El almirante Trump
Sobre chapuzas, caprichos y naufragios variados
El USS Abraham Lincoln es uno de los diez portaaviones nucleares de la clase Nimitz de la armada de Estados Unidos. Con más de 100.000 toneladas de desplazamiento a plena carga, los Nimitz fueron, durante décadas, los buques de guerra más grandes jamás construidos, hasta que el primer navío de la clase que va a reemplazarlos, el USS Gerald R. Ford, entró en servicio el 2017.
El enorme tamaño y autonomía de estos portaaviones les coloca en el centro de la estrategia naval americana en Irán. Son la pieza clave tanto en los ataques aéreos en la región, como el instrumento principal del bloqueo naval que evita que Irán pueda permitir salidas selectivas en el estrecho de Ormuz.
La semana pasada empezaron a aparecer noticias de que la tripulación del Lincoln sufría de una preocupante falta de suministros, con el buque sufriendo problemas mecánicos cada vez más preocupantes. Raciones en mal estado, falta de productos frescos, problemas de ventilación, duchas llenas de moho y lavabos atascados provocando inundaciones de aguas fecales han hecho que la moral entre la tripulación haya caído en picado, con múltiples intentos de suicidio en las últimas semanas.
La US Navy siempre ha sido una organización orgullosa de su talento por la logística; suelen repetir con orgullo que durante la segunda guerra mundial pusieron en servicio tres barcos diseñados para repartir helados por media flota del Pacífico. Tener un portaaviones (y media flota en el Índico) sin alimentos frescos o piezas de recambio para solucionar problemas de fontanería es como mínimo embarazoso. El hecho de que esta sea la segunda vez que les pasa, tras los problemas sufridos por el Gerald Ford hace unos meses, es preocupante.
Pifias y falta de previsión
Como suele ser habitual durante la administración Trump, los problemas en la marina se deben a una combinación de problemas heredados, pifias estratégicas y falta de planificación.
El Lincoln lleva en el mar desde el 21 de noviembre del año pasado, cuando empezó una patrulla rutinaria por el Pacífico. El portaaviones tocó puerto en Guam en diciembre antes de ser redirigido al Oriente Medio en enero, como parte de la campaña de presión contra Irán. Salvo una breve parada en Omán en julio, ha estado en alta mar desde entonces. Es una de las patrullas más largas de la historia de la US Navy, sólo superada por la del Ford este mismo año.
En teoría, Estados Unidos tiene once portaaviones nucleares y una red de bases navales por todo el mundo para evitar tener que operar ningún buque de guerra en patrullas eternas que llevan la maquinaria y tripulaciones a niveles de desgaste intolerables. La administración Trump, por desgracia, nunca preparó a la marina para una guerra larga porque nunca se plantearon de que Irán fuera a oponer resistencia alguna.
Para empezar, Trump y sus muchachos se olvidaron de que Irán también puede disparar cuando empiezan los tiros. El primer día de la guerra, un ataque iraní con drones y misiles destruyó gran parte de la base naval de Estados Unidos en Bahrein, y con ello, el centro logístico en el que la US Navy había centrado toda su estrategia para mantener a sus buques operando en la región durante décadas.
Nadie ha explicado hasta ahora por qué a nadie se le ocurrió defender el nodo principal de la marina como se merece, pero eso es lo de menos. El Lincoln, Ford, y el resto de la flota de bloqueo del estrecho dependen ahora de una base naval británica en la isla de Diego Garcia, a más de 3.500 kilómetros de distancia. Y resulta que mantener a un armada operando en aguas hostiles a esa distancia es muy difícil.
Aparte de las dificultades de suministro en sí, la marina tiene que lidiar con problemas de disponibilidad de la propia flota. Para mantener el bloqueo, Estados Unidos necesita tener a dos portaaviones en la región. Esto parece manejable cuando tienes once de ellos, hasta que empiezas a mirar en detalle lo que eso exige.
