Crónicas de lo inevitable
Algún día tendremos una resolución en Irán. Hoy no es ese día.
Llevo tiempo buscando una excusa para escribir de nuevo sobre la guerra de Irán, pero las noticias sobre la región tienen una desesperante tendencia hacia lo repetitivo. Desde hace meses, estamos viendo el mismo ciclo, casi cada semana:
Es viernes. Irán o Estados Unidos se enfadan por algún motivo y bombardean algo. En el caso iraní, un pobre barco intentando cruzar el estrecho, una base americana al azar o alguna infraestructura de un aliado americano en la región. Si viene de Estados Unidos, un puente al azar, algún buque de remos iraní despistado o un búnker de la guardia revolucionaria que han volado por los aires unas ocho veces.
El otro bando declara el alto el fuego / acuerdo / lo que le llamen esta semana roto para siempre, y toma represalias bombardeando cosas. En el caso iraní, un pobre barco intentando cruzar el estrecho, una base americana al azar o alguna infraestructura de un aliado americano en la región. Si viene de Estados Unidos, un puente al azar, algún buque de remos iraní despistado o un búnker de la guardia revolucionaria que han volado por los aires unas ocho veces.
Donald Trump, en un tweet enfurecido en su red social, dice que si Irán no acata sus demandas de inmediato y hace todo lo que le exigen en un plazo de 48 horas, ordenará al Pentágono destruir, volatilizar, aniquilar, vaporizar, desollar, cocinar al pil pil y cortar a todos los malos malotes en rodajas muy, muy finitas de la forma más dolorosa posible.
Los mercados se asustan y el precio del barril empieza a subir en los mercados de futuros. Hay movimientos ominosos en bolsa.
El domingo por la noche, Donald Trump escribe de forma solemne que los iraníes están al fin dispuestos a negociar, y declara que va postponer el mega-ataque, el peor desde la Segunda Guerra Mundial, por ahora. Pero que más vale que tengan miedo.
Los iraníes hacen como que se dan por aludidos, pero poco, dicen que las demandas de Trump son una filfa y anuncian (otra vez) que cobrarán peajes en el estrecho, aunque le llamarán “tasas”, “contribuciones voluntarias” o “suscripciones a Netflix para huérfanos de la guerra”. Trump hace que no les escucha hasta que….
Es viernes. Irán o Estados Unidos se enfadan…

Foto: DoD.
Un ciclo cansino
He perdido la cuenta sobre cuántas veces hemos repetido este ciclo; creo que Trump ha amenazado con convertir a Irán en un solar unas seis veces en lo que llevamos de conflicto, y declarado una tregua, alto el fuego, o algo similar quizás una decena de veces. Pero la cuestión es que nada, absolutamente nada en este conflicto ha cambiado desde que escribí esto en marzo:
Estaba claro entonces (en marzo) que Estados Unidos había perdido la guerra, por el simple y sencillo motivo de que Irán puede cerrar el estrecho a voluntad y Estados Unidos no está dispuesto a asumir el coste militar de reabrirlo. Hay una verdad, 1.000 veces repetida y puesta a prueba, que dice que es imposible ganar una guerra únicamente desde el aire mediante bombardeos estratégicos. Trump, como tantos presidentes antes que él, está aprendiendo esta lección a la fuerza.
Peor que antes
La posición estratégica de Estados Unidos, si cabe, ha empeorado. Por un lado, porque aunque medio Pentágono estaba advirtiendo a Pete Hegseth y al presidente que el país no tenía suficientes misiles antiaéreos ni municiones para afrontar una guerra larga, se metieron en este berenjenal sin un plan B. Al principio del conflicto, cuando Irán lanzaba drones, la mayoría eran derribados. En las últimas escaramuzas, Estados Unidos y sus aliados han tenido que dejar pasar un buen puñado de ellos porque no tienen suficientes interceptores para proteger todo.
Por otro, la credibilidad del país se ha resentido de forma extraordinaria. Aunque era obvio ya desde marzo que la iniciativa estaba ya en manos de Irán, la en apariencia casi infinita capacidad de Trump para creerse sus propias burradas, negarse a aceptar la realidad y/o retrasar una solución porque está aterrado de sus consecuencias políticas hace complicado tomarse al país en serio. No es sólo la pérdida de prestigio por meterse en una guerra idiota y perderla, es la renuncia militante a aceptar las consecuencias.
Finalmente, Estados Unidos no tiene ni siquiera capacidad de imponer su voluntad al país que se metió con ellos en este desaguisado, Israel. Netanyahu tiene la osadía de rechazar planes de paz y exigir más guerras. El resto de aliados en la región miran de reojo a quien decía protegerlos, pero que ahora es incapaz de evitar que Irán, el enemigo que más temían, pueda extorsionarlos con un peaje de facto en Ormuz.
Lecciones de artes marciales
En 1980, los iraníes aprendieron una lección: la mejor manera de convencer a los americanos de que no se metieran con ellos era infligir un coste político tan descomunal al presidente como para que le costara la Casa Blanca. El Pentágono y las élites de ambos partidos tomaron nota de que Irán era capaz de comerse toneladas de sanciones, bombas y lo que fuera necesario con tal de darle a un político insensato una clase de buenos modales.
Ahora mismo, todo apunta que Irán tiene no sólo la intención, sino un plan viable para dominar el estrecho durante años, reclutando a un teórico aliado de Estados Unidos (Omán) para hacerlo. Van a cobrar a sus enemigos en la región durante años por las molestias, y además exigirán que, antes de darles esta bonita oportunidad a ser chantajeados, los americanos pasen por caja levantando sanciones.
