El tratado de Versalles
Un resultado predecible a una guerra idiota
Llevo diciendo desde hace semanas que Estados Unidos había perdido la guerra con Irán. El alto el fuego permanente firmado por Donald Trump esta semana ha resultado ser la confirmación de esta realidad.
Que la guerra era estúpida y la derrota inevitable era algo que sabíamos todos desde marzo. Estados Unidos ataca Irán con el objetivo de forzar un cambio de régimen y eliminar su programa nuclear. Lo que acaba sucediendo es que el régimen sobrevive, cierra el estrecho de Hormuz, provoca una crisis energética mundial y deja a todos los países de la región ahogados.
Un acuerdo espantoso
Donald Trump se ha visto forzado a firmar un acuerdo que deja a Estados Unidos en una posición significativamente peor que la que ostentaba antes de empezar el conflicto, y que deja a Irán reforzado. Porque este acuerdo, ya firmado, es una rendición en toda regla:
Estados Unidos permitirá a Irán vender petróleo libremente en el mercado abierto, sin restricciones, de inmediato.
El acuerdo deja abierta la posibilidad de que, 60 días después de su entrada en vigor, Irán y Omán “definan” una administración y “servicios marítimos” en el estrecho, es decir, alguna clase de peaje.
Crea un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y desarrollo económico de Irán, financiado por los países de la región. El PIB de Irán, ronda los 300.000 millones de dólares, así que estamos hablando de reparaciones de guerra por una valor equivalente a toda la economía del país.
Un compromiso de levantar todas las sanciones a Irán.
Todos los fondos iraníes congelados debido a sanciones serán devueltos a Irán, unos 24.000 millones de dólares.
A cambio, Irán reafirma su compromiso a no desarrollar armas nucleares. Esto puede parecer relevante, excepto que, como firmante del tratado de no-proliferación nuclear de 1970, Irán ya había aceptado este compromiso. También se comprometen a diluir su material nuclear bajo supervisión externa, aunque, no a eliminarlo o sacarlo de del país.
La intención de Irán con su programa nuclear no era fabricar armas nucleares, sino quedarse justo un peldaño por debajo, de modo que pudieran construir un arsenal rápidamente. Esta “disuasión latente” es, por supuesto, tremendamente peligrosa, así que el tratado del 2015 firmado por Obama consistía en construir un armazón de vigilancia que dejara a Irán lo suficiente lejos de tener la bomba como para evitar que pudieran ejercerla. El acuerdo firmado por Trump no dice nada de ese régimen de control ni de los límites exactos sobre qué puede hacer Irán, así que apenas representa un cambio sobre el escenario de pre-guerra.
No que Irán necesite armas nucleares ahora mismo: tienen el estrecho de Hormuz, y saben que pueden cerrarlo. Así que han conseguido un acuerdo de paz que incluye, esencialmente, todas sus exigencias, y a cambio sólo restaura parcialmente el statu quo anterior.
Ironías de la vida, Donald Trump firmó este alto el fuego en el palacio de Versalles, cuando estaba visitando a Emmanuel Macron. No es la primera vez que alguien firma una rendición en ese lugar, ni tampoco será el primer tratado que sea recibido con gritos de traición y puñalada por la espalda.
Traidores y lacayos
Una de las normas no escritas del bizarro mundo del partido republicano actual es que Donald Trump nunca tiene la culpa de nada. El GOP está lleno halcones entusiastas que llevaban años pidiendo mano dura con Irán que están absolutamente horrorizados con un alto el fuego que les da todo lo que piden, así que muchos han decidido echar las culpas al vicepresidente J.D. Vance, que se ha convertido en el portavoz de la Casa Blanca para defender el acuerdo.
Como comentaba no hace demasiado, J.D. Vance llevaba tiempo filtrando a la prensa que a él lo de la guerra le parecía una mala idea. Trump, en un ataque no sé si de ironía o refinada venganza, le puso al frente de negociar el fin de las hostilidades, y ahora comentaristas como Ben Shapiro le están cargando el muerto de la rendición a él. Senadores “duros” con Irán, como Lindsay Graham o Ted Cruz, no le han mencionado directamente, pero insisten que el presidente estaba “mal aconsejado”.
Eso de que “los cosacos están a las órdenes del zar” nunca parecen haberlo escuchado, pero ya sabemos que el amado líder es infalible. Nada es culpa suya.
Aunque J.D. Vance me da bien poca pena, lo cierto es que está en una posición casi imposible. El acuerdo es, objetivamente, un pestiño absoluto para Estados Unidos, pero no creo que pudieran haber conseguido nada mejor con otros negociadores. La decisión de ir a la guerra fue radicalmente estúpida y la derrota militar clara1. Lo mejor que podía hacer Vance o cualquiera en su posición era aceptar lo inevitable, reducir las pérdidas al mínimo, y firmar lo que fuera antes de que el barril de crudo se disparara a $200 y el partido republicano acabara perdiendo elecciones sin parar de aquí al 2040.