La marina suele operar a estos barcos en “bloques” de 18 meses; seis de puesta a punto y entrenamiento, de seis a nueve meses en el mar, y seis meses para reparaciones, mantenimiento y descanso. Esto significa que, en condiciones normales de paz, suele haber cuatro buques operando, y el resto están en puerto o entrenando cerca de su base. Por motivos estratégicos, la marina siempre quiere tener dos portaaviones operando en el Pacífico, uno en Oriente Medio, y otro en el Atlántico. La súbita exigencia de tener a dos buques en servicio contra Irán sin pausa alguna ha forzado a que tengan que estar en alta mar muchos más días. Y si la puesta en servicio del USS John F. Kennedy (en substitución al Nimitz, que será retirado el año que viene) se retrasa, el problema será aún mayor.
La marina debería ser capaz de sostener este esfuerzo quizás no de forma indefinida, pero sí durante un tiempo considerable - siempre que no aparezca otra crisis en otra región del planeta. Si hubiera un problema que exigiera una presencia naval americana en Taiwan, o Filipinas, o el Mediterráneo, o en cualquier otro lugar, la Navy se vería forzada a dejar alguna región sin presencia naval. Por añadido, no está del todo claro que la crisis de municiones y recambios en el resto de las fuerzas armadas (con una escasez preocupante de misiles antiaéreos) no exista también en la marina, igual que problemas con recambios.
Así que el bloque naval frente a Irán y la presión económica de Estados Unidos es sostenible por ahora. El USS Washington va a relevar al Lincoln este mes, uniéndose al USS George H.W. Bush. Pero esta estrategia puede mantenerse mientras la marina pueda seguir operando, y eso sería asumiendo que Trump puede ser lo bastante paciente.
Ingeniero naval Trump
Catapultas
Las peripecias y desvaríos del presidente con la marina, sin embargo, no se limitan a dejar a marineros comiendo raciones de tercera en barcos con baños infectos durante meses. Como todo líder mundial con tendencias un poco megalómanas que ha visto demasiados documentales patrioteros en Fox Nation, Donald Trump tiene opiniones muy, muy, muy intensas sobre diseño naval. Así que mientras pifia una guerra en Oriente Medio, se ha dedicado a dar órdenes al Pentágono y sus almirantes sobre toda clase de “mejoras” en el diseño de sus buques.
Todo empezó con su obsesión con las catapultas. Los Nimitz, al igual todos los portaaviones desde los años cincuenta (Essex, Midways, Independences, Forrestals, Kitty Hawks…) utilizaban catapultas de vapor para acelerar a sus aparatos en el despegue. Aunque fiables y probadas, son sistemas complicados que imponen ciertos límites sobre cuántos lanzamientos se pueden realizar en rápida sucesión, son un tanto impredecibles y exigen una maquinaria y sistemas pesados que ocupan mucho espacio, incluso en un buque de 100.000 toneladas.
Allá a principios de siglo, cuando la US Navy empezó a diseñar a los substitutos de los Nimitz, se tomó la decisión de instalar catapultas electromagnéticas; básicamente algo parecido a los motores de inducción lineal en una montaña rusa, sólo que a lo bestia. Son mucho más ligeras, ofrecen un control mucho más fino de la aceleración a la que someten a los aviones (las de vapor no aceleran de manera uniforme), no requieren calderas ni toneladas de agua destilada, tienen muchas menos piezas móviles, son más baratas de mantener y sólo necesitan electricidad, que en un barco con dos reactores nucleares hay siempre de sobras.
Como suele ser habitual en sistemas nuevos, las catapultas del Gerald Ford dieron al principio infinidad de problemas. Aunque la marina, tras gastarse montañas de dinero, acabó por solucionarlos (el Ford ha costado 12.800 millones, sin incluir I+D), las catapultas “electrónicas” se convirtieron en una obsesión de un sector ligeramente obtuso de la derecha americana en Twitter, que insisten en que son un fracaso y piden una vuelta al vapor.
