CBS o el fin de las noticias
De oligarcas, periodistas, y amigos de la Casa Blanca
Entre las tres cadenas de televisión tradicionales de Estados Unidos, la sección de informativos de CBS siempre ha tenido un prestigio especial. No es que NBC o ABC no hayan empleado a excelentes profesionales, o que sus noticieros sean peores, pero CBS siempre ha esa aura de ir un paso más allá, de estar a otro nivel.
Leyendas
CBS es la cadena de Edward R. Murrow, el periodista que informó (aún cuando era CBS radio) desde Londres durante el blitz, y que después se opondría con firmeza a Joe McCarthy y la caza de brujas. La (excelente) Good Night and Good Luck, de George Clooney, idealiza esa batalla, pero no demasiado.
Es también la cadena que tuvo a Walter Cronkite como presentador de su informativo de las 18:30 (la hora de máxima audiencia para estos programas, tradicionalmente) durante 19 años, entre 1962 y 1981. Cronkite era el periodista, la “voz más respetada de América”, el hombre que anunció el asesinato de Kennedy y la llegada a la luna. Cuando Cronkite, voz templada, dijo en de viva voz que Estados Unidos estaba cometiendo un error en Vietnam, se dice que fue entonces cuando el país cambió su opinión sobre la guerra.
CBS es también la cadena de 60 Minutes, el programa de reportajes que se emite cada domingo en horario de máxima audiencia.
El formato no ha cambiado demasiado desde su primera emisión, en 1968: de tres a cinco reportajes o entrevistas de entre 10 y 15 minutos, producidos cada uno por un corresponsal. 60 Minutes tenía siempre a los mejores periodistas de CBS en plantilla, una redacción celosamente aislada de cualquier presión externa, y en sus años de mayor gloria, un presupuesto básicamente ilimitado para hacer su trabajo.
Todos los grandes nombres del periodismo televisivo en Estados Unidos ven llegar a 60 Minutes como la culminación de su carrera. Y muchos de ellos hicieron los mejores reportajes periodísticos ahí.
La crisis
La historia de CBS News se empieza a torcer, como todo en el periodismo reciente, con la llegada de la televisión por cable primero, y el streaming después.
Durante décadas, el modelo de negocio de las cadenas “analógicas” tradicionales siempre había sido utilizar a sus informativos como una forma elaborada de publicidad. Los noticieros eran caros de producir y las redacciones, corresponsales y demás parafernalia un sumidero de dinero lleno de periodistas protestones que creaban contenido no especiamente atractivo para anunciantes (“Hoy en Vietnam han muerto 57 soldados americanos. Y ahora, señora, compre cereales con fibra”). Las noticias, no obstante, eran una manera de demostrar responsabilidad social, por un lado, y de obtener un prestigio y seriedad institucional que contribuía tanto a la buena imagen de la cadena, como a la de los informativos (mucho más rentables) de sus afiliadas locales.
Según los americanos tuvieron acceso a cada vez más contenidos en sus televisores, la audiencia empezó a fragmentarse, y la capacidad de los noticieros de CBS, ABC y NBC de ser la fuente de noticias del país a diluirse. Aunque siguen teniendo muchos espectadores (Entre las tres cadenas, unos 16-20 millones cada noche, unas seis veces más que Fox, CNN y MS Now juntas) esto dista mucho de los más de 50 millones en sus años de gloria. Su audiencia, además, es menos atractiva; mayores de 55, no lo que quieren los anunciantes. Los informativos, además, están ahora entre los programas más vistos de la TV tradicional; la época en la que las series subvencionaban a los periodistas ha terminado. Han sido años de recortes, corresponsalías cerrando, y presupuestos en caída libre.
Nuevos propietarios
El año pasado, tras meses de negociaciones, Skydance, el estudio de cine propiedad del hijo de Larry Ellison (propietario de Oracle) compró Paramount, el estudio de cine que controlaba CBS. De Ellison hablé no hace demasiado en otra fusión empresarial sonada, la compra de Warner Brothers por parte de Skydance / Paramount.
Las dos fusiones empresariales siguen un patrón similar: una empresa pequeña propiedad un aliado del presidente Trump (David Ellison, el nepo baby por excelencia) intenta tomar el control de una más grande, aumentando peligrosamente la concentración monopolística en el sector. La empresa a punto de ser comprada, en ambos casos, tiene una cadena o programa que parece irritar profundamente al presidente (Stephen Colbert y 60 Minutes en CBS, CNN dentro de Warner), y hay una promesa implícita por parte de los Ellisons de “solucionar” ese problema.
La compra de Warner aún está siendo litigada, con varios estados están llevándola a los tribunales. Pero viendo las decisiones tomadas en CBS estos últimos meses, creo que sabemos por dónde irán los tiros.
Un nuevo régimen
Todo empezó con la cancelación del Late Show de Stephen Colbert. A pesar de que su programa era (con diferencia) el de mayor audiencia en su franja horaria y que Colbert es un cómico excepcionalmente brillante, una de las primeras decisiones de David Ellison fue no renovar su contrato. Trump detesta a Colbert, no hace falta decirlo, y celebró la noticia de manera efusiva.
