Desventuras venezolanas
Una política exterior inexplicable
Mi punto de partida al analizar la administración Trump suele ser bastante sencillo. Primero, el presidente dice lo que quiere hacer en voz alta. Trump miente constantemente sobre datos, cifras y hechos, pero no sobre sus intenciones. Si los planes del presidente parecen absurdos o estúpidos, eso no invalida este corolario.
Segundo, nadie tiene un plan. Trump tiene ideas, proyectos y paranoias variadas en mente, da órdenes y suceden cosas, pero nada de lo que hacen sigue una estrategia elaborada basada en información clave que no conocemos o una hoja de ruta a largo plazo. El presidente quiere acción y atención, pero lo que viene después se deja a improvisaciones futuras.
Venezuela
La captura de Nicolás Maduro y los bombardeos en Venezuela siguen a pies juntillas estos dos elementos. Las historias y pretextos de Trump y su administración previos a la intervención militar eran invenciones, falsedades o mentiras; Venezuela será muchas cosas (más sobre eso luego), pero su papel en el tráfico de drogas en el Caribe es marginal, el peligro que representa el Tren de Aragua y el resto de crimen organizado es exiguo, y su condición de amenaza estratégica es nula. Pero Trump quería atacar Venezuela y derrocar a Nicolás Maduro; los argumentos eran irrelevantes, pero no su intención declarada.
Así que, este fin de semana, tras meses bombardeando lanchas civiles y cometiendo unos cuántos crímenes de guerra, Estados Unidos ha atacado Venezuela. Lo ha hecho bombardeando bases militares e infraestructura, matando unas cuantas decenas de civiles, y secuestrando (porque realmente esa es la palabra más adecuada) al jefe de estado y de gobierno de una nación aliada hasta no hace demasiado.
El desastre chavista
Vale la pena insistir, antes de que me meta en política americana, que Nicolás Maduro no sólo era un tirano, sino que ha sido probablemente el peor gobernante de todo el continente en décadas, en un hemisferio donde la competencia para ser considerado el peor dirigente es tremenda.
Maduro ha conseguido hacer bueno a su antecesor, el también extraordinariamente incompetente Hugo Chávez, gracias a una sistemática demolición de las instituciones del país, la casi completa destrucción de PDVSA, la empresa petrolera, una de las peores hiperinflaciones nunca vistas y una corrupción atroz. Venezuela es hoy un país mucho más pobre, desigual, y violento que hace 30 años, en los albores del chavismo. Es un lugar que, sin guerras de por medio, ha perdido una cuarta parte de su población debido a la emigración masiva.
Nada de lo que voy a decir representa una defensa de Maduro. El régimen chavista ha sido extraordinariamente destructivo en Venezuela, y (casi) todo lo que contribuya a su fin deberá ser visto como un paso adelante para el país. Esto no significa, no obstante, que nada de lo que ha hecho Trump estos días tenga sentido alguno.
Legalidades
Empecemos por la legalidad internacional. Hay una montaña de tratados, prácticas, y tradiciones bien claros que prohíben a los estados hacer cosas como detener a alguien en el territorio de otro sin consentimiento previo. Que un país, sin declaración de guerra alguna, envíe un grupo de fuerzas especiales a detener y llevarse a la fuerza al presidente es totalmente ilegal.
El derecho internacional, sin embargo, tiene algo de “optativo”: son usos, prácticas y códigos de conducta, pero dado que los estados son soberanos, la única “autoridad” que puede garantizar que se siga la ley es la propia buena conducta de estos, al considerar que mantener el orden internacional les conviene, o las consecuencias que otros quieran imponer al que rompe la ley. Al ser Estados Unidos el país más rico y poderoso de la tierra, es bastante dudoso que nadie hable de imponer consecuencias inmediatas, así que este debate es bastante académico.
La parte más absurda de todo este esperpento, como de costumbre, es la soberbia arrogancia y completa falta de atención por lo que viene después.
Diplomacia a la antigua
Empecemos por la idea, expresada por Trump repetidamente, que Estados Unidos ahora “gobierna” Venezuela. Aunque en la (surrealista) rueda de prensa del sábado Trump dijo que Estados Unidos gobernaría el país directamente, en declaraciones posteriores tanto el presidente como el Secretario de Estado, Marco Rubio, han explicado que su “plan” es que Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y ahora presidenta interina, haga lo que ellos le ordenen.
Rodríguez, por supuesto, dice que quien gobierna Venezuela es ella. Maduro estará detenido y las bases del (triste) ejército venezolano tendrán unos cuántos cráteres de más, pero Estados Unidos no tiene ninguna autoridad legal sobre el gobierno Venezolano, ni ella la más mínima intención ni necesidad formal de obedecer.