Desafortunadamente, entre los pirados que insisten en recuperar las calderas estilo años cincuenta se encuentra el presidente de los Estados Unidos. Durante su primer mandato, el buen hombre ya tuvo la ocurrencia de pedirle a la marina que retirara las “catapultas eléctricas” del Ford, pero los almirantes lograron convencerle que no era una buena idea y retrasaría su puesta en servicio. Ahora que está todo el día pensando en barquitos, sin embargo, al señor este le ha vuelto la idea de que vapor bueno y machote, e imanes son extranjeros y afeminados, o algo parecido, y ha dado la orden al Pentágono que todos los portaaviones previstos (Enterprise, Doris Miller, William J. Clinton y George W. Bush1) sean rediseñados con catapultas de vapor.
Dado que el sistema electromagnético es mucho más pequeño y ligero y que los Ford han sido diseñados desde el principio con ello en mente, os podéis imaginar lo absurda que es esta orden. De implementarse, será necesario cambiar casi por completo la proa de esos buques, y hacerlo para instalar un sistema objetivamente peor.
Islas
Esta idea es un poco menos idiota, si cabe, de la demanda trumpiana de alterar el diseño de los Ford venideros para mover la isla del portaaviones (la “torre de control”) de la parte posterior del buque, donde llevan siendo instaladas desde los Kitty Hawk de los años sesenta, hacia el centro de la cubierta. El motivo, y os juro que esto no es una broma de mal gusto, es que a Trump no le gusta el look de los Ford, con la isla cerca de la popa, y quiere un diseño más parecido a los Essex de la segunda guerra mundial, sus barcos favoritos.
No digo que los Essex no fueran barcos bonitos, pero esta es una idea increíblemente estúpida, incluso para Trump. Un portaaviones es un artefacto de una complejidad descomunal, y cada decisión de diseño no sólo es fruto de miles de horas de análisis e ingeniería, sino que también crea una serie de obligaciones de diseño y dependencias muy difíciles de cambiar. Mover isla cambiaría el centro de gravedad del barco, exigiría mover los ascensores de aviones y munición, obligaría a rediseñar todo el blindaje, y eso sin hablar de la parte eléctrica, ordenadores, radares y demás, o la más que probable disminución del espacio en cubierta para despegues.
Aunque nadie lo dice en voz alta de forma oficial, la expectativa es que el Pentágono coja estas órdenes, cree un puñado de comités y se ponga a trabajar en opciones para este rediseño de inmediato. También se espera que estos comités hagan un trabajo extraordinariamente concienzudo y detallado que hará inviable incorporar los cambios de diseño a tiempo para el inicio de la construcción del USS William J. Clinton el año que viene.
El próximo portaaviones clase Ford, el USS George W. Bush, no será puesto en grada hasta más adelante, probablemente el 2029. Quizás entonces, bajo otro presidente, estas ideas estúpidas serán descartadas de forma definitiva, pero no antes de que Trump se las apañe para tirar a la basura unos cuántos miles de millones en consultores y trabajos de ingeniería sin sentido.
Acorazados
Dentro de los delirios navales de Trump, los “rediseños” de los Ford quizás aún serán relativamente baratos comparados con los “acorazados” clase Trump anunciados el año pasado.
La marina de Estados Unidos, en una saga burocrática increíblemente deprimente y llena de niveles de incompetencia y despilfarro sin paragón, lleva más de una década intentando sustituir a los cruceros clase Ticonderoga, en servicio desde los años ochenta. Su sucesor, el DDG(X) (a su vez un remedo tras la pifia de los Zumwalt y los CG(X)) está hundido en polémicas inacabables sobre su diseño y prestaciones, y lleva años de retraso. Así que Trump, en vez de intentar arreglar nada, anunció la construcción de otro diseño más, los acorazados clase Trump (aunque el primer buque de la serie no se llamará así, pero a quién le importa) que será más grande, más pesado, más machote, y con propulsión y armas nucleares.

