Algún día, en un futuro no demasiado lejano, Donald Trump dejará de ser el líder del partido republicano. No podemos decir, con absoluta claridad y certeza, el cómo y cuándo de este suceso, porque (como no me canso de repetir), los partidos americanos no son organizaciones jerárquicas al estilo de sus homólogos europeos. Trump no tiene, ahora mismo, un cargo formal o puesto específico dentro del GOP, ni hay una estructructura organizativa que esté siguiendo las órdenes de un familiar o aliado suyo que esté imponiendo su ley.
Donald Trump es el líder del partido republicano porque el resto de candidatos, cargos electos, estrategas, donantes, analistas y demás criaturas del pantano lo tratan como tal. Y como tal, puede influir en las decisiones que toman, moldeando el movimiento conservador, decantando primarias, y marcando la agenda a gobernadores, senadores y representantes estatales y miembros del congreso.
Todos los presidentes de Estados Unidos ejercen esta clase de liderazgo, pero el poder de Donald Trump para subyugar a sus compañeros de filas y purgar a desleales es inusual. Biden, Obama, Bush, Clinton o Reagan nunca dedicaron más de diez minutos de su tiempo a meterse en campañas de primarias contra gente que les caía mal, ni exigieron que líderes estatales por todo el país compartieran sus obsesiones sobre inmigración, fraude electoral u ocurrencias similares. La extraordinaria lealtad de los republicanos tiene bastante de ideológica, pero dada la capacidad demostrada del presidente para cumplir sus amenazas, el cierre de filas tiene mucho de disciplina impuesta.
Que el trumpismo haya acabado por aprobar una agenda legislativa tan exigua a pesar de este control férreo de sus miembros es un debate que podemos dejar para otro día1. Hoy toca hablar, primero, sobre cómo y cuándo Trump pierde este control, este liderazgo, segundo, qué proceso seguirá el partido republicano para ocupar ese vacío, y tercero, qué será del partido republicano después de que ese proceso termine.
Como suele ocurrir con este hombre, todo apunta a que esta transición será bastante inusual.
Perdiendo el liderazgo
En condiciones normales, el poder del presidente de los Estados Unidos empieza a decaer alrededor de un año tras jurar el cargo para su segundo mandato. La reelección ha validado que su agenda y visión del país es popular y puede llevar su partido a la victoria, así que, al menos durante unos meses, sus compañeros de partido le harán caso.
Según se acercan las elecciones de medio mandato, sin embargo, el mapa político empieza a cambiar. Los presidentes suelen sacar adelante parte de sus prioridades legislativas, pero no todas, dejando a compañeros de partido insatisfechos. La popularidad de la administración inevitablemente decae, sea por estos pequeños fracasos, sea por eventos aleatorios, sea porque el presidente sabe que no tiene una campaña de reelección a la vista y dedica menos tiempo y esfuerzo a mantener su aprobación alta en los sondeos. Así que, con las midterms en ciernes, el resto del partido, que sí tiene años de elecciones por delante, empieza a hacer lo que creen que a ellos les conviene, en vez de contentar al presidente.
Trump ha roto este ciclo casi por completo. Aunque parece bastante claro que su aprobación en los sondeos le importa un pimiento a estas alturas2, el presidente ha dedicado enormes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo a forzar que sus correligionarios sigan atados a su agenda política. La buena noticia para Trump es que este proyecto para mantener el control ha sido increíblemente exitoso y ha masacrado a sus enemigos forzando que se jubilen o merendándoselos en primarias. La mala noticias para el GOP es que la agenda política de Trump ha sido un horror para cualquiera que aspire a ganar unas elecciones este noviembre.
Así que tenemos un partido más leal y unificado que nunca, siguiendo a un líder que es impopular a niveles no vistos desde Richard Nixon poco antes de que dimitiera.
Marcando distancias
Los republicanos, a pesar de sus esfuerzos para disimularlo, no son totalmente idiotas, y saben leer encuestas. Ahora que las primarias se han terminado y Trump ya no puede defenestrar infieles, muchos de ellos están empezando a protestar y llevarle la contraria al presidente.
Pongamos, por ejemplo, a María Salazar, una congresista republicana en Florida. Su distrito (recientemente modificado en un gerrymander) se decantó hacia Trump por catorce puntos el 2024. Aunque es abrumadoramente latino (74%), este es un ejemplo de libro sobre por qué esta etiqueta no tiene demasiado sentido al hablar de elecciones; es el distrito más rico de Florida, y está lleno de gente de ascendencia cubana. Salazar ganó 57-42 el 2022 y 60-40 el 2024.
