El hombre y sus obsesiones
Trump sigue persiguiendo fantasmas
Todos nos hemos encontrado, en alguna ocasión, con una de esas personas. Gente que, en algún evento pasado, quizás años o décadas atrás, cree que alguien le hizo una jugada. Uno de esos tipos que no quieren ni pueden olvidar lo sucedido o, más específicamente, la tremenda injusticia que creían haber padecido. No importa cuánto tiempo haya transcurrido ni los sucesos posteriores: parecen estar eternamente dispuestos a dar la turra durante horas sobre el tema. Sobre cómo sus enemigos reales o imaginarios les robaron la gloria. Sobre por qué merecían más.
En la mayor parte de los casos, esta clase de obsesiones monomaníacas suele limitarse a cosas bastante inofensivas, como malos arbitrajes de fútbol o una terrible experiencia con un vendedor de coches usados. En el caso del presidente de los Estados Unidos, desafortunadamente, su lista de afrentas imaginarias sobre las que habla sin cesar es bastante más peligrosa y gira en torno a los mismos fundamentos del sistema democrático.
Hablando sobre afrentas
El jueves por la noche, Donald Trump hizo uno de esos discursos televisados en horario de máxima audiencia que suelen dar los presidentes ante anuncios increíblemente importantes o situaciones de extrema gravedad. Dado que Estados Unidos vuelve a estar en guerra con Irán y la Casa Blanca sigue siendo incapaz de explicar qué demonios está haciendo, una intervención así sería bienvenida; pero Trump decidió dedicar su valioso tiempo ante las cámaras a explicar por qué una enorme coalición de potencias extranjeras, malvados socialcomunistas, oscuras élites globales malhumoradas y el Frente de Liberación de los Gnomos de Jardín1 intervinieron en su contra en las elecciones presidenciales de 2020 y le robaron su muy legítima y merecida victoria.

El presidente dijo que, tras el discurso, su administración publicaría montañas de informes de inteligencia hasta ahora clasificados que demostraban de forma fehaciente la amplitud y profundidad de las múltiples conspiraciones contra su persona. Los documentos, como era de esperar, o bien eran refritos ya conocidos o notas periféricas que distaban muchísimo de demostrar cualquiera de sus afirmaciones. Todo su discurso era, siendo benévolo, una montaña de idas de olla paranoicas que no se sostienen por ningún sitio, con flirteos ocasionales con delirios no muy lejanos a alegar que los venezolanos tienen el cerebro de Hugo Chávez conectado a un superordenador telepático que cambia los resultados electorales en tiempo real, aderezados con extravagantes piruetas lógicas.
Datos y votantes
Pongamos, por ejemplo, la afirmación de Trump de que China había comprado, robado o extraído información personal de millones de votantes en 18 estados cruciales para manipular los resultados de las elecciones de 2020.
Lo que sucedió en realidad, y que era conocido desde hacía tiempo, es que el Gobierno chino hizo exactamente lo mismo que puede hacer cualquier campaña electoral (o anunciante) en Estados Unidos: fue a las oficinas del secretario de estado2 de cada uno de esos estados y compró una copia de la voter file, la versión americana del censo electoral.
Porque en este país, de forma bizarra, incomprensible y, para mí, inexplicable, la información sobre dónde vive un votante, su teléfono, correo electrónico, a qué partido está afiliado y en qué elecciones ha votado es completamente pública, y puedes comprarla por unos cuantos cientos de dólares en todos los estados. Suelen darte un fichero CSV enorme y mal formateado, pero tienes toda la información a mano.
Esto es muy útil si quieres montar una campaña electoral decente, pero dista mucho de dar la opción de «manipular» resultado electoral alguno. Lo que China estaba buscando era estudiar si quería hacer una campaña publicitaria durante las elecciones, como hizo Rusia en 2016, pero los mismos servicios de inteligencia americanos en 2020 (con Trump aún en la Casa Blanca) concluyeron que los chinos desistieron de usar esta estrategia.
¿Lo de hackear ordenadores para cambiar el resultado de las elecciones que insinuaba Trump? Nunca sucedió, por mucho que el presidente insista en lo contrario.
Trump es quien dice ser
Como es habitual con Trump, su abundante verborrea conspiranoica es tan estúpida como parece a primera vista, pero su profunda imbecilidad no significa que no tenga consecuencias.
Todo parece indicar, primero, que Trump realmente cree que ganó las elecciones de 2020. Es posible que en algún momento supiera que ese no fue el caso, especialmente durante su intento de golpe de Estado tras caer derrotado. Pero, desde entonces, una dieta de redes sociales, vertederos intelectuales conservadores y su corte de lamebotas —que ve darle la razón en todo como una estrategia básica para medrar— le han sorbido el cerebro hasta la cuñadez más insondable y profunda.
