Pagando a sus leales seguidores
Una administración que nunca descansa
El general enfurecido
No sé si recordaréis a Michael T. Flynn, uno de los dramatis personae del equipo de seguridad nacional durante el primer mandato de Trump. La carrera militar de Flynn, como tantos oficiales de su generación, estuvo asociada a la “guerra contra el terrorismo”. Teniente general en el ejército, fue uno de los oficiales responsables de la estrategia antiguerrillas en Irak y Afganistán durante la administración Bush y Obama. Se ganó fama de competente y creativo, y acabó siendo nombrado director de la agencia de inteligencia de la defensa1 el 2012.
Fue un tremendo, colosal error. Flynn quizás era un militar competente, pero resultó ser un gestor caótico con una extraña afinidad con los servicios de inteligencia rusos. Obama y el resto de los servicios de inteligencia acabaron hartos de su propensión a creerse teorías conspirativas, conductas abusivas hacia sus subordinados y propensión a salirse de guión inventándose historias extrañas.
El 2014, Obama decide no renovarle en el cargo. Flynn nunca se lo perdonó.
Tras ofrecer sus servicios como consultor a varias empresas curiosamente cercanas a los servicios de inteligencia rusos primero, y ser lobista pagado del gobierno turco después, acabó metido en el circuito de “expertos” de seguridad nacional en medios conservadores. Su retórica enfurecida contra la amenaza islamista y su condición de veterano despechado de la administración Obama fue del agrado de un candidato presidencial por el que nadie daba un duro, Donald Trump, formando parte de su equipo de asesores.
Flynn, durante la campaña, siguió siendo amigo de sus amigos rusos, siendo invitado por RT a una gala en la que compartió mesa con Vladimir Putin, cobrando por dar una charla en Moscú.

A estas alturas, todo el mundo entendía que el tipo estaba bastante loco, y que fuera por ganarse unas perras (ser el militar iracundo oficial de Fox News es una carrera lucrativa), fuera por resentimiento contra Obama, fuera porque veía en Trump a alguien tan chiflado como él, lo de Flynn era fama de unos meses, y era mejor no tomárselo demasiado en serio.
Hasta que Trump ganó las elecciones y decidió nombrar a Michael Flynn asesor de seguridad nacional.
Conversaciones en la embajada
Incluso para los estándares de Donald Trump, fue una decisión singularmente estúpida. Durante la transición entre administraciones, Obama impuso sanciones a Rusia por sus intentos de interferir en las elecciones americanas. Flynn se puso en contacto de inmediato con Sergey Kislyak, el embajador ruso y viejo conocido suyo, para pedirle que no respondieran porque Trump iba a levantarlas cuando llegara al cargo. Flynn negó al resto del equipo de Trump haber tenido esa conversación.
Eso irritó al FBI, que, como era de esperar, grababa todas las conversaciones de Kislyak. Si Flynn estaba mintiendo sobre sus contactos quizás eso indicaba que los rusos tenían una cierta influencia sobre él, así que optaron por interrogarlo. Flynn cometió entonces dos errores: primero, presentarse sin un abogado, y segundo, mentir al FBI sobre un tema de seguridad nacional. Cometer perjurio es la clase de delito al que no quieres acercarte respecto a investigaciones secretas con los rusos. La noticia no tardó en filtrarse2, y ante el escándalo, Trump forzó su dimisión.
Lo que vino después fue una montaña de problemas legales. Flynn, aparte de cometer perjurio, tenía toda clase de asociaciones extrañas y la mar de sospechosas con Rusia. De forma completamente bizarra, también estaba asociado con un complot surrealista para secuestrar a un disidente turco que vivía en Estados Unidos. En el 2017, admitió haber cometido perjurio y llegó a un acuerdo con el fiscal especial que estaba investigando la trama rusa, Robert Mueller, para cooperar con la investigación.
El caso, no obstante, no llegó a ninguna parte. A mediados del 2018 empezó a quejarse de que el FBI le había manipulado y dejó de ayudar a Mueller. Tras dos años de batallas legales intentando aplazar una probable sentencia de cárcel, el departamento de justicia sorprendió a todo el mundo diciendo que iba a retirar los cargos. El juez, incrédulo, nombró a un abogado para que tomara el lugar de la fiscalía, ya que Flynn había admitido ser culpable. Fue inútil; Trump indultó a Flynn el 25 de noviembre del 2020, poco después de haber perdido las elecciones.
Demandas judiciales
La historia, inexplicablemente, no termina aquí. En el 2023, Michael Flynn demandó al departamento de justicia pidiendo una indemnización de cincuenta millones de dólares, alegando que el proceso judicial contra él había sido malicioso. Todos los jueces que se toparon con la demanda la trataron con enfático desprecio (porque Flynn había admitido ser culpable), pero entre recursos y maniobras legales, el caso siguió vivo hasta que Trump fue reelegido el 2024.