Implícito en toda esta historia parece haber un entendimiento más o menos implícito entre la nueva dirigente venezolana y la administración Trump. Por lo que parece, Maduro rechazó la “oferta” de Estados Unidos de autoexiliarse a Turquía hace un par de semanas; los americanos1, decidieron entonces que la opción de derrocar a Maduro y poner a Rodríguez en su lugar era atractiva, tanto porque es mucho más competente (nada difícil, en este caso) como porque va a ser más maleable a las demandas de Washington.
La idea de la administración americana para garantizar que eso suceda parece ser recurrir a la coacción pura y dura. Rubio, más comedido, habló sobre presión económica (como una “cuarentena” a las exportaciones de petróleo) para “motivar” a los venezolanos, Trump poco menos que amenazó con ejecutar a Rodríguez de no cumplir sus órdenes.
Esto es, un retorno a la “gunboat diplomacy” (diplomacia de los cañoneros) del siglo XIX y principios del XX, cuando las grandes potencias imponían sus designios a protectorados y estados formalmente independientes a base de anclar un puñado de buques de guerra en su costas y bombardear la capital hasta que se portaran como debían. Un mundo de esferas de influencia y reparto del mundo en imperios semi-coloniales.
Consecuencias
Sobre las consecuencias políticas de esta aventura, es difícil decirlo.
Los americanos no suelen votar o cambiar de opinión sobre sus dirigentes según sus decisiones de política exterior, de no mediar guerras interminables o catástrofes. Una intervención puntual como esta, incluso si es percibida como un éxito, es olvidada en poco tiempo; la victoria en la primera guerra de Irak en 1991 no salvó a Bush padre de perder las elecciones al año siguiente. Los demócratas (y algunos republicanos) han criticado a Trump por vulnerar la legalidad internacional, no pedir la autorización del congreso para meterse en una guerra (no que los presidentes hagan esto a menudo) o preocuparse más de aventuras militares que de los problemas en casa. Son críticas válidas, pero no es la clase de argumentario que excita a nadie que no estuviera ya convencido. La administración no se ha cubierto de gloria explicando qué demonios están haciendo, de todos modos, así que dudo que esto mueva los sondeos demasiado.
La parte importante, creo, es lo que puede venir después. Trump y sus mariachis son aficionados a ir probando qué pueden hacer y lo lejos que pueden llegar de algarada en algarada. Empezaron con los bombardeos a lanchas civiles, y no sufrieron consecuencia alguna. Continuaron con la toma de petroleros en alta mar, y el congreso ni se inmutó. Ahora han enviado fuerzas especiales a secuestrar a un jefe de estado, y aparte de un puñado de declaraciones airadas de unos cuantos políticos y expresiones de preocupación de varios aliados, nadie ha opuesto resistencia alguna.
Dudo mucho que esta clase de maniobra agresiva en política exterior sea la última, porque Trump ha concluido que puede hacer lo que le da la gana sin que nadie se entrometa, y no anda equivocado.
Trump es un nostálgico reaccionario. Su visión del mundo es que el fuerte debe aprovecharse del débil, y está en su derecho hacerlo. Uno no tiene portaaviones y tanques bonitos y molones para tenerlos aparcados todo el día, al fin y al cabo; si uno tiene la oportunidad de obligar a otro estado a que te dé sus riquezas a cañonazos, se hace y punto.
Hoy ese país es Venezuela, y mañana puede ser Cuba, México, Colombia o Groenlandia. Que la concepción del mundo trumpiana sobre recursos naturales sea absurda es irrelevante. Que cualquier acción de esta clase pueda tener consecuencias catastróficas también. Trump está convencido de que una relación entre dos países no puede nunca ser de cooperación mutuamente beneficiosa; para él las dos únicas opciones son o conflicto o vasallaje.
Repito: Trump dice lo que realmente piensa. No está bromeando. Que lo que diga sea una estupidez no significa que no hable en serio. Trump es quien dice ser.
La buena noticia (relativa) es que Trump parece haber entendido la lección de Irak y Afganistán, y dudo mucho que apueste por una invasión u ocupación militar en ninguna parte, o al menos no lo hará aposta2. La mala noticia es que, incluso sin invasiones estúpidas, uno puede hacer un daño atroz tanto a terceros países como a la posición de Estados Unidos en el mundo, o cosas así irrelevantes como toda la estrategia de seguridad de occidente que cimienta la hegemonía militar americana desde la Segunda Guerra Mundial.
Ironías petroleras
La ironía, por supuesto, es que la obsesión trumpiana con el petróleo no tiene sentido. Venezuela tiene enormes reservas, aunque su crudo (muy pesado) es muy difícil de explotar. Tras años de incompetencia y desfalco, la producción del país cayó en picado, pero se ha recuperado un poco en tiempos recientes.
