Pandora y los políticos indolentes
Una pequeña revisión histórica
Esta semana escribía por Voz Populi sobre esta nueva costumbre británica de echar primeros ministros. Con la defenestración de Keir Starmer, el país tendrá pronto su séptimo primer ministro en la década desde el Brexit.
Lo curioso de este desfile de decapitaciones es que sólo una se ha debido a una pérdida de mayoría parlamentaria del partido del primer ministro, esto es, por deserción de socio de coalición o palmar en unas elecciones. Las otras seis defenestraciones son “dimisiones” resultado de rebeliones internas dentro del partido en el poder, con los amigos del jefe de gobierno recomendándole encarecidamente que es hora de que pase más tiempo con su familia.
Atribuía la causa de este súbito aumento de la inestabilidad al propio Brexit, primero, pero sobre todo al hombre que convocó el referéndum para provocarlo, David Cameron. El tipo es, esencialmente, la personificación de todo lo malo de la clase dirigente británica desde hace años, alguien con una educación impecable, amplios conocimientos, y nula capacidad para entender nada más allá de la cháchara impostada de Westminster y las lisonjas del poder.
Este es un boletín de política americana, no británica1, así que le daré muchas más vueltas. Pero la figura de Cameron es un buen reflejo, y punto de partida, para hablar de una cierta teoría subyacente a todo lo que escribo sobre cómo funciona la política.
Grandes hombres
Se habla, a veces, de “grandes hombres” de la historia; figuras excepcionales que por su talento, liderazgo, capacidad de persuasión, inteligencia y genio aparecen en determinados momentos y cambian el curso de los acontecimientos de un país o nación para siempre. Gente que construye imperios, como Alejandro Magno, salva la democracia, como Lincoln, unifica a una nación y crea una gran potencia, como Bismarck. Es la persona correcta en el momento adecuado, y mueven el mundo con su fuerza de voluntad.
Mi sensación (que creo que comparten la mayoría de historiadores) es que lo de los “grandes hombres” dista bastante de explicar gran cosa. El contexto que permite a Alejandro, Lincoln o Bismarck ser grandes es tan o más importante que su presencia. Si era bueno y positivo que sus grandes gestas sucedieran, y los hechos que iban a precipitar tenían consecuencias positivas, es bastante probable que todos los implicados tuvieran incentivos para llevarlas a cabo. Unificar Alemania era bueno para Alemania a largo plazo, así que alguien iba a tener que hacerlo; el norte eran los buenos en la guerra civil, y eran más ricos, así que alguien habría ganado esa guerra.
Las gestas de Alejandro están muy sobrevaloradas, y me remito a todo lo que ha escrito Bret Deveraux sobre ello.
Creo que fue Mike Duncan (del excelente podcast Revolutions) quien sugirió, medio en broma, medio en serio, de que el motor real de la historia no son los genios, sino los grandes idiotas. Son esos tipos que llegan al poder de un modo u otro, están en una situación en la que hay una respuesta correcta obvia para todos, y deciden, por estupidez, vagancia, locura transitoria o por creerse los consejos de un místico siberiano extravagante demasiado al pie de la letra. Las cosas iban bien hasta que incomprensiblemente llega uno de estos señores y decide que es más listo que nadie y agravan espectacularmente un problema.
David Cameron era, obviamente, uno de estos “grandes idiotas” de la historia europea reciente. En Estados Unidos, a estas alturas, creo que podemos señalar a Donald Trump como un firme candidato a ganarse esta designación.
De los orígenes de la estupidez
La emergencia de figuras como David Cameron o Donald Trump, por descontado, merecen cierta explicación adicional. Fernando VII, Nicolás II, Luís XVI y demás monarcas metiendo la pata hasta el fondo son un producto de desafortunadas loterías genéticas y leyes sucesorias. Cameron se las arregló para ganarse la confianza de los tories primero y ser elegido primer ministro después. Donald Trump es el resultado de una carambola política extraordinaria en el colegio electoral, pero llega a candidato tras ganar una primarias republicanas, y llega a ellas gracias a toda una vida en los medios.
