Zapatos y prisioneros
Historias bizarras de una guerra absurda
Zapatistas
Florsheim es una marca de zapatos fundada en 1892, especializada en calzado formal para caballeros. No son una empresa especialmente famosa o de lujo; es la clase de zapato un poco pasado de moda que suele comprar gente que quiere algo sobrio, cabal, y de gente seria, pero sin preocuparse demasiado por el diseño. Los ricos, en Estados Unidos, solían hacer de su falta de ostentación una marca de clase social, y los Florsheim eran (y siguen siendo) parte de ese uniforme1.
El presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, es la clase de persona aprecia unos zapatos Florsheim. Tanto, que según cuenta la leyenda (o mejor, un artículo del WSJ) en diciembre, en una reunión con Marco Rubio y J.D. Vance, el presidente se fijó en el calzado de sus subalternos y les dijo que era una mierda. En una muestra de aprecio, cariño, o vete a saber qué, decidió regalarles cuatro pares de Florsheims de $145 a cada uno, para que vistieran como personas decentes.
Donald Trump, por supuesto, es un genio, un hombre capaz de descubrir la talla que uno calza sólo con mirarle a los ojos. Así que el regalo vino sin pregunta previa. Rubio, Vance, Hegseth, Lutnick y por lo que parece medio gabinete recibieron ese espléndido regalo directamente, sin más, con el resultado que todo el mundo va bien calzado. Gloria al líder. Alabado sea el jefe.
Excepto que este regalo quizás tiene un pequeño problema. Bueno, el problema no es el regalo. El problema es que los pies de Marco Rubio son obviamente demasiado pequeños para la grandeza de este regalo tan magnífico.

Obviamente, es imposible que el zapato sea demasiado grande, porque Trump nunca se equivoca. Eso explica porqué en múltiples fotos recientes todo el mundo en la Casa Blanca lleva los mismos zapatos Florsheim, pero medio gabinete tiene obviamente pies demasiado grandes o demasiado pequeños. Y según algunas fuentes, resulta que todo el mundo lleva los zapatos a la oficina, porque eso es lo que le gusta a Donald Trump, y Donald Trump siempre tiene razón.
Es algo perfectamente normal.
Prisioneros
Si habéis estado alguna vez cerca de un politólogo por un periodo de tiempo prolongado, seguramente os habrán explicado ya qué es el dilema del prisionero. Este es uno de los problemas fundamentales en teoría de juegos, que muestra dos personas que deben decidir por separado qué harán sin poder hablar entre ellos. Si ambos deciden cooperar reciben un beneficio considerable; si los dos deciden traicionarse mutuamente, los dos pierden. Si uno coopera y el otro le traiciona, el traidor gana aún más y el traicionado sufre mayor castigo.
Hay miles y miles de volúmenes estudiando, analizando extendiendo y aplicando este modelo a toda clase de interacciones sociales, y montañas de literatura explicando cómo se puede pasar de un escenario donde la respuesta racional es que ambos traicionan a uno en el que prime la cooperación. La página de Wikipedia es excelente y no os aburriré más (esto os pasa por leer a politólogos), pero la idea básica es que la mayoría de interacciones sociales, aunque son potencialmente dilemas del prisionero, no son situaciones aisladas, sino que los actores suelen interactuar repetidas veces a lo largo del tiempo.
En estos casos, la estrategia más racional cambia. Dado que sabes que, de cabrear al otro agente, este puede tomar represalias, es razonable intentar cooperar primero, y sólo traicionar si el otro lo hace primero. La estrategia es que, una vez construyes una reputación creíble de ser una persona de fiar, el resto de actores serán más proclives a confiar en tí, y tendrás marcos de cooperación estables.
Durante su segundo mandato, Donald J. Trump ha tenido una desagradable tendencia a romper acuerdos y negociaciones por las bravas intentando conseguir el máximo beneficio posible. Nicolás Maduro estaba negociando con Estados Unidos cuando enviaron un comando a secuestrarle. Irán estaba negociando con Estados Unidos cuando le bombardearon por primera vez. Los demócratas han negociado acuerdos sólo para contemplar cómo la Casa Blanca cambia su interpretación de la ley. Medio mundo ha negociado aranceles para descubrir que un comentario aleatorio del presidente ha vuelto a duplicarlos.
No hace falta ser demasiado perspicaz para llegar a la conclusión de que un acuerdo con la administración Trump suele ser el preludio de una puñalada trapera por la espalda, un súbito cambio de opinión, o una vuelta a las andadas con nuevas exigencias. La Casa Blanca nunca da nada por cerrado, siempre está buscando ventajas adicionales, y no mantiene su palabra. Así que, tras un año largo de sabotear pactos sin cesar, a estas alturas nadie está dispuesto a firmar o acordar nada con Donald Trump sin garantías absolutamente inquebrantables, porque es mucho más racional asumir que te la va a armar.