Lo más cómico de todo este asunto, hablando de lecciones históricas, es que Trump y sus muchachos deben tener la resolución de otro desastre militar americano muy presente, la retirada de Afganistán del 2021. Trump, en una de las pocas medidas de política exterior medio decentes de su primer mandato, llegó a la conclusión de que Estados Unidos estaba perdiendo el tiempo en ese país, y anunció que iba a retirar las tropas antes del final de su mandato. Fuera por cinismo, fuera por cuestiones logísticas inevitables, esa salida se fue retrasando hasta después de que perdiera las elecciones, dejándole el marrón a Joe Biden.
La evacuación de Kabul fue una operación tremenda, puntuada por un ataque terrorista que mató a varios militares americanos. Aunque la idea de salir fue de Trump y Biden se la tuvo que comer con patatas, la culpa y las críticas se las llevó su sucesor1. No me extrañaría nada que el presidente haya llegado a la conclusión de que lo mejor que puede hacer por ahora es marear la perdiz tanto como sea posible, y perder las elecciones en noviembre, y cuando estos decidan retirar la autorización a usar la fuerza contra Irán (porque quien declara la guerra es el Congreso), rendirse y echarle la culpa del fracaso a ellos.
A la vez, hablamos de un tipo que dice estar harto de los iraníes y de todo este problema, y que quiere sacárselo de encima cuanto antes mejor. No estoy seguro que tenga la paciencia requerida para hacer esta clase de maniobras, pero nunca se sabe.
Consecuencias
Una vez cerrado el conflicto, sea pronto o tarde, creo que las consecuencias económicas y estratégicas a largo plazo serán considerables. En el lado económico, los peajes no van a encarecer el petróleo demasiado. El precio del crudo se define a escala global, no regional. Lo que veremos es que los productores del Golfo van a tener costes de producción más elevados (extracción más la tasa iraní), así que sólo bombearán cuando el precio global está lo suficiente alto. La oferta disminuirá un poco, y el precio de equilibrio global será un poco más caro (2-3%).
Los meses de inestabilidad, no obstante, han convencido a muchos países de adoptar renovables tan rápido como sea posible. China está exportando paneles solares como locos estos días (casi el doble en muchas regiones), y gracias a economías de escala, sobreproducción local y ganas de armar bulla, lo están haciendo a precios de saldo. Solar, eólica y baterías estaban rondando la paridad en costes con el gas natural y diesel antes de la guerra. Incluso si esto acaba en una vuelta a una normalidad relativa, el conflicto va a acelerar la transición energética, haciendo un daño considerable a los países productores de petróleo, primero, y a aquellos idiotas que han apostado por seguir utilizando y exportando combustibles fósiles como su plan de futuro (léase Estados Unidos bajo Trump).
Desde el punto de vista geoestratégico, Irán va a salir increíblemente reforzado: se va a librar de gran parte de las sanciones, tendrá una fuente de ingresos estable en los peajes, y el resto de vecinos de la región a su merced. Seguirá siendo una teocracia horripilante espantosamente mal gobernada, pero tendrá burradas de dinero para expandir su influencia.
En agregado, un éxito rotundo de la administración Trump.
La lealtad de los republicanos
La parte más inexplicable de toda esta saga, sin embargo, sigue siendo para mí el hecho de que el partido republicano siga atado a este hombre. Una derrota tras otra, una pifia tras otra, una humillación tras otra, y continúan apoyándolo sin rechistar.
Incluso después de ser derrotados en primarias por un Trump vengativo, varios senadores republicanos esta misma semana han optado por plegarse a las demandas del presidente de nombrar a Todd Blanche, el patán que está orquestando todos los casos de corrupción a gran escala en el departamento de justicia, como fiscal general. Unos cuantos se han quejado un poquito, pedido garantías de que el fondo para compensar insurrectos no siga, o dicho estar decepcionados con Blanche, pero cuando tocaba votar, han pasado por el aro.
Como comentaba Matt Yglesias hace unos días, es bueno que los partidos políticos tengan algunas divisiones internas, especialmente cuando los líderes de la formación están cometiendo una pifia con el mayal tremebunda tras otra. El GOP estos días tiene una disciplina norcoreana mientras se dirigen, impasible el ademán, camino de una catástrofe en noviembre.
Y sí, sé que tiene cierta lógica. Pero que la lealtad siga incluso en aquellos que han sido ya purgados por disidentes es extraordinario.
Bolas extra:
Os preguntaréis por qué no he hablado sobre las primarias demócratas estos días, y más tras algunos resultados remarcables en Michigan y otros estados. La excusa fácil es que no las he seguido demasiado, ya que este es un país enorme y es casi imposible tener opiniones formadas sobre lo que sucede en sitios a varios miles de kilómetros de distancia.
El motivo real es que, como he comentado alguna vez, estoy trabajando en una primaria (más o menos) competitiva en Connecticut, intentado reelegir al gobernador Ned Lamont para un tercer mandato. Así que estoy siguiendo una primaria muy, muy de cerca, pero lo que diga será estrictamente la línea oficial2, y sobre lo que sucede en otros sitios tampoco puedo decir mucho.
Recordatorio:
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Por ahora, los suscriptores tendrán una tertulia este fin de semana y un artículo sobre la intrahistoria de las primarias sólo para ellos. No sé a qué esperáis.
Valga decir que por aquel entonces era de la opinión que la crisis no iba a pasar factura política a Biden. Me equivoqué.
Que a ser sinceros, soy uno de quienes la escribe, y no es distinta a lo que pienso realmente. ¡Lamont es muy buen candidato!