Pero aunque la inmigración no suele ser el principal motivador de cómo votan los cubanos y venezolanos en Florida, la migra ha sido tan indiscriminada en el estado (con el aplauso de las autoridades locales) que ha acabado por tener un efecto. Una cosa es que quieras que Trump deporte a indocumentados y criminales, otra es que milicianos flipados lleguen a un colegio y se pongan a llevarse a familias enteras esposadas delante de tu casa.
Así que Salazar tiene un anuncio en el que le dice al presidente que su medidas migratorias han ido demasiado lejos:
El motivo es, como era de esperar, electoral. Salazar quizás esté en un distrito que en condiciones normales favorece a los republicanos por catorce puntos, pero hay varios sondeos flotando ahí fuera que mostraban un empate técnico. Otras encuestas dejan claro que aunque las bases republicanas siguen siendo anti-inmigración, un porcentaje considerable de votantes de Trump cree que la administración está siendo demasiado agresiva con sus deportaciones. Salazar le ve las orejas al lobo, y ahora que no la pueden purgar vía gerrymandering o primarias, es perfectamente racional para ella oponerse al presidente. Y si eso provoca una airada reacción por parte de Trump, casi que aún mejor.
En las últimas dos o tres semanas hemos visto un goteo constante de candidatos republicanos distanciándose del presidente. El punto de fricción más repetido (y de menor riesgo) es la guerra de Irán y sus consecuencias, con la ocasional medida económica estúpida (léase bloquear las exportaciones de gasóleo) asociada a las quejas. La lista de candidatos huyendo de la sombra de Trump sigue siendo mucho menor de lo esperable a estas alturas de ciclo y con la que está cayendo (oye, las purgas a desleales se ven en alguna parte), pero cuando incluso tipos que ganaron las primarias gracias al respaldo de Trump están borrando cualquier presencia o recordatorio del presidente de sus materiales de campaña3, está claro que el pánico es real.
Así que podemos decir que el liderazgo de Donald Trump, ahora mismo, es considerablemente más débil que lo que era hace medio año. Los republicanos saben que es impopular, y además entienden que Trump no puede hacerles daño. En los buenos viejos tiempos, cuando el partido podía cortar el grifo de la financiación de tu campaña, enfurecer a los líderes quizás era un riesgo; estos días, con la mayoría de candidatos y PACs con más dinero del que pueden gastar4, que Trump te critique casi ayuda. Y sí, quizás te intente echar en las primarias del 2028, pero antes de que eso te preocupe demasiado tienes que ganar este año.
La producción legislativa del partido republicano en el poder ha sido bastante escasa estos dos años, porque Trump sinceramente no tenía demasiados planes. La oposición a las medidas extralegislativas de la administración por parte del GOP ha sido nula, porque el presidente mantenía esa disciplina a guantazos. Con el previsible descalabro en las elecciones, leyes ni una, y la oposición no hará más que aumentar.
Transiciones
Con la influencia de Trump considerablemente debilitada ahora, y aún más tras la (previsible) derrota electoral, el partido republicano empezará a pensar en quiénes serán sus líderes para el 2028 y más allá.
En transiciones “normales” sin un sociópata narcisista en la Casa Blanca, el presidente suele pasar a un segundo plano. Si ha tenido dos mandatos exitosos y su popularidad no es un horror gótico, su vicepresidente acostumbra5 a posicionarse como un el candidato continuista y de bajo riesgo que todas las facciones del partido pueden tolerar. El presidente suele darle un apoyo tácito, pero no interviene directamente en las primarias que vendrán después.
Habiendo como hay pocos presidentes y presidencias, lo de la “normalidad” está un poco cogido por lo pelos. Este escenario cubre Reagan y Clinton; En el 2008 Cheney no aspira a la presidencia, y en el 2016 Obama escoge implícitamente a Hillary Clinton como heredera, en parte por los problemas personales de Biden. Pero el tono, en general, es que tras las midterms la costumbre es que el presidente pase a segundo plano, y la pelea sucesoria, si la hubiere, sea sin este interviniendo demasiado6.
“Donald Trump” y “segundo plano” son, por desgracia para los republicanos, dos términos que no esperas nunca ver en la misma frase. Y más con su historial de presentar un reality en el que fingía ser un hombre de negocios de éxito y seleccionaba un aprendiz digno de formar parte de su imperio.
Al tipo le gusta ejercer de juez en estas cosas, y se meterá en las primarias seguro.
De momento, tenemos ya el psicodrama dentro de su administración. Ya el año pasado, en una cena en la Casa Blanca a la que asistieron Rupert Murdoch, JD Vance y Marco Rubio, Trump le preguntó al fundador de Fox News y motor de los medios conservadores a quién prefería el 2028. Esta clase de juegos mentales, preguntas y torturas variadas han continuado, con Trump añadiendo en ocasiones a Pete Hegseth como posible candidato.

