De la (im)permanencia de las mayorías
El partido republicano se topa con la política moderna
Siempre se solía decir que la forma más rápida de convertirte en el hombre más odiado de Francia era ganar unas elecciones presidenciales. Aunque este chascarrillo no era del todo cierto (los presidentes franceses salen reelegidos relativamente a menudo, al fin y al cabo), una de las constantes fundamentales de la política reciente parece ser la inusitada velocidad con la que los votantes, en casi todas partes, pasan de apoyar a un candidato en las urnas a detestarlos como gobernantes es apenas unos meses.
Hay amplias discusiones teóricas ahí fuera sobre este aumento generalizado del malestar en los últimos 10-15 años. Mi hipótesis personal como omnicausa de los males del mundo siguen siendo los teléfonos móviles y redes sociales, aunque creo que en muchos lugares una cohorte singular de políticos excepcionalmente incompetentes han contribuido muchísimo a esta tendencia.
En ciencia política nunca se habla lo suficiente sobre selección de élites y cómo los partidos escogen a sus líderes, pero ese es otro tema.
En Estados Unidos, por supuesto, tenemos esta gloriosa maldición que es Donald Trump. Sobre el proceso que llevó al partido republicano a escoger como jefe de filas a un patán semejante he escrito un libro entero. Estos días estamos viendo cómo incluso alguien como Trump, que parece vivir en una burbuja de irrealidad inalcanzable, va camino de unirse a la larga lista de líderes detestados por sus votantes por segunda vez.
La “nueva mayoría”
La historia electoral del trumpismo es la de un realineamiento en los patrones de voto tradicionales de la política americana. A partir del 2016, y especialmente en el 2024, el votante sin educación universitaria, pasa de ser más o menos equilibrado entre demócratas y republicanos a decantarse abrumadoramente hacia el GOP. Este cambio es más pronunciado en hombres blancos o latinos, en zonas rurales o deprimidas, y en el Midwest, haciendo que la coalición republicana sea mucho más eficiente geográficamente para ganar el colegio electoral.
En dirección contraria, los votantes con educación universitaria, especialmente mujeres, se mueven de forma acentuada hacia los demócratas, especialmente en los suburbios de las grandes áreas metropolitanas del país. Aunque votan mucho más a menudo que el grupo anterior, son menos, y están concentrados en estados donde los demócratas ya ganaban. En el 2020, en parte porque los votantes latinos aún no habían “dado el salto” hacia los republicanos, bastaron para que ganara Biden. En el 2024, dejaron a los demócratas en minoría.
Los (malos) expertos, al ver un cambio demográfico de esta índole en tres ciclos electorales distintos, se han apresurado a dibujar una línea, decir que es una tendencia, y que la política americana ha cambiado para siempre, y que el GOP es ahora el partido de la clase obrera1.
Pero claro, “siempre” es un horizonte temporal demasiado largo si Donald Trump anda de por medio.
Rompiendo el hechizo
El “truco” político de Trump siempre fue que los votantes sospechaban o incluso sabían que era un cretino corrupto, pero que también era un hombre de negocios competente y audaz que sabía gestionar la economía. Aunque en esa frase sólo la primera afirmación era correcta, el presidente tuvo bastante suerte durante su primer mandato, heredando una situación económica excelente de Obama, hinchando el globo con un recorte fiscal, y pudiendo usar al COVID como excusa a pesar de la desastrosa respuesta de su administración a la pandemia2.
No es que la suerte le haya abandonado este segundo mandato. Es que su administración, en una serie de decisiones entendibles sólo desde la más abyecta incompetencia, se las ha arreglado para reventar esa buena imagen por completo a golpe de aranceles, recortes indiscriminados, una bajada de impuestos a los ricos, y la guerra más estúpida imaginable.
El NYT tiene hoy un largo artículo detallando las atrocidades. Básicamente, la aprobación de Trump en cómo está llevando la economía entre votantes sin educación universitaria, que solía rondar los dos tercios en todos los sondeos hasta el 2024, se ha desplomado hasta un 33% en los peores sondeos, y 47% en los más favorables.
Torpezas variadas
La economía americana, en agregado, no va exactamente mal. Las cifras de creación de empleo siguen siendo relativamente buenas, la tasa de paro muy baja, los beneficios empresariales y la inversión siguen fuertes y la bolsa está por las nubes. La inflación, sin embargo, está volviendo a subir, haciendo que los salarios reales se estanquen, y contradiciendo la gran promesa electoral de Trump (gasolina barata, precios bajos).
Y, por supuesto, tenemos todos estos épicos pelotazos que los amiguetes de Trump y los titanes de Wall Street están dando en los mercados cada día, y como el amigote mayor del presidente (a ratos), Elon Musk3, es ahora el primer billonario de la historia. Si a eso le sumas los cada vez más erráticos exabruptos de Trump (“amo la inflación”, “no me importa la situación financiera de los americanos”) esa “nueva mayoría” republicana entre la “clase trabajadora” es súbitamente mucho más endeble de lo que parecía.
Si algo deberíamos saber a estas alturas es que en política las mayorías son muy estables hasta que súbitamente dejan de serlo. Basta un líder incompetente, senil, megalómano o convencido de su propio genio, un par de decisiones estratégicas desastrosas y algo de mala suerte para convertir lo que parecía un camino de rosas hacia años en el gobierno en tasas de aprobación paupérrimas y una década en la oposición.
Otro realineamiento
Lo que falta, en Estados Unidos, es la segunda parte de este cambio, que es un “retorno” del partido demócrata. Los sondeos, por ahora, suelen indicar que estos votantes desencantados se están marchado a la abstención, no cambiando de partido. Esto sería más que suficiente para darle una tunda salvaje a los republicanos en las legislativas de noviembre (porque el votante demócrata universitario está indignado y no se quedará en casa), pero abre la puerta a que un candidato republicano competente pueda recuperar ese electorado el 2028.
Los demócratas necesitan un buen líder en las presidenciales de aquí dos años si quieren romper esta mayoría “obrera” trumpista para siempre.
O hasta que otra serie de pifias y torpezas les explote en la cara, otra vez.
Los malos analistas americanos suelen confundir “sin educación universitaria” con “clase obrera”. También suelen asumir que la clase trabajadora son sólo hombres blancos que trabajan en la minería del carbón o algo similar.
COVID probablemente mató alrededor de un 1,2 millones de personas en Estados Unidos, las peores cifras por cápita entre los países desarrollados.
La valoración de SpaceX es un pufo inimaginable, y todo el imperio empresarial de este hombre, ahora mismo, es un Ponzi basado en molonismo y vibraciones. Va a acabar mal.



Sobre el pufo de SpaceX, ¿puedes desarrollarlo o recomendar algún artículo sobre el tema? Gracias.