El departamento de justicia anunció ayer que había llegado a un acuerdo extrajudicial con Michael Flynn para que retirara la demanda, compensándole con 1,25 millones de dólares por su “sufrimiento” todos estos años.
Insisto, una vez más: la demanda de Flynn no se aguantaba por ningún sitio. Nunca iba a ganarla, y nunca iba a convencer a un jurado que le dieran un céntimo. La administración Trump simplemente está usando una montaña de dinero público para agradecer a un leal soldado que rechazó testificar en contra del presidente en una investigación contra él. Nada más y nada menos. Porque lo de regar de dinero a sus amigos es lo que hace este presidente cada vez que tiene oportunidad de ello.
Este “acuerdo”, además, sirve de bonito precedente para otra demanda parecida contra el departamento de justicia. En este caso, presentada por el propio presidente Trump (que está demandando al gobierno que él mismo preside) con exactamente las mismas alegaciones. Trump pide $230 millones.
Esta gente no descansa
Este es un escándalo menor comparado con declarar una guerra a un país al azar provocando una crisis económica mundial, desmantelar departamentos enteros del gobierno a las bravas o perseguir judicialmente a los enemigos del presidente, no lo voy a negar. Pero a su vez, es también la clase de tontería que explica muchas cosas de esta administración.
Para empezar, han perdido cualquier vergüenza. Flynn fue el primer cargo en caer durante el primer mandato de Trump. El escándalo entonces fue enorme, porque en un mundo normal que tu asesor de seguridad nacional hable con los rusos a espaldas del resto del gobierno y mienta al FBI sobre ello es muy grave. En este segundo mandato el presidente está recibiendo un 747 como soborno en público, toda su familia está metida en negocios alegremente corruptos y parece que medio gobierno está especulando en bolsa jugando con los anuncios de Trump sobre la guerra de Irán y aquí no pasa nada.
Segundo, la guerra está ocupando (justamente) toda la atención de los medios, porque es una tragedia incomprensible fruto de la idiotez colectiva de esta administración, pero el trumpismo nunca descansa. Todas las astracanadas, tonterías, ilegalidades y corruptelas que estaban cometiendo alegremente antes de meterse en la madre de todos los embolados idiotas en Oriente Medio siguen activas, y todos los presentes siguen demoliendo el estado de derecho, la administración y el futuro de la humanidad con la misma energía de siempre.
Aquí va una lista de astracanadas recientes al azar:
Corey Lewandowski, un asesor / amante / enchufado (es complicado) de la secretaria de seguridad interior recién despedida, Kristi Noem, se pasó el año largo que estuvieron en el cargo pidiendo sobornos. Obviamente nadie espera que la fiscalía haga nada, porque es amigo personal de Trump.
La Casa Blanca ha adoptado una táctica innovadora para cambiar leyes por las bravas: llevar a un estado gobernado por republicanos a los tribunales diciendo que una ley vulnera la constitución o algo similar, y llegar a un acuerdo extrajudicial poco después en el que las partes acuerdan eliminarla o cambiar su interpretación a lo loco. En teoría, la jurisprudencia del Supremo dice que un juez no puede aceptar una demanda judicial si las dos partes no tienen una disputa. El problema es que los jueces realmente no puede recurrir un acuerdo con facilidad.
La administración mantiene su costumbre de recortar programas al azar sin pedir autorización al congreso o retirar fondos a estados, organizaciones o causas que le caen mal. Los tribunales, invariablemente, revierten estos recortes, pero a la Casa Blanca les da completamente igual; tras acatar la orden judicial un ratito suelen encontrar otro pretexto legal aleatorio para congelar los fondos de nuevo. Hay varios proyectos de infraestructura en Nueva York que van por la tercera o cuarta demanda judicial.
La administración Trump ha acordado pagar una indemnización de 1.000 millones de dólares a una empresas francesa que tenía una licencia para construir dos centrales eólicas en las costa de Nueva York y Carolina del Norte a cambio de que inviertan en varios yacimientos de petróleo y gas natural.
Las políticas migratorias de la administración han conseguido que el crecimiento de la población de casi todas las áreas metropolitanas del país haya caído a cero.
Podría publicar una lista parecida dos veces por semana, porque son irreprimibles. La administración Trump quizás esté metiendo la cabeza en un avispero caníbal en Irán, pero aquí en casa siguen dando hachazos con entusiasmo y alegría, que para algo están en la Casa Blanca.
Irán no es una distracción. Es la burrada más grave de una larga lista de decisiones atroces, escándalos de corrupción y desfalcos del trumpismo.
Quedan ocho meses escasos para las elecciones legislativas. Esta administración ha hecho mucho daño, y seguirá haciendo mucho daño, incluso tras destrozar su popularidad y apoyo social de forma irremediable en una guerra absurda.
Una de la docena larga de agencias de inteligencia del aparato cívico-militar americano. Es el equivalente de la CIA dentro del Departamento de Defensa (la CIA es formalmente independiente y no depende de ningún ministerio).
Al Washington Post, que por entonces aún hacía periodismo.