La segunda decisión peculiar de los Ellisons fue el nombramiento de Bari Weiss como editora de CBS News. Weiss es relativamente joven (42 años) y no proviene del mundo de la televisión. Su primer salto a la (relativa) fama fue en el 2005, cuando, siendo estudiante en Columbia, montó una campaña de protestas para quejarse de la discriminación que las voces pro-Israel sufrían en la universidad. Tras un paso por Hareetz y un par de revistas menores, trabajó en la sección de opinión del WSJ hasta el 2017, cuando le dieron una columna de opinión en el NYT.
Eran esos años en los que los medios tradicionales americanos estaban intentando “comprender” al votante trumpista y dar voz a columnistas conservadores o “no ortodoxos”. Weiss se especializó en escribir artículos anti-anti-Trumpistas, criticando la intolerancia, antisemitismo, y ataques woke a la libertad de expresión de la izquierda americana.
La cuestión es que Weiss no sólo una mala columnista, sino también una pelma insufrible. El 2020, harta de que la gente la enviara a parir en Twitter y que el NYT no la defendiera, dimitió ruidosamente y se fue a montar su propio chiringuito en Substack, un medio de “absolutistas de la libertad de expresión” y “librepensandores” llamada muy creativamente The Free Press. Weiss se erigió en una líder del movimiento anti-woke, libertario y extremocentrista que tanto parece gustar en según qué rincones de Silicon Valley. Así que el año pasado, tras tres años dirigiendo un medio especializado en contarle a los oligarcas exactamente lo que quieren escuchar, David Ellison le daba las llaves de CBS.
Para sorpresa de absolutamente nadie, Weiss no sólo no parece tener la más remota idea sobre cómo llevar una redacción de informativos o hacer televisión (porque nunca ha sido periodista, sino una bloguera con ínfulas1), sino que además está convencida de su propio genio, con efectos previsiblemente espantosos. CBS cambió a su presentador del noticiero, y a iniciativa de Weiss, se puso a cubrir más “historias humanas”. A las pocas semanas, pasaron de ser el informativo más visto a caer terceros, perdiendo casi la mitad de la audiencia.
La siguiente víctima de Weiss fue, como no, 60 Minutes. La buena mujer bloqueó la emisión, a poco de llegar al cargo, de un reportaje sobre las deportaciones de venezolanos a ese campo de concentración de Bukele, el CECOT, por parte de la administración Trump, por considerarlo “parcial”. Eso provocó varias dimisiones sonadas, incluyendo la del director del programa, una redacción indignada, y el aplauso de la administración Trump, que pudieron dar “su versión” de los hechos en la versión revisada.
Tras meses de polémicas y varias batallas horrendas en la redacción, incluyendo la salida de más periodistas (incluyendo Anderson Cooper, uno de los mejores reporteros del país), Barri Weiss decidió que lo que 60 Minutes necesitaba era innovación, y nombró a Nick Bilton director del programa.
Si no os suena el nombre, no os preocupéis. Bilton fue un periodista de segunda fila en el NYT (sección de diseño gráfico) y corresponsal en Vanity Fair. Su (muy) limitada fama viene de varias diatribas contra Twitter, pre-Musk. En años recientes ha escrito guiones para un par de series, pero no es periodista en absoluto, y mucho menos alguien que pueda llevar algo como 60 Minutes. En la primera reunión con la redacción, Scott Pelley, que era de lejos el corresponsal más antiguo y de mayor prestigio que quedaba en el programa, le envió a parir delante de todo el equipo, diciéndole en la cara que su nombramiento era poco menos que un insulto al periodismo y que estaban matando 60 Minutes.

Tiene, por supuesto, toda la razón del mundo. Así que Bilton lo despidió, con una carta de un llorica lamentable, al día siguiente. 60 Minutes empezó el año con siete corresponsales, todos ellos periodistas de reputaciones intachables. Weiss y sus mariachis han conseguido que se vayan cuatro de ellos.
Restos de un naufragio
Los tres que quedan (Lesley Stahl, Bill Whitaker y Jon Wertheim) de momento han dicho que seguirán, porque no quieren que el programa muera, aunque han dejado claro que están hartos de la situación. La impresión, para muchos comentaristas, es que el drama y las polémicas constantes han conseguido que David Ellison esté un poco harto de Barri Weiss, y que están buscando una forma de despedirla sin a medio plazo.
Pero el daño, obviamente, está hecho: CBS News es, hoy mismo, la sombra de lo que fue. 60 Minutes tiene, por supuesto, más acceso a entrevistas con la administración Trump que cualquier otra cadena aparte de Fox News (y Weiss está encantada de “editar” las preguntas), pero su audiencia se ha desplomado. Perder cientos de millones de dólares en un proyecto mediático así, por descontado, es un error de redondeo en la cuenta corriente de Larry Ellison, pero ganar dinero nunca fue el objetivo. Trump está feliz, Oracle gana contratos, los reguladores “convencen” a Netflix que se aparte del medio, y a comprar Warner este año.
El fin de un legado de 80 años de periodismo es también algo secundario.
Bola extra
Voy a estar de viaje este próxima semana, aunque no demasiado lejos del teclado2. Es posible que escriba algo menos. Estoy seguro que Donald Trump y sus acólitos no harán nada estúpido, horripilante, descabellado o aterrador los próximos días.
Seguro del todo.
A ver, imaginad que alguien me diera a mí la dirección de informativos de TVE. Weiss no es que esté mucho más preparada. La diferencia es que yo sé que soy un patán y ella no.
Estoy escribiendo esto en el aeropuerto, de hecho. Mi vuelo va con tres horas de retraso así que me he visto obligado a bloguear.