Dejemos de lado, por un momento, que no hablamos de un acorazado en absoluto (es un crucero de misiles de toda la vida, pero mucho más grande de lo habitual) o que Trump puso sobre la mesa un render cutre hecho con IA, porque no hay nada diseñado. O que nadie tiene el morro enorme de plantarle su propio nombre a un barco en activo. O que instalar artillería a estas alturas es casi comparable a ir a la guerra con trebuchets. O que el coste unitario estimado de estos barcos se calcula que rondará los 18.000 millones, es decir, bastante más que un portaaviones con el triple de desplazamiento.
Es que todo el mundo parece convencido, tanto en la marina como en Washington, que nunca se construirá ni uno sólo de estos buques, porque la US Navy, inexplicablemente, es totalmente incapaz de poner en servicio nada que flote de forma efectiva aparte de seguir construyendo Arleigh Burkes.
Como consolación, no se espera que el primero de la serie entre en grada, siendo muy optimista, hasta el 2028. Si el congreso, controlado por los demócratas, no lo cancela antes, el sucesor de Trump casi seguro que así lo hará.
Delirios y problemas reales
El hecho de que ninguna de estas ideas geniales de Trump acaben siendo puestas en práctica no significa que no sean relevantes. Primero, porque dejan claro que el presidente tiene, siendo generoso, un contacto la mar de tenue con la realidad, y se cree capacitado para ir por el mundo ejerciendo de ingeniero naval en sus ratos libres, sin prestar atención alguna a los expertos2.
Segundo, y enlazando con los problemas del USS Abraham Lincoln de los que hablaba al principio, porque está cada vez más claro que la marina de Estados Unidos necesita reformas con cierta urgencia, incluyendo una reevaluación estratégica de primer orden. El Pentágono siempre había tenido una tendencia marcada a aficionarse a proyectos armamentísticos rocambolescos e increíblemente complicados que se pasaban siempre de presupuesto. Esta costumbre ha empeorado tras el final de la Guerra Fría, ya que ni siquiera deben fingir estar compitiendo con los soviéticos en calidad o capacidad destructiva, y se ha convertido en un problema casi cómico en la marina, sobre todo en los barcos “menores” como destructores, fragatas y cruceros3.
Este problema precede a Trump, por descontado, pero no significa que sea menos importante o urgente. Pero dado que la prioridad del presidente es el fervor patriótico y adoración a su persona y que su secretario de defensa es un patán indocumentado que cree que la clave de ganar guerras es tener más testosterona que el adversario, está claro que no van a arreglar nada.
Bolas extra:
Fox News ha reaccionado a las noticias sobre el USS Lincoln llamando a los marineros “flojeras”. Trump dice que la patrulla debería ser aún más larga.
Nunca me cansaré de repetirlo, pero esta es una guerra estúpida, injusta y que Estados Unidos ya ha perdido.
Lo de la logística y Estados Unidos es devoción, por cierto. Durante la segunda guerra mundial, mientras construían 29 portaaviones pesados, 121 portaaviones de escolta, 10 acorazados, 52 cruceros y 234 submarinos, Estados Unidos tuvo tiempo para botar esas tres barcazas heladeras y desplegar 64 plantas embotelladoras de Coca Cola cerca del frente.
La administración Trump se está dedicando a deportar a inmigrantes casados con ciudadanos americanos esperando a que les den la tarjeta de residencia de forma permanente.
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Estoy un tanto ofendido de que no estén construyendo el USS Richard M. Nixon, la verdad.
Franklin Roosevelt también tenía esa costumbre, pero en su defensa, había sido secretario adjunto de la marina y sabía de lo que hablaba.
Los submarinos nucleares son demasiado importantes por eso de que pueden destruir el mundo tal como lo conocemos, y los portaaviones son demasiado visibles para pifiar las cosas demasiado.


