Después de Epstein
Las consecuencias políticas de una montaña de correos electrónicos
La publicación de los archivos y documentos del caso Epstein fue, durante años, el Santo Grial de una pequeña horda de conspiranoicos de la derecha americana.
Recordaréis, allá por ese lejano 2016, el “escándalo” del pizzagate, una de las subtramas de los correos de la campaña de Hillary Clinton filtrados por los servicios de inteligencia rusos1 que acababa asociando al expresidente con Epstein. Había todo un folklore, una mitología incluso sobre el oscuro, misterioso, ominoso y omnipotente cabal de degenerados ultramillonarios pedófilos que dirigían los destinos del mundo, con el millonario en su centro y una coalición de políticos demócratas detrás.
Tras una larga batalla política, una inusual coalición de republicanos de extrema derecha adictos a las teorías de la conspiración, un puñado de conservadores con principios y un partido demócrata encantado de meterle el dedo en el ojo al que había sido el mejor amigo de Epstein, Donald J. Trump forzaron al departamento de justicia a publicar todo lo que tenían sobre el caso.
Los papeles
A finales de enero, con retraso, sin ganas, y manteniendo aún sellados una parte importante de los archivos, se hicieron públicas tres millones de páginas, 180.000 fotos y 2.000 vídeos de una tacada. Y en las dos semanas siguientes, el terremoto político ha sido tremendo… fuera de Estados Unidos.
No repetiré la lista de políticos y dirigentes caídos en desgracia en Europa estos días, que es larga y llena de nombres ilustres, y que en el Reino Unido incluso puede que acabe con el primer ministro2. Esto puede parecer un tanto paradójico, siendo como era Epstein una criatura de Wall Street, no del viejo continente. Si miramos los nombres de la lista de cerca, no obstante, y cómo funcionan los escándalos políticos, este contraste es menos extraño de lo que parece.
La naturaleza de los escándalos
Empecemos por la naturaleza de los escándalos políticos. En los papeles de Epstein aparecen cientos de personas. Unas cuantas decenas (no está del todo claro aún la cifra exacta) parecen estar implicadas en asuntos turbios, y un subconjunto de estas están claramente implicadas en asuntos muy turbios. La mayoría de los implicados son americanos; hay muchas personas en este país bajo sospecha.
Todos esos nombres, sin embargo, han aparecido a la vez, así que los medios han tenido que decidir a quiénes dan prioridad. ¿Es más escandaloso Steve Bannon, el ultraderechista cerebro intelectual del trumpismo? ¿ o Kenn Star, el fiscal que investigó a Clinton por el caso Lewinski? ¿quizás gente en Goldman Sachs o J.P. Morgan? ¿Elon Musk? ¿Howard Lutnick, el secretario de comercio de Trump?
Lo que ha acabado sucediendo es una multitud de artículos sobre montañas de gente, pero sin generar la clase de presión y asedio constante sobre una persona que acostumbra a acompañar un escándalo de esta gravedad. Hay mucho ruido, pero la atención está difuminada. Dado que Epstein, además, tenía amigos que caían más cerca de la órbita demócrata, Fox News y allegados pueden obsesionarse con Chomsky, Larry Summers y gente de este estilo e ignorar por completo a los muchos personajes cercanos a Trump (o el propio presidente) sin decepcionar a su audiencia3.
En comparación, lo que ha sucedido en otros países europeos es más parecido a un escándalo al uso. En Inglaterra, por ejemplo, en los ficheros de Epstein aparecen básicamente tres nombres: el (ex)príncipe Andrés, que ya había sido demolido en un ciclo anterior, Sarah Ferguson, que no es que cuente mucho, y Peter Mandelson.

Para los que no siguen la política británica de cerca, ese nombre no os sonará demasiado4. Mandelson, sin embargo, forma parte de un cierta categoría de Homo Westminsterus que tienden a pulular en las altas esferas del poder durante décadas, a menudo de forma casi incomprensible, sobreviviendo a toda clase de desastres, escándalos, y estropicios sin perder influencia. Este hombre empezó su carrera en primera línea de los laboristas siendo director de comunicaciones de Neil Kinnock5 en 1985, fue uno de los arquitectos del blairismo, uno de los que hundieron el partido el 2010, consiguió que le siguieran haciendo caso después, e inexplicablemente convenció al jefe de gabinete de Starmer que le nombrara embajador en Washington el año pasado.