Trump es ese señor en el bar de la esquina que va a hablar sobre los cuartos de final del Mundial de Corea hasta el día del Juicio. Lo único es que, en vez de un gol anulado, lo suyo son unas elecciones presidenciales.
Las consecuencias de la mentira
Sobre las consecuencias, son múltiples y uniformemente graves. Por un lado, tenemos al líder de uno de los dos partidos políticos relevantes en una democracia haciendo de la negación de la legitimidad de los resultados electorales un artículo de fe entre sus cuadros. Trump, como he explicado otras veces, ha hecho de la captura y eliminación vía primarias de todo aquel que ose llevarle la contraria en este punto, una de sus prioridades. Los republicanos están cómicamente unidos en esta materia, hasta el punto de que los nominados a cargos públicos por el presidente se niegan a responder en sus confirmaciones quién ganó las elecciones de 2020.
Esto, sobra decirlo, es tremendamente peligroso para la salud democrática de cualquier país, y lo es más aún en aquellos lugares en los que hay traditions antidemocráticas persistentes (leed el libro) y donde ha habido intentos de golpe de Estado en tiempos recientes.
Tenemos, además, consecuencias institucionales graves en dos direcciones opuestas. Por un lado, la completa y radical desconfianza de Trump hacia sus propios servicios de inteligencia y aparato de seguridad —que insisten en decirle que todo esto son pamplinas— ha hecho que la Casa Blanca se haya dedicado a desmantelar las agencias dedicadas precisamente a garantizar la integridad de las elecciones americanas. La CISA, la agencia que trabaja con los estados para defenderlos de ataques a sus sistemas electrónicos, está casi desmantelada, y otras agencias y grupos de trabajo han visto a sus líderes despedidos (gracias a esa sentencia del Supremo) y son inoperantes. Estados Unidos es más vulnerable hoy que hace seis años a interferencias externas.
En dirección contraria tenemos los intentos por parte de la Casa Blanca de saltarse la Constitución y federalizar la administración electoral, sea por las bravas a golpe de decreto o pleitos contra los estados, sea a base de intentar aprobar una ley electoral en el Congreso. Irónica e inevitablemente, la SAVE Act que Trump exigió que el Congreso aprobara en su discurso no tiene nada que ver con ninguna de las elucubraciones de este. Esta ley solo busca limitar el voto por correo hasta hacerlo casi imposible y exigir una prueba de ciudadanía para registrarse para votar, pero no hace nada sobre potenciales intervenciones de terceros países. Es, también, alegremente discriminatoria y no hace nada por reforzar la integridad del voto.
Algo han aprendido
La buena noticia, dentro de ese caos, es que la mayoría de las cadenas finalmente se han dado cuenta de que poner a un señor mayor dando gañidos en directo y repitiendo mentiras quizás no es la mejor manera de hacer periodismo. ABC y NBC rechazaron retransmitirlo en directo, y CNN y MS Now solo dieron fragmentos, con periodistas señalando las abundantes falsedades del presidente. Incluso Fox News retransmitió el discurso con bastante cautela.
La reacción de Trump ha sido amenazar con retirarles las licencias, porque la libertad de expresión bien entendida consiste en obligar a todo el mundo a retransmitir las palabras del amado líder.
Una mala señal
En la práctica, es muy poco probable que la SAVE Act llegue a ninguna parte, y los decretos de la Casa Blanca, aún menos. Los estados van a proteger sus sistemas porque, quizás Trump sea un patán, pero nadie quiere hacer el ridículo en noviembre. El problema mayor, sin embargo, es que Trump sigue empujando al GOP hacia un mensaje que niega por completo la legitimidad de cualquier contienda electoral que no ganen ellos, justificando, en paralelo, todas esas leyes (gerrymandering, restricciones al voto…) que pueden hacer que las elecciones sean casi irrelevantes en muchos estados.
El discurso de Trump del jueves era el discurso de un partido que se mueve hacia el autoritarismo. Y los republicanos están con él.
Bolas extra
Que el tipo que lleva el departamento de seguridad nacional esté amenazando con meter en la cárcel a los responsables de llevar las elecciones que no sigan sus directrices es de lo más normal también, claro.
El tipo que manejaba el teleprompter a Trump ganó más de $100.000 dólares apostando en mercados de predicción sobre lo que iba a decir el presidente en sus discursos. Como forma de corrupción es casi poética. Le han despedido.
La historia de los consultores que “descubrieron” a Graham Platner y le llevaron a su desastrosa (para él y lo demócratas) campaña electoral al senado en Maine parece sacado de un guión de Mel Brooks. Les está cayendo la del pulpo.
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Vale, no mencionó al Frente Gnomo. Pero podría haberlo hecho.
Sí, el nombre del cargo es confuso de narices, y sí, trabajaba en el de Connecticut el año pasado.


