Hace unos años hablaba con cierta frecuencia sobre una de las grandes paradojas de la administración Biden: aunque la economía americana se recuperó con extraordinaria rapidez de la pandemia, la tasa de paro cayó casi a cero, los salarios aumentaron con fuerza en términos reales y el país iba indisputablemente bien, una mayoría de los votantes americanos estaban convencidos que el país estaba en una recesión o cerca de ella.
La desconexión era tan extraña y aparente como para sorprender a muchos economistas, que intentaron explicar, de forma infructuosa, cuál era el motivo de esta percepción. Se habló del despunte de la inflación tras la pandemia, pero el pesimismo no se disipó cuando volvieron a bajar los precios. Se habló de divergencias partidistas, pero el pesimismo, aunque mayor entre los republicanos, también existía entre votantes demócratas.
La vibecession, o “recesión por vibraciones” en el afortunado neologismo de Kyla Scanlon, resultó ser tan difícil de explicar que muchos analistas incluso se dedicaron a evaluar si algo en cómo medíamos los indicadores económicos estaban rotos. Los votantes parecían presos de una irracional nostalgia económica, estar muy preocupados de lo mal que iba el país y sin embargo decían, por abrumadora mayoría, que a ellos las cosas les iban bien.

A principios del 2024, Biden empezó su campaña para la reelección con la paradoja de estar presidiendo la economía que más rápido crecía del G7, tras haber aprobado una enorme cantidad de leyes importantes, y con los índices de desigualdad en claro descenso, salarios al alza, y la tasa de crimen cayendo en picado, pero siendo tremendamente impopular - y con los votantes convencidos de que nada de lo descrito arriba era cierto.
Por supuesto, el buen hombre no llegó a las urnas en noviembre, merced del peor debate electoral de la historia de Estados Unidos. Kamala Harris, una candidata mediocre, fue incapaz de revertir la tendencia, y una América nostálgica de los buenos viejos tiempos del 2019 dieron la presidencia a Trump.
La (no) crisis que no cesa
Dos años después, la economía americana no va (ni de lejos) tan bien como bajo Biden el 2024, pero las costas no van mal. La inflación está por encima del 3%, pero no por mucho; la tasa de paro ha subido un poco, pero un 4,2% es la clase de indicador que tendría a cualquier dirigente europeo dando volteretas. El PIB está creciendo no con entusiasmo, pero con un ritmo decente. Sí, la gasolina está cara y los aranceles están afectando precios casi al azar, y sí, las últimas cifras de creación de empleo son un poco anémicas, pero este no es un país en recesión. Al contrario, con la que está cayendo, la economía va relativamente bien.
La vibecession, sin embargo, sigue plenamente en vigor. En este caso, la cuestión no es tanto la atroz aprobación de Trump (múltiples sondeos lo tienen por debajo del 35%), que puede explicarse por la guerra, corrupción, deportaciones, fascismo, verborreas mentales incomprensibles, incompetencia, desmantelamiento de múltiples programas sociales, bajadas de impuestos a los ricos, megalomanía, y el hecho de que es una persona horrible. La cuestión es que los americanos siguen absolutamente convencidos que la situación económica es apocalíptica, y llevan en ese estado mental como mínimo desde el 2022, sin que nada les convenza de lo contrario.
Estados Unidos, y la economía americana, distan mucho de ser perfectas. He hablado incontables veces en este boletín de la horrenda desigualdad, el absurdo sistema sanitario, la persistente injusticia en el mercado laboral, discriminación, etcétera, etcétera. Si uno quiere buscar motivos para estar enfadado sobre el mundo y querer pegarle fuego a cosas, aquí nunca irá escaso de ello. Lo inexplicable, sin embargo, es que los votantes no parecen estar mirando en esta dirección, sino que creen que todo va mal, que estamos en barrena, y que nadie encuentra trabajo, a pesar de que todos los indicadores van en dirección contraria, los consumidores siguen gastando como posesos y la inversión empresarial indica cualquier cosa menos recesión.
Enfados y motivos
Y lo más extraño es que no tenemos una buena explicación sobre el motivo. El culpable más habitual es la inflación, pero Reagan tuvo tasas mucho más altas (y una subida del desempleo mucho más marcada) durante su primer mandato, y los votantes se dieron cuenta cuando las cosas mejoraron y le votaron de nuevo. Algunos han intentado mirar a precios específicos que escuecen más, como la vivienda, pero las subidas han estado localizadas a unos pocos estados, y son mucho menores que el 20008, y los votantes volvieron a entender que las economía mejoraba durante la década siguiente.
Algunas voces (entre las que me incluyo) hablan de un cambio de percepción de la realidad derivado de cómo la mayoría de votantes leen noticias ahora, a través de redes sociales y teléfonos móviles. Pero por mucho que me guste la teoría, Facebook, Instagram, X, y Tiktok están controlados por aliados de Trump y no han cambiado la percepción sobre la administración lo más mínimo. E incluso si fuera cosa de la naturaleza de esas redes, la causalidad entre móviles y creer que el mundo es un desastre es bastante dudosa.
De cara a las elecciones de noviembre, la vibecession no es que vaya a influir demasiado, más allá de potencialmente empeorar la derrota republicana (si los sondeos aciertan). El problema, no obstante, es que es difícil ver cómo puede funcionar bien una democracia cuando el electorado no sólo está constantemente enfurecido sino que parece no tener contacto alguno con la realidad. Si los votantes creen que todo mal, siempre, por sistema, y castigan en las urnas siempre al partido que está en el poder, tenemos por delante años de alternancia sin sentido y una inestabilidad tóxica.
Cierto país de Europa…
Por supuesto, y sé que esto es lo que estáis pensando, la cuestión de la vibecession no es algo único de Estados Unidos. Hay un cierto país en el sur de Europa que quizás esté celebrando elecciones dentro de unos meses con una economía que va indudablemente bien y una opinión pública convencida de lo contrario. Aunque no será yo quien defienda al infeliz de Keir Starmer, a Macron, Meloni o Merz, hay una hostilidad colectiva y catastrofismo general en las opiniones públicas que dista mucho de ser razonable. Los problemas de los países desarrollados no son hoy peores que en el 2019, 2009, 2000, o 1980, pero la indignación es infinitamente superior, incluso en lugares que objetivamente no están mal gobernados.
No tengo ni idea de dónde viene esto, y desde luego, no creo que sepamos aún si seguiremos en esta tesitura a medio plazo ni qué consecuencias va a tener. Pero en un mundo en el que necesitamos gobiernos efectivos resolviendo problemas, no sé si este catastrofismo histérico es sostenible.
Bolas extra
Trump está usando dinero público para emitir publicidad que no parece fascista en absoluto, qué va.
A pesar de que los tribunales han ordenado de forma reiterada a la administración de que deben cumplir con las leyes de gasto aprobadas por el congreso y no pueden decidir por las bravas que van a recortar, siguen haciéndolo una y otra vez.
Un buen artículo sobre AIPAC, un lobby pro-Israel que ha sido increíblemente efectivo consiguiendo que los demócratas se cabreen con ellos y con el gobierno de Israel.
La administración Trump ha decidido que los programas antifraude son innecesarios, y que las reglas que obligan a que una empresa o sociedad tenga que hacer pública quienes son sus propietarios es comunismo.



