tener más artículos sólo para suscriptores.
El culto a la personalidad de esta gente:
Si estáis por Washington, es abierto al público. Aquí podéis apuntaros.
Tanto Rumsfeld como Cheney empezaron trabajando en la administración Nixon, por supuesto.
Y sí, los uniformes de la Space Force están realmente inspirados por la película Starship Troopers, que aparte de ser mi película favorita, es una sátira del fascismo muy muy obvia para todo el mundo menos para esta gente. Y sí, tengo un artículo de miles de palabras en Jotdown precisamente sobre esta película por algo.




