De todas las pifias y momentos ridículos de la primera presidencia de Trump, el vuelo del Mooch tiene un rincón especial en mi cínico corazoncito de analista.
Mooch es el apodo de Anthony Scaramucci, un exbanquero de Goldman y fundador de un fondo de inversión al que le dio por meterse en política allá por 2012. Tras recaudar fondos para Mitt Romney primero y hacer campaña por Scott Walker y Jeb Bush en 2016, criticando a Trump noche y día, el buen hombre acabó recaudando fondos para este en las generales y pasó a ocupar cargos menores una vez llegó al poder.
El 21 de julio de 2017, de forma inexplicable, Scaramucci fue nombrado director de comunicaciones de la Casa Blanca, pillando a todo el mundo por sorpresa. Mooch no tenía experiencia alguna lidiando con los medios y fue designado contra la voluntad del jefe de gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus, que dimitió poco después. Si no recuerdo mal, Scaramucci dio un par de conferencias de prensa, pero a los pocos días llamó a un periodista y le contó toda clase de chismorreos sobre peleas dentro de la Casa Blanca, usando lenguaje extraordinariamente soez1.
También se olvidó de pedirle al susodicho periodista que la conversación era off the record2 hasta después de decir todas las burradas que se le ocurrieron, es decir, nada de lo que había dicho lo era. Y la grabación fue publicada de inmediato, para el ridículo y escarnio de todo Washington.
El nuevo jefe de gabinete de Trump, John Kelly, exigió que echaran al Mooch del cargo el mismo día que llegó al puesto. Scaramucci dimitió el 31 de julio.
Desde entonces, en un bonito recuerdo de esta maravillosa historia, los comentaristas políticos de Washington usan el Scaramucci (diez días) como medida de unidad temporal para referirse a nombramientos políticos excepcionalmente breves. La saga del Mooch fue vista entonces, y es recordada hoy, como un ejemplo de la profunda disfuncionalidad de la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump, siempre más preocupada de sus propias batallas internas que de hacer política.
Era improbable, se decía, que Trump repitiera esta clase de pifias durante su segundo mandato. Esta era una Casa Blanca disciplinada, dedicada a revolucionar Washington, con un plan.
La aprendiz
La Administración empezó su mandato con una secretaria de prensa muy joven, Karoline Leavitt (29 años), que resultó (con todos los asteriscos de mentiras, cinismo y alegres idas de la olla que tuvo que defender en el cargo) bastante competente. Este es un cargo muy exigente y relativamente mal pagado, así que Leavitt, que acababa de tener un bebé, dejó el cargo a finales de agosto.
A pesar de la importancia del puesto, Trump no tuvo prisa alguna para encontrar un sustituto. La Casa Blanca apenas ha dado ruedas de prensa estos meses y, cuando ofrecían una, el portavoz era un miembro del gabinete más o menos al azar.
Estas últimas semanas, sin embargo, Trump estaba enfurruñado, diciendo puertas adentro que el mensaje de la Administración no estaba calando y que los republicanos no parecen tener un portavoz sólido que los defienda. Imagino a su equipo soltando un pequeño quejido antes de sugerirle que era hora de nombrar a una secretaria de prensa, y después horas y horas de frustración repasando candidatos y nombres, bajo la premisa de que nadie que hubiera criticado a Trump alguna vez podía ocupar el cargo.
Tras muchas discusiones, nuestra vieja amiga Natalie Harp, la impresora humana, sugirió el nombre de Katie Zacharia, una influencer rubia y alta de edad indeterminada (se sabe tan poco de ella que no tenemos ni fecha de nacimiento) que había pasado por Newsmax, estuvo un mes escaso en el Departamento de Seguridad Nacional y acabó de empleada en una de las empresas de Trump.
Prácticamente nadie tenía la más remota idea de quién era esta mujer, así que su nombramiento, el 12 de octubre, fue visto con cierto escepticismo. Su primera rueda de prensa confirmó todas las dudas:
Zacharia nunca había hecho nada remotamente similar. Nerviosa, apenas fue capaz de leer unas líneas de peloteo baboso a Trump antes de responder torpemente a las preguntas de los medios.
La cosa no hizo más que empeorar. Zacharia siempre ha dicho que era abogada (lawyer o attorney), pero esa afirmación resultó ser falsa. En Estados Unidos, tras estudiar Derecho (que es un máster de posgrado, no una licenciatura), tienes que pasar un examen (the bar exam) antes de poder ejercer3. Los abogados son muy tiquismiquis con la gente que dice formar parte de su club sin serlo, y Zacharia no hizo más que empeorar las cosas cuando respondió torpemente que había ejercido cuando vivió en China, hace unos años.
Pero aún no había tocado fondo. Se dice que la jefa de gabinete de Trump, Susie Wiles, estaba horrorizada con el nombramiento, que el presidente hizo a sus espaldas tras una sólo entrevista con Zacharia. En un delicioso ejercicio de canibalismo político, le recomendó que concediera una entrevista a Sean Hannity, en Fox News para aclarar las cosas.
Fue una encerrona.
Uno casi puede ver, a media entrevista, cómo Hannity la da por imposible, decide que no puede aguantar el paripé, y se la come viva. Ayer, 16 de octubre, Trump le dijo que quizás esto no era para ella y la despidió.