Estados Unidos, sin embargo, no necesita petróleo. Es más, Estados Unidos es un exportador neto, que produce más que los saudíes. Según parece, la administración está intentando movilizar a las petroleras para que se sume a su proyecto imperial, y estas están diciendo que no están interesadas. El riesgo es demasiado alto, la inversión necesaria demasiado grande y, aunque no lo digan en voz alta, la demanda de crudo está cayendo y va a seguir en esa dirección, ya que la electrificación con renovables es imparable.
El futuro de Venezuela
Sobre lo que vendrá ahora en Venezuela, no tengo ni la más remota idea. Rodríguez va a tener que hacer equilibrios intentando apaciguar a una administración Trump hostil, mantener el régimen en el poder y evitar que la presión económica e incertidumbre hundan (aún más) la economía venezolana. Su último comunicado va en esa dirección.
Es delirante que estemos hablando de algo parecido a protectorado decimonónico en el 2026, pero este es el horizonte inmediato de Venezuela ahora mismo.
Dudo mucho que la demanda prioritaria del trumpismo sea convocar elecciones y una transición hacia la democracia, de todos modos. Lo más probable es que el país haya sustituido un tirano corrupto e incompetente por una dictadora menos corrupta y algo más competente pero que vive bajo la espada de Damocles del Pentágono y los caprichos de Estados Unidos. Dudo mucho que sea peor que Maduro, pero la mejora me parece más bien escasa.
Nota adicional:
Creo que lo he mencionado alguna vez (está en la solapa de mi libro, vamos) pero soy nacido en Maracay, Venezuela, y viví allí hasta los seis años. Nos mudamos a Barcelona a mediados de los ochenta (mis padres son catalanes, y hablo catalán de forma fluida, gracias), y no he vuelto desde entonces.
Tengo recuerdos fragmentados, aunque muy vívidos, de mi infancia ahí. La primera playa que recuerdo haber visitado es esta, sin ir más lejos. Es un país increíblemente bonito.
Eso significa que aunque disto mucho de ser un experto en política venezolana, lo que sucede en este país me importa bastante más de lo que debería. Venezuela era más rica cuando vivía allí de lo que es ahora. Es un un lugar que debería ser un lugar mucho más próspero, rico, justo y libre, con un potencial casi infinito. Y lleva décadas siendo un desastre.
Que Donald Trump esté intentando “arreglar” el problema es bastante descorazonador.
Bola extra:
El New York Times publicaba el viernes un excelente artículo sobre cómo los excesos de Richard Nixon forzaron al congreso a imponer límites al poder del presidente, y como Trump está destrozando estas barreras. Teniendo en cuenta de que poco después el hombre lanzaba una intervención militar ilegal, bastante oportuno leerlo.
Algo que menciono en el libro: este es el gentilicio correcto, digan lo que digan. Sólo hay un país en el continente que tenga “América” en el nombre (Estados Unidos de América) y “estadounidense” es ambiguo, ya que el nombre oficial de México es Estados Unidos Mexicanos. Así que “americanos” se refiere a los Estados Unidos.
Uno puede acabar en situaciones muy extrañas a base de escalar intervenciones limitadas. Que le pregunten a Lyndon Johnson.




Aunque Estados Unidos sea el mayor productor de petróleo del mundo, el petróleo pesado venezolano podría ser interesante para revitalizar las refinerías del Golfo de México. Está claro que el riesgo de esta inversión estará latente (dado lo poco estable de la situación), pero tiene pinta de que las cosas pueden ir por ahí: https://www.reuters.com/business/energy/chevron-us-refiners-shares-surge-after-trumps-move-toward-venezuela-oil-2026-01-05/
Sobre la situación a la que el 'chavismo' ha llevado a Venezuela:
https://nadaesgratis.es/juan-luis-jimenez/la-crisis-economica-y-social-de-venezuela-peor-que-una-guerra
En donde llegan a la siguiente conclusión:
'' ... Conclusión: a Venezuela le costaba menos una guerra.
La comparación arroja un resultado contundente. Si damos por buenas las estimaciones de Benmelech y Monteiro (2025), puesto que Venezuela experimentó una contracción del 88,5% entre 2012 y 2020, esto sería del orden de 6,8 veces peor que el promedio de las guerras, que al final diríamos que resultan ser en muchos casos relativamente benignas. Así, por poner otras cifras, el declive venezolano (88%) supera a la guerra civil libia (62%), la guerra civil siria (70%), la invasión alemana de la URSS (34%), y la Gran Depresión estadounidense (30%). La peculiaridad venezolana es haber alcanzado este nivel de destrucción en tiempo de paz, bajo un único gobierno, sin guerra civil ni invasión externa. ...''.