Muerte de un partido
Lindsay Graham y la rendición de los republicanos
Hace diez años, durante su fallida campaña en las primarias republicanas para la presidencia, el senador Lindsay Graham dijo lo siguiente en una entrevista en CNN:
“Donald Trump es un racista, xenófobo, un integrista religioso” que “no representa al partido republicano” y añadió que para hacer que América fuera grande de nuevo debían decirle a Trump que se fuera al infierno.
Un hombre de principios
Lindsay Graham, senador republicano por Carolina del Norte, murió ayer a los 71 años. Su historia y carrera política reflejan, casi mejor que nadie, la decadencia política del partido republicano durante la última década.
El odio que sentía Graham por Trump era, a todas luces, justificado y profundo. En unas declaraciones nada más lanzar su campaña, Trump se negó a calificar al senador John McCain como “héroe de guerra”, porque, según él, los verdaderos héroes no caen prisioneros. Graham, que siempre había contado a McCain como uno de sus mejores amigos y su gran héroe político (hasta el punto de ser comparado con su perrito faldero), le detestó desde ese momento.
Pero no era sólo cuestión de rechazo a la actitud irrespetuosa, petulante y soez de un hombre que se permitía llamar a veteranos débiles cuando hizo todo lo posible para evitar alistarse. Graham, al igual que McCain, formaban parte de esa facción del republicanismo orgullosa de Estados Unidos y sus instituciones, de su diversidad, apertura al mundo, y los viejos valores constitucionales tan radicales de los que escribía hace unos días.
Como muchos otros dentro del partido, Graham entendía perfectamente que Trump era la antítesis de estos ideales. Sabía, y así lo advirtió repetidamente, que era oportunista demagógico que de imponerse destruiría el partido republicano.
La campaña presidencial de Graham no fue demasiado lejos. Una vez suspendió su candidatura, acabó apoyando al también senador Ted Cruz, a pesar de que era bien conocido que se detestaban mutuamente. Suyo es uno de los insultos más célebres contra un compañero de partido en tiempos recientes: “Si tu matas a Ted Cruz en la cámara del senado, y el juicio fuera en el senado, nadie votaría a favor de condenarte.”
En las presidenciales de ese otoño Graham rechazó apoyar a Donald Trump. No llegó a votar a Hillary Clinton, pero acabó por escribir en su papeleta el nombre de Evan McMullin, un candidato independiente.
La fe del converso
Trump ganó las elecciones contra todo pronóstico, y a Graham el espíritu crítico se le terminó rápido. En marzo del 2017 tuvo una reunión con el presidente. Según cuenta la leyenda, tuvieron una conversación estupenda, en la que descubrieron su afición compartida al golf y enviar a parir a gente que les caía mal. A partir de entonces, Graham pasó de ser un crítico acérrimo a ser un pelota cada vez más adulador y lisonjero del Trump.
Este baboseo insoportable acabó por distanciarlo de John McCain, alguien que entre sus múltiples virtudes (integridad, patriotismo, respeto a la democracia, etcétera) se incluía ser extraordinariamente rencoroso. Mientras su viejo amigo se arrastraba por la Casa Blanca besando las baldosas que había pisado el presidente, McCain fue quien emitió el voto decisivo para tumbar la ley de Trump que hubiera derogado la Affordable Care Act, la ley de sanidad de Obama. Cuando el viejo héroe de guerra murió el 2018, Graham contó en su funeral que McCain le había dado, años atrás, el apoyo “cariñoso” de “little prick”, algo traducible como “capullo” o “gilipollas”, pero que Graham, inexplicablemente, veía como algo parecido a un halago.
Tras la muerte de su amigo, el baboseo de Graham se hizo cada vez más patético. Trump nunca le perdonó a McCain que nunca se plegara ante él (y prohibiera su asistencia a su funeral), y le siguió insultando con saña. Graham, ya sin vergüenza alguna, se puso del lado del presidente.
Lo más irritante de la transformación de Lindsay Graham es que era alguien obviamente inteligente. De familia humilde (sus padres tenían un bar en una región especialmente pobre de los Apalaches), se alistó a la fuerza aérea tras acabar derecho, y ejerció de abogado militar durante años. Según dicen, era un penalista brillante, y una persona absolutamente encantadora en privado, con la reputación de ser uno de los senadores más ocurrentes de la cámara. Era también alguien obsesionado con su trabajo que se mantuvo soltero toda su vida1. Muy conservador en casi cualquier materia, y un militarista entusiasta en política exterior, Graham siempre había sido alguien capaz de explicar de forma clara y coherente sus ideas, y hacerlo con elocuencia. Podías estar en desacuerdo con Graham, pero era un político capaz de usar su cerebro.
Hasta que llegó Trump, y Graham se vio reducido a defender las ideas casi siempre idiotas del presidente. Durante años, fue uno de los miembros más activos del pelotón de “racionalizadores” de Trump, republicanos dedicados en cuerpo y alma a intentar traducir las burradas del presidente en algo vagamente coherente. Graham llegó a “investigar” las alegaciones de fraude electoral inventadas por Trump el 2020.
Por supuesto votó en contra del segundo impeachment, tras el asalto de la masa enfurecida trumpista al Capitolio.
Rendiciones
La pregunta obvia es por qué. Por qué alguien como Graham, inteligente, de ideas aparentemente claras, pasó de crítico acérrimo a pelota zalamero oficial del régimen.