Aparte de empeorar el faccionalismo dentro de la administración (con consecuencias funestas en política exterior), esto añade una incertidumbre considerable a las primarias. Trump quizás sea tóxico para el electorado en las generales, pero la mayoría de votantes republicanos le siguen apoyando. Mi impresión es que hay un sector considerable, aunque quizás no mayoritario dentro del GOP que seguirá lo que diga el amado líder en unas primarias incluso si decide designar a su caballo o al patán de Hegseth como heredero7. Así que aunque lo racional sería distanciarse de Trump y, de cara al 2028, fingir que nunca estuviste cerca de ninguna decisión tomada en esta administración (es improbable que la reputación de Trump mejore demasiado), no puedes hacerlo, porque en las primarias eso puede matarte.
Si ser el candidato el 2028 requiere lealtad al líder, el GOP va a tener una transición de poderes marcada por el presidente más impopular desde Richard Nixon (por ahora; puede seguir empeorando) dirigiendo el proceso.
Si esto fuera así, tendremos unas primarias extrañísimas. Todos los candidatos deberán hacer el cálculo de si es posible ganar haciendo campaña con Trump en contra. Si hubiera uno o dos candidatos anti-Trump y tres o cuatro trumpistas irredentos, quizás sea una estrategia más que viable. Si el trumpismo se consolida en un heredero claro, es casi seguro una batalla fútil, y un republicano joven, ambicioso e inteligente empezará a pensar en cómo posicionarse para el 2032, confiando que el GOP se estrelle.
Lo lógico, si eres Trump, sería decantarse por un sucesor rápido (a principios del año que viene) y darle cierto margen de maniobra, sin constantes pruebas de lealtad. El presidente, sin embargo, dista mucho de ser alguien propenso a la racionalidad, así que Dios sabe.
Tenemos, aparte, el factor de que no está nada claro que un sucesor designado a dedo pueda ganar unas primarias el 2028. Si la popularidad sigue hundiéndose a buen ritmo (estamos sobre 35%, con tendencia a la baja), ni Vance ni Rubio pueden dar por hecho que ganarán ante alguien que venga de fuera de la administración8.
¿Y qué vendrá después?
A dos años vista, es casi imposible saberlo. Dependerá mucho del candidato a las presidenciales del 2028, el intervencionismo de Trump, y de si el GOP mantiene la Casa Blanca o pierde esas elecciones. El margen de la (previsible) derrota este noviembre tendrá también mucho que decir.
Hay varios detalles, sin embargo, que creo que serán relevantes y podemos discutir ahora.
No habrá trumpismo sin Trump
El partido republicano es una formación espectacularmente incoherente en su ideología ahora mismo, un fiel reflejo de la total anarquía dentro de la mente del presidente. El GOP ha mantenido prietas las filas gracias al carisma / salvaje revanchismo del presidente contra sus enemigos, y la inexplicable tendencia de gente que debería ser medio cuerda a ver en Trump exactamente lo que querían ver. El próximo candidato, no obstante, no podrá estar a favor de los aranceles y el libre mercado a la vez, o ser aislacionista y militarista simultáneamente. Y se topará, además, con un agujero tremebundo en las finanzas públicas que no puede ser solventado con gritos patrióticos.
Trump podía ser todo para todos porque no creía en nada (aranceles aparte) y a fuerza de meter el dedo en el ojo a “las élites” se salía con la suya. Nadie en el GOP tiene esta capacidad ahora mismo9, y dudo que nadie pueda replicarla. La ideología de los republicanos post-Trump será distinta, porque el sucesor deberá decidir qué quiere ser, no replicar lo que ya existe.
El partido republicano del 2012 no volverá jamás*
Me parece casi imposible, no obstante, que el GOP acabe por escoger a alguien parecido a Mitt Romney o incluso a Bush hijo a corto o medio plazo10. Trump ha purgado a todos los miembros de esa estirpe o los ha forzado al exilio. Enormes bolsas de votantes moderados, sobre todo en el noreste y zonas urbanas del país (universitarios de clase media alta) han abandonado el partido por completo. Los cuadros intermedios republicanos, la década larga de candidatos estatales y federales que han llegado a sus puestos bajo Trump, son discípulos del populismo reaccionario del presidente, no moderados. Y sus equipos de campaña, asesores son descendientes del trumpismo, igual que la constelación de think tanks republicanos y estrellas mediáticas.
Las administraciones presidenciales dejan siempre una huella. Los asesores de Nixon y Ford deambularon por el partido, departamento de estado y Casa Blanca durante décadas. Las élites del partido demócrata, aún hoy, están plagadas de gente que se curtió en la administración Clinton, con un nutrido contingente de Obama11. En un universo medio justo, una cantidad considerable de empleados de la administración Trump acabarían en la cárcel. Dado que muchos de ellos volvieron al poder incluso tras intentar dar un golpe de estado, es muy probable que tengamos a esta tropa infectando la política de este país durante décadas.