Esta parece ser la conclusión a la que ha llegado Irán a estas alturas de la guerra. Es obvio que Trump les mintió antes de que empezara el ataque. Es obvio que todo lo que les digan ahora camino de esa “rendición incondicional” que exigen será papel mojado a poco que se levanten de la mesa. Así que la única opción que les queda es esencialmente hacer tanto daño como sea posible a Trump, incluso a costa de seguir siendo bombardeados sufriendo un coste altísimo, porque están convencidos que en el momento que intenten cooperar les van a traicionar de nuevo.
Irán no puede ganar esta guerra, en el sentido clásico del término, pero puede hacerse lo suficiente insoportable como para convencer a Estados Unidos que sus represalias, aunque suicidas, hacen que el coste de atacarlos sea demasiado alto.
Idiotas
Los iraníes, además, no harán más que ver más justificada su postura según lean las noticias. Según CNN, la Casa Blanca no se esperaba que Irán se atrevería a cerrar el estrecho de Ormuz si iban a la guerra. Creían sinceramente que tras ser atacados a traición por segunda vez cederían y punto, porque eran débiles. Como consecuencia, no han hecho preparación alguna para reabrir la ruta a corto plazo, así que Irán sabe que puede hacer daño de veras a Trump, y están minando la zona.
Mientras tanto, Trump está diciendo alegremente que una subida del precio del petróleo a corto plazo será algo positivo, porque Estados Unidos es el mayor productor del mundo2 , mientras que Peter Navarro, un asesor que llegó a la Casa Blanca porque (literalmente) el yerno del presidente leyó un libro suyo comprado en un quiosco de un aeropuerto y quedó fascinado, dice a su vez que gracias a la guerra el petróleo será más barato, porque con ella pondrán fin a la “amenaza” de Irán de cerrar el estrecho definitivamente.
El posible cierre de Ormuz ha sido, desde tiempo inmemorial, el riesgo en mercado del petróleo, y el motivo por el que los presidentes de Estados Unidos no iban a la guerra con Irán. Es realmente extraordinario que Trump pensara que con él eso no iba a pasar, y que tras matar al líder del país, Mojito no haría lo que Irán siempre había amenazado hacer. Pero así estamos.
Silencios
No está claro si en la Casa Blanca son así de cenutrios, aunque es perfectamente posible, o si simplemente nadie en el círculo del presidente se atreve a decir que esta guerra, esta aventura exterior, esta excursión, es algo profundamente estúpido y en la que nadie puede salir ganando. La anécdota de los zapatos, junto con las constantes, ridículas odas al amado líder en actos públicos, me hace pensar que aunque la primera explicación es posible, las segunda es más que probable.
Son prisioneros. Saben que si le dicen al presidente, de forma individual, que está cometiendo un error, toda la ira de Trump caerá sobre ellos, y el resto aplaudirán para ganar su favor. Aunque sospechan que todos entienden que esto es un desastre, creen que no pueden cooperar entre ellos, porque viven en un mundo en el que la cooperación es vista como una señal de debilidad.
Y así seguimos, en una guerra sin sentido que puede acabar por volar la economía de medio planeta por los aires. Porque vivimos con un presidente que no entiende lo que es negociar y un gabinete que le ríe todas las gracias.
Bolas extra:
La moneda de 10 céntimos de dólar tiene una imagen de un águila. Tradicionalmente, lleva flechas en una de sus zarpas, y una rama de olivo en la otra. En la moneda de este año, conmemorando el 250º aniversario de la declaración de independencia, no lleva la rama de olivo. La paz es cosa de débiles.
El departamento de seguridad nacional sigue sin presupuestos. Sus funcionarios, incluyendo FBI y seguridad en los aeropuertos, llevan un mes sin cobrar. El motivo es que los republicanos se niegan a aceptar limitación alguna a las actividades de la policia migratoria, incluyendo cosas como “necesitar autorización judicial para entrar por las bravas en un domicilio privado.”
Este es un video real que ha colgado la Casa Blanca “celebrando” la guerra de Irán.
No soy rico, pero tengo dos pares. Son zapatos excelentes, no excesivamente caros, y duran años. Los compré de rebajas, que conste.
Excepto que este es un mercado global, y los productores venderán allá donde está más caro, así que el precio es esencialmente el mismo en todo el planeta. Se ha hablado de una prohibición de exportaciones, algo que se hizo en la los setenta bajo Nixon y salió espantosamente mal. Estados Unidos produce mucho crudo, pero sobre todo petróleo ligero, no pesado, así que sigue importando.


De todas formas, por 150 $, Mr. Rubio se podía haber comprado un par de zapatos iguales de su talla y guardar como recuerdo los regalados por su amado líder. Realmente son lo que parecen ser.