Su teoría, estrategia, o como le quieran llamar, o al menos esto es lo que decía privado, es que Graham llegó a la conclusión que al presidente lo que más le gustaba era recibir elogios, y estas alabanzas se traducían en mayor acceso, fueran reuniones, jugando a golf con él, o llamadas telefónicas. Según contaba el senador, eso le permitía ser influyente, moviendo montañas a puerta cerrada a cambio de cierto oprobio público por su súbito cambio de opinión.
De vez en cuando, a fogonazos, el viejo Graham seguía saliendo a la luz. La noche del seis de enero del 2021, con las ventanas de senado aún echas añicos tras el intento de golpe de estado, dijo haber roto para siempre con Trump, que con él ya no contaran. El año pasado condenó los indultos a los asaltantes al Capitolio. Cuando Trump era insuficientemente belicoso (que para Graham, era casi siempre) solía quejarse de ello en público con la boca pequeña2. Pero lo que de veras quería, lo que ansiaba más que cualquier otra cosa, era la proximidad al poder, ser influyente, ser alguien en el senado, en política.
Durante años, eso significaba estar cerca de John McCain, un senador que siempre fue por libre, que era capaz de sacar leyes, que hubiera sido presidente si Bush hijo no hubiera un desastre colosal en la Casa Blanca y no se hubieran topado con Obama3. Cuando Trump tomó el partido por asalto, Graham no tuvo el más mínimo remordimiento en dejar de lado todos los principios que decía defender y colocarse a la sombra del poder de nuevo.
Principios y coraje político
En el 2017, hubo dos tipos de políticos republicanos. Algunos, como Liz Cheney, su padre Dick Cheney, John McCain, y muy pocos colegas más, entendieron que Trump representaba una ruptura no con la tradición del partido, sino con la historia de Estados Unidos. Un puñado de ellos actuaron en consecuencia y se opusieron al presidente, y tras el intento de golpe de estado, hicieron lo posible por expulsar a Trump de la vida política.
Fueron minoría. El grueso de los republicanos fuera por acatar la voluntad de las bases del partido, conservar su influencia, o porque siempre habían sido unos cretinos, adoptaron la misma estrategia que Lindsay Graham se postraron ante Trump. A ellos se les sumaron una cohorte entera de oportunistas, vividores, fanáticos e iluminados que hicieron carrera a base de purgar a los desleales.
En la última década, muchos líderes republicanos han ido dejando la política, hablando en privado de los hartos que están de lo que se ha convertido el partido. Del GOP del 2016 quedan sólo las cenizas: conversos como Graham, chiflados escogidos por su lealtad a Trump, y políticos demasiado apegados a su cargo como para alzar la voz.
Graham tenía razón de que Trump iba a destruir al partido republicano. No era consciente que él sería participe entusiasta de esa destrucción.
Epílogo
Dos notas finales. Hay un elemento de la personalidad de Donald Trump que siempre me ha parecido casi patológico, su capacidad para “perdonar” a sus críticos siempre y cuando estos acepten lamerle las botas de la manera más humillante posible. El gabinete de Trump y su círculo de aliados dentro del partido está plagado de antiguos rivales que le habían dicho de todo, pero que, en el momento en que se rinden y suplican que les hagan caso entre proclamas de su genio, son absueltos de inmediato.
Tratar con este hombre es como negociar con un chaval de 12 años. Es fascinante.
El otro detalle curioso en esta historia es que el antecesor inmediato de Graham en su escaño no es otro que Strom Thurmond. Este es otro personaje secundario recurrente por este boletín y en cierto libro que deberíais tener ya comprado.
Thurmond fue, en todos sus años en el senado, uno de los oponentes más furibundos a las leyes de derechos civiles y un segregacionista histérico y estridente. El pasado autoritario, antidemocrático y racista de Estados Unidos no e algo lejano, está bien cerca. Graham quizás creyó, en algún momento, que Trump no representaba al GOP y sus valores, pero el GOP de Thurmond y el de Trump no es que estén demasiado lejanos, ni el tiempo, ni en el sillón que él ocupaba.
Bolas extra:
La sucesión de Graham es bastante sencilla: el gobernador del estado (republicano) nomina a un senador provisional, y su sucesor definitivo se escogerá en noviembre. Este año le tocaba reelección, y es un estado muy conservador, así que no cambiará el equilibrio en el senado. La carrera para sucederle será divertida; hay mucho republicano con ambiciones.
Los americanos descubren los botellones.
ICE mató a un padre de familia mejicano que llevada 35 años viviendo ilegalmente en Estados Unidos. Las excusas que ofrecen son, misteriosamente, las mismas que en otras muertes en las que les pillaron mintiendo.
¿Parece claro que Trump no tiene ni idea sobre qué están haciendo con Irán, no? En el NYT se preguntaban si tendría un plan C tras el fracaso de la guerra y el alto el fuego, pero eso implica que tenía un plan A o B en primer lugar.
Siempre ha habido el rumor de que era homosexual, nunca confirmado.
Graham es de los pocos políticos americanos que ha apoyado la guerra con Irán con entusiasmo y sin ambages. En política exterior siempre fue un desastre.
Dicen que McCain era más que consciente que Graham era un encanto y un tipo divertido, pero que en el fondo era un oportunista que vendería a su hermana por tener poder. El mote no era cariñoso.





Me encantan tus artículos. La política americana es un mezcla cáustica de dibujos animados y sórdido porno.