La cuestión es que a Mandelson todo el mundo le tenía ganas. Dentro de su partido, porque es un pelma que no se va ni con agua caliente que ha dejado una montaña de rivales detrás (era conocido como el príncipe de la tinieblas por algo). Fuera, porque es un ejemplo perfecto de las élites políticas británicas que han dejado el país fuera de Europa y en una crisis política constante, egocéntricos, arrogantes, absolutamente convencidos de su inteligencia superior y derecho a gobernar. Cuando su nombre aparece en los ficheros de Epstein una y otra vez, toda la atención mediática del país se ha concentrado en este cretino y en todo lo que le rodeaba. Mandelson ha acabado perdiendo su cargo, sus títulos, y con un poco de suerte, su libertad.
La relación de Mandelson con Epstein era, probablemente, menos cercana que la de Epstein con Steve Bannon, uno de los grandes aliados de Trump en el movimiento conservador. Bannon asesoró activamente a Epstein, intercambiaron favores, e incluso estaba preparando un documental para rehabilitar su imagen. Esto ha generado unos cuantos titulares y un pelín de debate en redes, pero el problema es que su historia compite con las revelaciones de que Howard Lutnick era muy amigo de Epstein, RFK Jr. era amigo de Epstein, Mehmet Oz también lo era, Kevin Warsh, John Phelan, y el maldito presidente de los Estados Unidos también sale en la foto.
Así que Bannon no sólo parece que se irá de rositas, sino que sigue siendo tan influyente como siempre.
Pudores y vergüenzas
Aparte de que la historia ha quedado más diluida que en Europa, donde cada país tiene a una o dos personas famosas a las que linchar, también se le añade esta cualidad tan trumpiana que es la completa falta de vergüenza de todo aquel cercano a la administración. En un planeta normal, un ministro que tras declarar que rompió cualquier contacto con Epstein para siempre cuando se olió que había algo sórdido detrás ahora tiene que admitir que siguieron siendo muy amigos durante años tras esa “ruptura” dimitiría de inmediato, su credibilidad hecha añicos. En la administración Trump, esto es un martes cualquiera, un interludio purulento entre el presidente colgando un video racista sobre Obama y alguien en ICE matando a otro civil de forma accidental.
La política, en una democracia, exige que sus líderes tengan quizás no un compás moral firme, pero que les dé cierto reparo hacer cosas horribles en público. Quizás ser amigo de un pedófilo no les parezca mal, pero que al menos entiendan que si eso se hace público la gente se enfadará con ellos, será todo muy embarazoso para el presidente, y eso exigirá que muestre cierto arrepentimiento y dejen el cargo. Algunos nombres en la lista de Epstein en el sector privado han perdido su empleo estas dos últimas semanas, porque en el mundo académico o empresarial estas normas de conducta siguen operativas.
Donald Trump fue pillado en un audio diciendo que le gustaba coger a las mujeres por el coño y como era famoso le dejaban en el 2016, durante su primera campaña electoral, y ganó las elecciones. La lección que sacaron sus aliados es que dimitir y pedir perdón es de cobardes, y ha seguido aplicándola durante la década siguiente.
La “Epstein Class”
De esta historia, aparte de las consecuencias políticas, creo que es importante recalcar dos detalles importantes. Primero, es muy posible que durante los próximos meses sigan saliendo más nombres y más material, tanto de los archivos ya publicados como de los que aún no han visto la luz. Hay mucha información; el NYT estimaba el viernes que sus periodistas sólo han repasado un 2-3% del material. Esto no ha terminado.
