Magnicidios
Ruido, señal y noticias políticas
El Washington Hilton es uno de esos hoteles de la capital de los Estados Unidos que viven de montar eventos y actos semioficiales. Construido en los años sesenta entre Adams Morgan y Dupont Circle, dos zonas de oficinas de la ciudad, es grande, orgullosamente brutalista y con ese aprecio por el exceso de los centros de convenciones americanos. Cuando abrió, su salón de fiestas albergó conciertos como The Doors o Jimi Hendrix (eran otros tiempos), pero ahora es la clase de sitio en los que cosas como la asociación americana de ingenieros agrónomos, o la alianza de fabricantes de minas antipersonal o el centro por la adopción de gatitos se reúnen para celebrar sus encuentros anuales, con seminarios, ponencias, charlas con sus lobistas y discursos del senador o regulador federal del ramo antes de ir al Capitolio a hacer un poco de lobbying1.
En visitas pasadas en Washington, creo que he estado en este Hilton un par de veces, no sé si en una conferencia o encontrándome con amigos en otra conferencia en el bar. En DC, el hotel siempre ha sido conocido coloquialmente como el Hinckley Hilton en referencia a John Hinckley Jr., el hombre que intentó asesinar a Ronald Reagan cuando salía de un evento en 1981.
El sábado, fue en este mismo hotel donde la asociación de corresponsales de la Casa Blanca celebraba su banquete anual. Y fue aquí donde Cole Tomas Allen intentó asesinar a Donald Trump y miembros de su gabinete.
Hombres armados
Estados Unidos es un país muy grande en el que es muy fácil obtener armas de fuego. Es un país también con una notoria tradición de violencia política de la que nunca se habla demasiado, y en donde vive mucha gente (demasiada) sin seguro médico y con problemas de salud mental.
Hinckley, en 1981, quería matar a Ronald Reagan para impresionar a Jodie Foster, su actriz favorita2. Arthur Bremer intentó matar a Richard Nixon en 1972 pero fracasó en dos ocasiones, y se tuvo que conformar con pegarle varios tiros al gobernador de Alabama, George Wallace, que quedó paralítico. Lynette “Squeaky” Fromme, un miembro de la “familia” Manson, intentó matar a Gerald Ford siguiendo órdenes de su líder. Giuseppe Zangara, el inmigrante italiano que intentó asesinar a Franklin Delano Roosevelt 17 días antes de su toma de posesión, culpaba “al sistema” de la gran depresión3. La lista de intentos de asesinato (fallidos la mayoría, pero con un buen puñado de cadáveres) de Wikipedia es un fascinante paseo por las grandes chifladuras de la mente humana.
Lo es hasta tal punto que uno de los mejores musicales de Stephen Sondheim, Assassins, es precisamente un repaso de las vidas y motivaciones de diez personas que han intentando matar a un presidente4.
La violencia política siempre es inaceptable, en todos los casos. Es muy, muy grave cuando alguien intenta asesinar al presidente de los Estados Unidos. Es también algo que, desde 1865, sucede muy a menudo, porque este es un país muy grande, está lleno de chiflados, y comprar armas es fácil.
La misma historia, contada de otra manera
Leeréis estos días que este es el tercer intento de asesinato contra Trump, tras el francotirador en Pensilvania y el chiflado que vigilaba su campo de golf en Florida, y que esto no tiene precedentes. En realidad a Trump le han intentado matar bastantes más veces, como sucede con todos los presidentes. Obama tiene una lista enorme de complots contra él, casi todos igual de chiflados. Incluso Biden tiene un puñado. La mayoría no salen en los medios porque son torpes, absurdos, o acaban en una detención discreta. Hay muchos que ni llegan a publicarse. El servicio secreto es una agencia con mucho trabajo.
Lo único distinto, en el caso de Trump, es que sus asesinos potenciales han tenido a menudo la idea peregrina de hacer un Leeeeroy Jenkins contra el presidente, en un retorno a la vieja tradición Hinckeyniana de hacerlo todo para la gloria, pero poco más.
Pero el del sábado es eso, un intento de magnicidio más. Otro. En este país son, inexplicablemente, muy aficionados a ellos.
La política
En intentos de asesinatos pasados, la reacción de la clase política y las élites americanas fue preocupación, llamar a la calma y no extraer conclusiones precipitadas, seguido en ocasiones de intentos de reforma. En 1981, el magnicidio fallido contra Reagan llevó al Congreso a aprobar una ley de control de armas de fuego (que el tribunal supremo ha ido vaciando de contenido); el de Kennedy trajo consigo una reforma del servicio secreto (no del todo exitosa).
Lo que no veíamos habitualmente, porque más o menos todo el mundo entendía que hablamos de eventos casi aleatorios, era a políticos echar la culpa de que algo sucediera a sus oponentes.Se entendía que hay una diferencia sustancial entre violencia aislada, esencialmente aleatoria, y la clase de violencia política organizada que sí exige esa clase de reproches y respuestas. Cuando Samuel Byck intentó secuestrar un avión en 1974 para estrellarlo contra la Casa Blanca para matar a Richard Nixon5, el presidente o los medios conservadores no dieron una rueda de prensa demonizando a George McGovern por su retórica incendiaria.
