250 años y un día
Intentando recordar los orígenes del experimento americano
El dos de julio de 1776, el segundo congreso continental votó en Filadelfia a favor de la resolución Lee, estableciendo formalmente su independencia legal de la corona británica. Esos tres párrafos sin demasiadas florituras retóricas son el inicio real de la revolución americana, el momento en que las colonias rompen con la metrópolis. John Adams, segundo presidente de Estados Unidos y uno de los padres fundadores del país, escribió a su esposa que en las décadas y siglos venideros, el dos de julio sería celebrado por generaciones futuras como el principio de una nueva era de libertad.
Era el principio de una nueva era, pero no la fecha correcta. Los americanos eligieron celebrar lo que sucedió dos días después, cuando la misma cámara ratificó la Declaración de Independencia, detallando los motivos de la separación, la lista de agravios contra el Rey Jorge III y (por encima de todo) dando voz a los valores que animaban la formación de un nuevo país.
Un documento magnífico
Aunque al pobre Richard Henry Lee seguramente no le guste demasiado, el cambio de fecha está más que justificado. La Declaración de Independencia, escrita principalmente (pero no en solitario) por Thomas Jefferson, es un documento extraordinario. Bret Deveraux, en una bitácora que nunca me canso de enlazar, lo describe como un documento increíblemente radical para su época, y está completamente en los cierto.
El texto no sólo está maravillosamente escrito, sino que es una ruptura completa con el orden establecido. A los que escribimos nos gusta pensar que la palabra puede cambiar el mundo, y muy pocas veces ha sido esto más cierto. Su publicación fue completamente prohibida en las colonias españolas de inmediato; en la misma España, no se publica una traducción hasta 1868. Como bien dice Bret, es un texto tan repetido y citado que cuesta ver a estas alturas su contenido en bruto, su significado.
Si no la habéis leído desde hace una temporada, os animo que le echéis una lectura rápida ahora; aquí el original, en el mejor inglés de la época, y aquí traducida al castellano1.
No, en serio, leedla.
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”
Cada una de estas cláusulas era radical en 1776, y sigue siendo radical ahora.
Un principio de igualdad completa entre todos los hombres, sin asteriscos, cláusulas adicionales, excepciones y medias tintas. No hay mención a lugar de nacimiento, color de piel, estatus migratorio, o nada por el estilo; es igualdad sin más.
Habla de su “creador”, no Dios, Jesús, o una deidad específica. No es una legitimación religiosa.
Los derechos son del individuo, no colectivos, y deben ser respetados por sus gobernantes. El soberano, el estado, está al servicio de los individuos, no los individuos al servicio del Rey, nación, o país.
Esos derechos incluyen ser libres, y serlo en un sentido afirmativo de buscar la propia realización de las aspiraciones de un individuo. La búsqueda de la felicidad como derecho fundamental, sin imposiciones.
El patrioterismo rancio se ha apropiado de gran parte de la mitología fundacional americana, pero estas ideas son cualquier cosa menos reaccionarias o conservadoras. Estas son ideas que, dichas en voz alta, con estas mismas palabras, y empleándolas con su significado real, son vistas como peligrosamente progres, socialcomunistas, o woke para el trumpismo y todos sus compañeros de viaje.
La derecha tiene la malsana costumbre de repetir las frases y liturgia patriótica de la declaración de independencia, pero para vaciarlas de contenido. Pero el mensaje real, el impulso de la revolución americana era increíblemente radical, y lo sigue siendo ahora.
“que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”
La idea de que los gobiernos existen para garantizar los derechos de los individuos, para proteger libertades, no seguridad, no la cultura, no la identidad nacional, no el poder del soberano, era transformadora entonces y lo es ahora. Y que el poder del estado nace del consentimiento de los gobernados, que son quienes ostentan ese poder en realidad, ni hablemos.
Leyes y hombres
De la declaración se suele citar el preámbulo y conclusión, que son donde está la retórica grandilocuente, pero la lista de agravios no es menos importante. Porque las libertades negadas y abusos de la corona que alegan los revolucionarios son una señal de qué país querían construir, y no sólo una montaña de quejas. No todas han envejecido demasiado bien (no existe un documento perfecto), pero todas y cada una de ellas se reflejaría después en la carta de derechos de la constitución.
Hay una que me gusta especialmente:
“Él se ha esforzado a estorbar los progresos de la población en estos estados, obstruyendo a este fin las leyes para la naturalización de los extranjeros, rehusando sancionar otras para promover su establecimiento en ellos, y prohibiéndoles adquirir nuevas propiedades en estos países”
La corona (la declaración personaliza sus quejas en el Rey, aunque era el parlamento quien gobernaba) se negaba a permitir inmigración a las colonias, y su naturalización. Porque la idea de los incipientes Estados Unidos era la de un país que admitía a todos, no un lugar cerrado.