El ejercicio de fantasía y lectura creativa del vicepresidente para defender el acuerdo, sin embargo, es bastante indigno. Vance habla de levantar las sanciones como algo trivial, insiste que en la segunda ronda de negociaciones sobre el programa nuclear tienen una posición de fuerza, pasa absolutamente de puntillas sobre la total ausencia de restricciones a la fabricación de misiles balísticos o financiar terrorismo, e insiste que esos 300.000 millones largos de inversiones son sólo si Irán cumple con todo lo firmado y “cambia su comportamiento”, a pesar de que Irán apenas ha firmado nada que no hubiera aceptado ya en el pasado.
Dudas variadas
Lo que queda por ver es si este acuerdo se mantiene en vigor. Por un lado tenemos a Trump, alguien a quien esto de firmar papelitos le parece un ejercicio pictórico, no un acto vinculante. Durante este segundo mandato, el presidente ha renegado de múltiples pactos y negociaciones con excusas o motivaciones a veces infantiles, a veces alocadas, a veces oportunistas, y nada indica que este alto el fuego sea distinto. Si la presión política sobre Trump se intensifica y el mensaje de todos estos columnistas que hablan (correctamente) sobre humillación empieza a calar, bien puede encontrar una excusa idiota para volver a las andadas.
Segundo, hay el detalle incómodo de que muchas sanciones fueron impuestas por el congreso, y sólo pueden ser eliminadas, en teoría, con otra votación. Trump siempre puede decir que “suspende” las sanciones (como ha hecho con Rusia), pero en el caso de Irán hay demasiados energúmenos belicistas en el GOP como para que eso sea inmediatamente aceptable. Quizás sea el legislativo quien convierte esto en papel mojado, “obligando” a Irán a cerrar el estrecho de nuevo.
Queda, además, el problema de Israel. El acuerdo es malo para Estados Unidos, pero es espantoso para Israel: no sólo el régimen iraní sigue intacto, sino que tendrán acceso a montañas de dinero sin tener que aceptar desarme alguno o límites a su intervencionismo en el exterior. Netanyahu no ha conseguido ni uno sólo de sus objetivos militares, y encima su único aliado que le quedaba le exige ahora que abandone su campaña en el Líbano a cambio de nada. Israel no participó en las negociaciones ni se ha comprometido a nada, y tiene ahora mismo todos los incentivos del mundo para intentar sabotear el acuerdo. No pueden permitirse enojar a Trump como para perder el apoyo de Estados Unidos, pero no van a ayudar en nada en mantener el alto el fuego en vigor.
Y lo harán con gusto, porque Trump les ha dejado vendidos por completo. Si la guerra ha sido un error estratégico garrafal para Estados Unidos, para Israel es una catástrofe aún más humillante. Tras las atrocidades y limpieza étnica en Gaza y Líbano, es profundamente irónico que quien les haya dejado a la estacada sea el cretino de Trump.
Se merecen mutuamente.
Consecuencias internas
Si os preguntáis sobre las consecuencias de esta rendición en clave de política interna americana, no creo que sean demasiado severas para Trump a corto plazo. Primero, porque el coste político de la guerra ha sido tan brutal para el presidente que un mal tratado de paz no va a empeorar la cosa en exceso. Segundo, porque casi nadie vota en clave de política exterior, y menos en unas legislativas como las que vienen en noviembre. Tercero, porque el porcentaje del electorado que prefiere más guerra a una mala paz es a buen seguro exiguo, y se reduce al puñado de psicópatas neoconservadores que quedan en el GOP, pero poco más.
Creo, sin embargo, que habrá otras consecuencias más sutiles a medio plazo. Las relaciones de Trump y los republicanos en el senado ya eran muy precarias estos días, y más con la afición presidencial a decapitar legisladores al azar en primarias. La guerra y sus consecuencias no harán más que complicar las cosas. De cara a las primarias del 2028, todo este sainete, al menos por ahora, tiene pinta de que va a debilitar al miembro del gabinete que creía acertadamente que la guerra era estúpida, y reforzará al pagafantas que era un belicista entusiasta y teórico jefe de la diplomacia del país, Marco Rubio.
Insisto que J.D. Vance no me da lástima, pero el tipo se está llevando todas las collejas esta semana.
Bolas extra
Trump va a pagar 765 millones de dólares a una empresa para que no construya parques eólicos marinos. En total la administración se ha fundido 2.500 millones para que no se construyan renovables.
Trump le dio 14,2 millones de dólares a un amigote para que arreglara el estanque delante del Lincoln Memorial, limpiándolo de algas para siempre y pintándolo de un patriotico color azul.
Las algas han vuelto, y el estanque está más verde que nunca.
Los republicanos en Georgia iban a hacer un gerrymandering, pero se han echado atrás. Tienen miedo de enfurecer a los votantes hasta el punto de que sean contraproducentes.
Estados Unidos técnicamente podría haber ganado militarmente invadiendo Irán o usando armas nucleares, pero ni Trump tenía capital político para hacerlo, ni podía permitirse el colosal coste económico que eso hubiera supuesto.