Esto ha cambiado en tiempos recientes. Es difícil hablar de un momento exacto, pero a partir de Bill Clinton la retórica de cierta derecha americana se vuelve considerablemente más violenta. Esto acaba culminando con varios atentados sonados, incluyendo la bomba en un edificio federal en Oklahoma que acabó con 167 muertos. En un fenómeno típico americano, aunque la inmensa mayoría de violencia política en los años subsiguientes procedió de grupos de ultraderecha, han sido los conservadores, y especialmente el trumpismo, los que han acabado por acusar a sus adversarios de ser cómplices de los terroristas y culpables de toda clase de maldades con más entusiasmo que nadie.
En este caso, Cole Tomas Allen parece ser un izquierdista un poco ido con cuenta en BlueSky que cogió el tren desde California a Washington6 para cometer el magnicidio, así que Trump lo ha tenido fácil para echar la culpa a los progres y la prensa del evento.
También, porque el hombre no sabe hablar de otra cosa, ha insistido que si tuvieran un salón de banquetes en la Casa Blanca, esto nunca hubiera sucedido.
Sobre las consecuencias políticas del evento, no creo que haya demasiadas. La cobertura en los medios ha sido (y será) desmesurada, porque todo sucedió en un banquete con más de 1000 periodistas, y esto de estar en el centro de la acción (aunque al tirador lo detuvieron mucho antes de que se acercara a ellos) significa que tienen mucho que contar.
Aunque es probable que Trump vea un pequeño repunte en los sondeos, incluso el (muy serio) atentado en Butler apenas fue perceptible en las encuestas. El presidente lleva meses aullando sobre “el enemigo interior” e intentando que su departamento de justicia descubran quién está en la cúpula de Antifa sin éxito (porque no existe); al buen hombre no lo van a radicalizar más.
Sobre reformas, la seguridad del presidente funcionó bien7 y no hubo ni heridos ni víctimas. De controlar el acceso a armas de fuego, por descontado, no habrá absolutamente nada.
La otra crisis
El principal peligro no será lo que venga del ataque, sino que Trump, que ya estaba en su mundo completamente respecto a Irán y reabrir Ormuz, me temo que va a ignorar esa crisis todavía más, sin buscar solución alguna.
Y eso sí que es grave, porque creo que Ormuz es un problema mucho mayor de lo que Wall Street y los responsables económicos americanos quieren creer. La economía mundial va a tener que aprender a vivir, por las buenas o por las malas, con un 15-20% menos de suministro de petróleo de inmediato, sin aviso ni transición que valga, y no hay nadie en la Casa Blanca que parezca preocuparse sobre el tema.
No suelo acertar (demasiado) en mis predicciones, pero intuyo que este bloqueo va para largo, y la crisis económica asociada será más seria de lo que indican los mercados.
Bola extra
Cuando se escucharon los disparos en el Hilton, la prensa americana en bloque se lanzó cuerpo a tierra, lógicamente asustados. Todos menos un tipo llamado Michael Glantz, que siguió comiéndose su ensalada tranquilamente. En declaraciones al NYT, dijo que tiene problemas de espalda, el suelo estaba sucio, le daba pereza, y además en Nueva York estas cosas pasan y que no era para tanto.
Muchos periodistas, por cierto, se han dedicado a hablar sobre la experiencia traumática que fue para ellos el suceso, y el miedo que pasaron. En un país donde incluso los colegios de primaria hacen simulacros anuales sobre qué hacer si un hombre armado intenta entrar a la fuerza, no sé qué decirles.
Hinckley hirió a Reagan, a James Brady, el secretario de prensa del presidente, a un policía y a un agente del servicio secreto. El tipo se libró de la silla eléctrica porque efectivamente estaba chiflado, y fue puesto en libertad el 2016. Sigue vivo, tiene un canal de YouTube, y publicó una autobiografía el año pasado.
Hay una teoría de la conspiración que dice que Zangara quería matar al alcalde de Chicago, Anton Cermak, que estaba junto a Roosevelt y fue quien recibió los balazos. A Zangara, por cierto, se declaró culpable y rechazó recurrir su condena, y lo ejecutaron en la silla eléctrica poco más de un mes después. Su ataque fue más un suicidio premeditado que un magnicidio.
El musical es extraordinario, por cierto. Y si la idea de ver a John Wilkes Booth, Charles Guiteau o Lee Harvey Oswald cantando os parece extraña, lo es y mucho, pero funciona.
Ya os digo que los asesinos en Estados Unidos son gente muy creativa.
Hay asesinos que son casi una parodia.
Ese no fue el caso en Butler, Pensilvania, donde Trump salió con vida por pura potra. La pifia del servicio secreto ahí fue descomunal.