No estamos aquí para dar una teoría sobre el partido conservador británico y su sistema de selección de élites2, y de Trump ya tengo un libro escrito que podéis encontrar en vuestra librería. Pero del mismo modo que los grandes idiotas de la historia definen nuestro mundo, tenemos también esos líderes, instituciones, y decisiones que parecen inofensivas de entrada, pero abren la puerta a idiotas en años venideros.
En el caso de Trump, como no me he cansado de repetir, esa persona es Richard Nixon. No de forma consciente, porque Nixon, por muy cretino que fuera, era alguien extraordinariamente inteligente que hubiera despreciado a Trump, pero sí por los cambios políticos, sociales e institucionales que él inició. La política del resentimiento, el realineamiento en el sur, el abrir la puerta al partido a todos esos actores reaccionarios que moverían a los republicanos a la derecha, la demolición de los sindicatos; todas decisiones políticas racionales para ganar elecciones en 1972, pero que, indirectamente, pusieron al sistema político americano camino de la polarización primero, y del nihilismo republicano después.
La caja de Pandora
Es esta clase de historias, de consecuencias no anticipadas, las que hacen que al evaluar a un político suelo tomarme bastante en serio su rectitud, su sentido de la responsabilidad.
Hay algunos actos de gobierno, algunas decisiones, que significan abrir la puerta a que ciertas ideas o gente puedan entrar en el debate político de lleno. En el caso de Nixon, fue su decisión de dar un hogar a los votantes más reaccionarios del país dentro del partido republicano, revirtiendo la estrategia previa de mantener fuera del partido a los conspiranoicos más radicales. Eso daría paso, años más tarde, a la aparición de figuras como Rush Limbaugh y las estrellas de Fox News. Sí, eso les sirvió ganar elecciones. Pero también estaba claro que, tarde o temprano, las bases del partido que estaban agazapadas detrás de esa gente en algún momento iban a encontrar a un agente del caos para tomar el partido.
Es por este motivo por el que tengo una profunda aversión a cualquier candidato que sólo quiera ganar, sin más, o que esté dispuesto a prometer cosas que sabe que no son viables, o que insista que existen soluciones fáciles a problemas complicados, hablando sobre “las élites”, que hay “falta de voluntad” y que ellos grandes hombres pueden hacerlo. Más aún a cualquiera que diga que debemos “dar voz” o “escuchar” a actores que van a abrir paso a idiotas en el debate político, la clase de gente que cuando llega al poder pueden hacer de verdad daño.
Hay un deber subyacente en cualquier líder político a no romper o empeorar cosas, a no abrir puertas que no vamos a querer cerrar.
Bolas extra:
Giant es una obra de teatro de Mark Rosemblatt en Broadway (originalmente estrenada en Londres), sobre Roald Dahl, el extraordinario escritor de novelas infantiles que resultaba ser un tremendo antisemita. Este artículo de Sarah Darer Litman me ha hecho pensar mucho sobre odio, arte, y obra. Leedlo.
Irán y Estados Unidos están en una guerra tonta en la que sólo se atizan durante los fines de semana, cuando están cerrados los mercados, y vuelven a “negociar” en días laborables. La negociación será larga porque creo que Trump sigue sin entender que han perdido, y está convencido que podrá sacar algo positivo de todo ese lenguaje ambiguo del memorándum.
La Casa Blanca está firmando acuerdos mineros con empresas de todo el mundo, y los hijos del presidente casualmente han invertido en muchas de ellas.
Voy a estar otra vez de viaje durante los próximos días (de vuelta por Barcelona por motivos familiares) así que los boletines llegarán con un poco menos de regularidad de lo habitual. No estaré de vacaciones, aparte, así que haré horarios extraños.
Aunque mi obsesión con la política británica viene de muy lejos; aunque no soy tan experto como solía (hace veinte años, era mi especialización académica), la sigo con atención.
Aunque podría. Este fue mi tema durante años.



Me ha gustado mucho esa teoría sobre los grandes idiotas. Se podría articular algo así: "Un sistema político-social tiende a la estabilidad a largo plazo, pero se va erosionando por las idioteces cometidas, siendo idioteces (a) la negativa o incapacidad de resolver los problemas surgidos y (b) las acciones que tensionan el sistema más allá de sus límites."