La “coalición” trumpista no era eterna
Algo que he mencionado otras veces, pero que es necesario recalcar: las mayorías electorales parecen eternas, hasta que dejan de serlo.
El trumpismo iba a ser este realineamiento que llevaría el voto de clase obrera (bueno, el voto blanco no universitario, que es lo que los periodistas creen que es un obrero) y el voto latino (que tampoco existe como tal, pero vamos) al partido republicano de forma permanente. Tenemos dos puntos, trazamos una línea, podemos predecir el futuro para siempre.
Excepto, claro está, que estas midterms casi seguro romperán esa tendencia, porque los realineamientos eternos suceden bien pocas veces, por mucho que los periodistas se mueran por explicar uno. La geografía política americana ha cambiado una vez desde la segunda guerra mundial, y fue un proceso que empieza en 1968 con Nixon y no se estabiliza hasta como mínimo mediados de los años noventa. Desde entonces hemos estado flirteando con un cambio, pero nunca nos hemos alejado del todo de esa base.
Trump no representa un cambio radical y permanente del voto en Estados Unidos. El post-trumpismo quizás lo sea, pero no tenemos ni idea si ese será el caso.
Trump no es una anomalía
Sobre esto escribí un libro entero, y creo que sigue siendo el análisis correcto: Trump será más corrupto, cretino, insultante y caótico que sus predecesores, pero ni sus ideas, ni su mensaje, ni su forma de hacer política son nuevas. Son, sin excepción, evoluciones, a menudo grotescas, de ideas, mensajes y formas de hacer política que ya estaban presentes en el GOP. El partido post-Trump será menos grotesco, porque nadie puede igualar al presidente en este aspecto, pero seguirá haciendo cosas gerrymandering, abusar del Supremo, o intentar explotar las instituciones para beneficio partidista, porque eso es lo que era el GOP.
Los republicanos eran el partido anti-élites, anti-ciencia, anti-expertos antes, nostálgicos de la segregación y una América más tradicional. Trump y Stephen Miller quizás han añadido nativismo nacionalismo reaccionario a la Europea, pero no son aberraciones, sino fruto de décadas de evolución.
Bola extra
El Boston Globe publicó la semana pasada un maravilloso artículo sobre un bar de lesbianas en un pueblo hippy-bucólico-rural del oeste de Massachusetts que decidió eliminar el uso obligatorio de máscaras respiratorias al menos una noche a la semana.
El anuncio fue seguido de una reacción histérica por parte de la comunidad paranoico-COVID-nunca-terminó-woke-progre de la región, seguida de una serie de reuniones comunitarias que parecen una parodia de todo lo irritante de la verdadera izquierda. El bar en cuestión ha saltado a la fama de inmediato, aunque, como explica el NYT, no está claro que pueda seguir abierto.
En temas más serios, Trump está utilizando dinero público para pagar la emisión de publicidad glorificando su propia figura. Ni que fuera un presidente autonómico, oye. Aunque siendo como es Trump, los anuncios está a dos pasos de ser abiertamente fascistas.
En parte se debe a que Trump nunca tuvo una agenda legislativa demasiado desarrollada. Mi sospecha, no obstante, es que la lealtad del GOP no es infinita, y el presidente nunca pidió que hicieran algo que generaría oposición real dentro del partido.
Porque sabe que no puede volver a presentarse. O porque no cree que volverán a haber elecciones que pueda perder. A saber. Sospecho que desea lo segundo, pero es consciente de la inevitabilidad de lo primero.
Insisto: Florida puede dar sorpresas en noviembre.
Casi literalmente; Miami es un mercado televisivo relativamente pequeño (el 18º del país) y hay un momento en que te quedas sin anuncios de TV que comprar. Y anunciarse en redes sociales e internet ayuda, pero los retornos son también decrecientes.
Esto es relativamente reciente - otra aportación de Richard Nixon a las prácticas políticas americanas, con su campaña de 1960.
En los casos de Eisenhower en 1960 y Clinton en el 2000, de hecho no participan en la campaña casi nada, ante las quejas de sus VP derrotados. Reagan en 1988 estaba demasiado mayor para hacer demasiado, pero no hizo falta.
El caballo sería, obviamente, mucho mejor presidente que Hegseth, pero ese es otro tema.
La lista de favoritos no ha cambiado demasiado, pero probablemente sería un gobernador.
Única posible excepción es Tucker Carlson, pero no tiene la profunda desvergüenza de Trump.
*Jamás es mucho tiempo. Quizás vuelva algún día.
Curiosamente, la huella de Reagan es algo menor, porque su administración estaba plagada de ex-Nixonitas.