Había ocupado el cargo cinco días, o medio Scaramucci.
¿Y cómo van las elecciones?
Si os preguntáis cómo va la campaña de las elecciones de medio mandato para el Partido Republicano, podemos decir que es un poco mejor que la carrera de Zacharia como secretaria de prensa, pero no por mucho. Los sondeos, que eran bastante desastrosos para el GOP la última vez que repasamos los estados más competitivos, o no se han movido demasiado o incluso han empeorado ligeramente. Los demócratas siguen teniendo sus dosis de crujir de dientes en unos cuantos estados en los que ganó Biden (Maine, Minnesota y Michigan), pero están por delante en lugares como Texas, Ohio y Alaska, y son competitivos en Carolina del Sur, Kansas o Iowa.
Normalmente, según se acerca el día de las elecciones, los sondeos tienden a cerrarse un poco, según los indecisos empiezan a tomar partido y los encuestadores definen mejor su modelo de participación. Este año no estamos viendo apenas movimiento en esa dirección hasta ahora, mientras las cifras de aprobación del presidente (que suelen anticipar caídas en el apoyo a su partido) no dejan de empeorar. Fox News lo tenía ayer en un 36 % de aprobación, un registro catastrófico.
¿Vale, pero qué pasará?
¿Significa esto que los demócratas van a tener una noche fabulosa de aquí a un par de semanas? No necesariamente, porque los sondeos pueden equivocarse. Pero, como señalaba Nate Silver, incluso si los encuestadores tienen una catástrofe demoscópica similar a la de 2016 o 2020, los republicanos perderían la Cámara de Representantes casi con total seguridad y estarían cerca de perder el Senado igualmente.
Pero la política, especialmente en Estados Unidos, es un juego de expectativas. Si todo el mundo cree que un partido ganará unas elecciones por goleada, pero acaba sacando una mayoría raspada de penalti, en el descuento y por los pelos, los comentaristas lo tratarán como perdedor. Y si un presidente consigue que unas midterm que todo el mundo esperaba que fueran una masacre se conviertan en una modesta derrota a los puntos, los medios lo tratarán como el ganador espiritual de los comicios.
Eso fue lo que le pasó a Biden en 2022 y lo que le convenció de presentarse a la reelección dos años más tarde, por cierto. No hay peor derrota que una dulce.
Así que podemos hablar de tres escenarios distintos. Si se cumplen las previsiones y los demócratas apisonan al GOP de aquí a dos semanas, el trumpismo, como tal, será declarado una cosa del pasado, el presidente será considerado un lastre y las primarias republicanas empezarán diez minutos después. Trump podrá decir que nada es culpa suya y tendrá, a buen seguro, un papel destacado en la carrera por sucederle, haciendo la vida imposible a quienes considere sus enemigos y gente desleal.
Si el resultado es aún más abultado de lo que los sondeos indican (los demócratas recuperan más de cuarenta escaños en la Cámara Baja y llegan a 54-55 senadores), aparte de hacer que las primarias demócratas sean aún más competidas (porque asumirán que en 2028 serán favoritos), tendremos unas primarias republicanas con candidatos compitiendo para huir de Trump y una Administración que no tendrá capacidad alguna para aprobar nada.
Pero si tuviéramos una dulce derrota, las primarias del GOP girarán, por encima de todo, en torno a quién escogerá a Trump como sucesor. Los republicanos tendrán, de nuevo, fuertes incentivos para hacerle la pelota intensamente, y tendremos dos años más de ataques de pánico demócratas, peleas internas y una Casa Blanca intentando imponer su agenda a golpe de decreto.
El escenario más probable es que se cumplan los sondeos, porque estos han sido, un poco inexplicablemente, bastante precisos en las dos últimas midterms. Pero Dios sabe.
Bolas extra:
El déficit fiscal americano este año rondará los dos billones de dólares, o más de un 6 % del PIB. Para los despistados, en la UE todos se ponen muy nerviosos cuando un país se pasa del 3 % varios años seguidos.
Texas es competitivo para los demócratas, que quizás ganen ese escaño en el senado, por el cambio del voto latino y porque Ken Paxton, el candidato republicano, es cómicamente corrupto.
La Casa Blanca insiste en que hay montones de inmigrantes votando ilegalmente en Estados Unidos. Tras dos años de investigaciones, no han encontrado a casi nadie.
La historia de Katie Zacharia me gusta mucho porque, obviamente, soy el secretario de prensa para la campaña del gobernador aquí en Connecticut, y es un recordatorio de que quizás no soy tan malo haciendo mi trabajo.
De momento vamos muy bien en los sondeos, por cierto.
Para los despistados, las normas sobre ir off the record son claras, y son la clase de cosas que nadie que se dedique a esto va a pifiar de esta manera.
Cada estado tiene su propio bar, y la dificultad del examen varía mucho de un sitio a otro. Utah es muy fácil (90% de aprobados), mientras que Vermont y California son muy exigentes (53-54%). Los estados a veces reconocen los aprobados de otros estados, a veces no. Si te sacas el examen en California o Nueva York puedes ejercer en cualquier sitio.