Al leer la declaración, es fácil de quedarse prendido con su defensa de los derechos individuales y su defensa de la libertad y democracia, pero hay otro punto que creo que es igual o más importante que está presente en todo el texto: su repudio del estado-nación. Este un documento que separa, de forma explícita, la construcción del estado y su legitimidad de cualquier noción relacionada con cultura, raza, lengua, religión, o nacionalidad. Aspira a un gobierno de hombres libres que son regidos por un gobierno que defiende esa libertad con su consentimiento. No a una nación americana, no a una cultura que debe ser defendida, ni nada semejante. La pertenencia a la polis es consecuencia de esa igualdad (radical, completa) entre todos los hombres, y la ciudadanía no es un derecho, sino una consecuencia lógica de esos derechos inalienables que todos recibimos de nuestro creador.
No hay “prioridad nacional”, no hay “America first”, no hay “indocumentados”, “ilegales”, o “gente que comparte nuestra cultura”. Hay hombres, que por el hecho de serlo, forman parte del estado.
Su legado
La historia de Estados Unidos desde 1776 puede ser leída como la historia de un fracaso. Desde el momento de su fundación, el país estuvo lejos de cumplir con las ideas contenidas en la Declaración de Independencia. “Hombres” significaba sólo hombres, no mujeres. La esclavitud, una lacra ya reconocida entonces2, sólo pudo ser abolida (a cañonazos) en 1865. Tras la guerra civil, la raza, el color de piel, siguió excluyendo a millones de americanos durante más de un siglo de cualquier derecho. Incluso hoy en día, Estados Unidos dista mucho de ser un lugar donde “all men are created equal” sea remotamente cercano a la realidad.
Pero a su vez, tanto Estados Unidos como el resto del planeta están mucho más cerca hoy de los ideales de la Declaración de Independencia que en 1776. La constitución americana fue ratificada más de una década después, en 1789. Su preámbulo quizás no goza de la misma fama, pero su primera frase es casi igual de importante:
“We the People of the United States, in Order to form a more perfect Union,”
Nosotros el pueblo de Estados Unidos, para formar una unión más perfecta.
Los fundadores siempre entendieron que la república que estaban creando era imperfecta, y que el “proyecto” americano siempre iba a ser algo incompleto. La misma constitución refleja esta voluntad de cambio; tras el fracaso de los artículos de confederación, adoptaban un texto buscando perfeccionar el gobierno que habían creado. Ya he hablado en múltiples ocasiones sobre el enorme mérito y los enormes problemas que tiene la constitución que aprobaron. Lo que es indudable, sin embargo, es que los objetivos que buscaban en el preámbulo, justicia, paz, libertad, bienestar, son un mucho más cercanos hoy que hace dos siglos y medio.
Estados Unidos dista mucho de ser un país perfecto. Desde hace algo más de un año tiene en la Casa Blanca a alguien que no sólo detesta abiertamente gran parte de los ideales de la Declaración de Independencia, sino que además está trabajando activamente contra ellos. Gran parte del partido republicano quiere destruir la idea primigenia de Estados Unidos como una país basado en leyes y revertir a la idea europea de estados-nación que los fundadores estaban intentando dejar atrás.
Pero me parece indudable que, de no mediar la revolución de 1776, y el gobierno nacido de ella, viviríamos hoy en un mundo mucho peor.
A more perfect union
La historia, como bien sabemos, no es lineal. El futuro no siempre es mejor. Las grandes ideas a veces fracasan y caen. A veces ganan los malos. Pero respecto a Estados Unidos soy optimista, porque la idea central de igualdad, libertad, de un gobierno que ve en estos ideales la mejor manera de crear una sociedad más justa y más feliz, es real, es verdad.
Es difícil imaginar a una persona menos adecuada que Donald Trump para celebrar3 este aniversario. Pero Estados Unidos es un idea. No es su presidente.
La traducción “oficial” en la página de los archivos nacionales es espantosa. O concretamente, ahora es espantosa; en algún momento en los últimos meses alguien se ha cargado la versión española de la página.
Y que, empezando por el mismo Jefferson, cometían muchos de los fundadores.
Todas las festividades del 4 de julio han sido de una cutrez extrema. El inglés no tiene una palabra equivalente a “cutre” ni a a “hortera”, pero hubieran sido muy útiles esta semana.