Segundo, más allá de lo que veamos en semanas o meses venideros, los archivos de Epstein ofrecen una ventana a un mundo de conexiones, enchufes, peloteo, prebendas, amistades, favores y baboseo de una cierta élite financiera y empresarial que sospechábamos, pero no conocíamos. Ezra Klein y Robert Draper, en un par de artículos recientes, hablaban sobre estas relaciones lisonjeras, en la que gente que lo tiene todo deciden mantener su “amistad” con alguien que había sido condenado a cárcel por prostituir a una menor. Algunos porque les da acceso a otra gente, otros porque Epstein conoce a todo el mundo, otros porque las “chicas”. Todo el mundo que no fuera un idiota terminal sabían quién era Epstein, pero les daba exactamente igual.
Ro Khanna, el representante demócrata de California que ha sido uno de los motores en conseguir que se publiquen estos documentos, habla sobre la “Epstein class”6, la “clase Epstein”, para referirse a este fenómeno. Élites acaudaladas, entusiasmadas con su propia inteligencia, metidas en redes de influencia y contactos para mayor gloria personal mientras juegan a salvar el mundo y honrar su propia imagen para impresionar a otros, depravados, decadentes, inmorales, celebrando las espléndidas fiestas de un pedófilo que todos tenían como un amigo. Salvapatrias, genios, megalómanos, cretinos, de Silicon Valley a Wall Street.
Como señala Klein, sin embargo, debemos tener en mente también los que no están en la lista. Algunos, claramente, porque vieron el percal y se fueron por piernas; Melinda Gates se divorció de su marido en cuanto entendió quienes eran estas amistades. Tina Brown, la que fuera editora de Vanity Fair, fue invitada a una cena con Epstein, el príncipe Andrés y Woody Allen, y los envió a la mierda de inmediato. La red de Epstein era enorme, pero mucha gente huyó de él como la peste.
Cosa que hace más urgente, por supuesto, que quienes no lo hicieron expliquen qué sabían y por qué no lo hicieron.
Cutreces y conspiraciones
También vale la pena mencionar que aunque realmente lo que decían los chalados de pizzagate y Q-Annon era casi cierto y existía un contubernio de élites pedófilas alrededor de Jeffrey Epstein, el complot, como tal, era mucho más patético de lo que creían. Nada apunta a que Epstein “controlara” a nadie, o estuviera chantajeando a gente; todos sus amigotes estaban allí porque querían, atraídos por el talento de este hombre para hacer la pelota a gente influyente y conseguir favores. Nadie estaba conspirando para dominar el mundo, y cuando lo hacían (como cuando Bannon quiso “derrocar” al papado) es obvio que no tienen ni la más remota idea de lo que están hablando.
Las conspiraciones para dominar el mundo no existen. Las élites son igual de torpes, chapuceras y fantasiosas como cualquiera de nosotros.
Bolas extra:
Hablando sobre élites, este artículo sobre cómo viajan los super-ricos y el funcionamiento de las agencias de viajes para quienes lo tienen todo me ha generado sentimientos digamos afilados.
Bitcoin Jesús iba camino de la cárcel hasta que cambió de abogados. Su nuevo equipo estaba lleno de amigos de Trump.
Warner Bros Discovery está repensando eso de venderse a Netflix. Es que la gente de Paramount son muy amigos de Trump.
La Casa Blanca pifió por completo su caso contra Mark Kelly. Es buena noticia, y un ejemplo de por qué llenar tu administración de pelotas suele acabar mal.
Wikileaks era, a todos los efectos, una pantalla de los servicios de inteligencia rusos por aquel entonces.
Aunque en este caso, será más la excusa que el motivo de su caída. La impopularidad de Starmer es tal que los laboristas se mueren de ganas de echarle.
El secreto de Fox News es que no es propaganda. Simplemente le dicen a su audiencia lo que ellos mismos quieren oír.
Sufro de la dolencia de seguir la política británica más de la cuenta. No preguntéis por qué.
Para mi sorpresa, aún está vivo. Un político con poca suerte, y el que hizo el trabajo sucio de volver los laboristas hacia la cordura, dándole un partido casi normal a Blair en 1992.
Creo que el primero en usar la expresión fue John Ossoff, senador demócrata por Georgia, pero no estoy seguro.




