Vicepresidentes y el próximo candidato republicano
Desventuras en el peor cargo de la democracia americana
Hablaba, hace unos días, sobre las desventuras del vicepresidente J.D. Vance, desde su intento de campaña electoral en Hungría a su torpe negociación con Irán. A esto se le suma ahora su intento de dar lecciones al Papa de Roma sobre teología católica, con resultados predecibles. No sorprenderá a nadie que los sondeos le den como uno de los políticos más detestados del país, siguiendo la estela de su jefe.
Como era de esperar, este triste deambular de Vance ha reavivado el debate sobre las primarias republicanas del 2028, con muchas voces diciendo que el vicepresidente, visto hace no demasiado como el sucesor natural de Trump, ya no es el favorito para ganar la candidatura. Sea eso cierto o no (ahora volvemos a ello), es un poco extraño que la figura del VP tenga este papel implícito de candidato en ciernes, porque tanto por historia como por diseño, ese cargo no solía ser el mejor trampolín para la presidencia.
En parte porque, como suele ser habitual en muchos rincones de la constitución americana, es un cargo francamente mal diseñado.
Los orígenes
En defensa de los padres fundadores, la vicepresidencia actual es menos mala que la existente en el diseño original de la constitución.
Durante los cinco primeros años de la república, el cargo de vicepresidente lo ocupaba aquella persona que quedara segunda en la votación del colegio electoral, que era, inevitablemente, quien había perdido las elecciones presidenciales. Eso terminó provocando el hilarante resultado de las elecciones de 1800, con un empate en el colegio electoral y Aaron Burr (sí, el tipo que acaba matando a Alexander Hamilton) siendo el muy molesto e irritante segundo de Thomas Jefferson durante su presidencia.
Los padres de la patria estaban todavía a mano para decir que el texto era imperfecto y requería mejoras, así que la decimosegunda enmienda cambió el sistema al modelo actual, con candidaturas conjuntas y votaciones separadas para ambos cargos.
Lo que no cambió esta enmienda, ni ninguna de las enmiendas sucesivas, es la triste realidad de que el vicepresidente tiene muy poco que hacer. Sus prerrogativas, en el texto constitucional, son presidir el senado, donde sólo puede votar para romper empates, y ascender a las presidencia en caso de que el jefe del ejecutivo muera, dimita, pierda el cargo o quede incapacitado. Incluso la sucesión nunca estuvo del todo clara y siempre tuvo lagunas legales considerables, que no fueron aclaradas por completo hasta la aprobación de la vigesimoquinta enmienda1, en 1965.
El chiste habitual es que el VP se dedica a inaugurar cosas, votar en el senado de vez en cuando, y esperar que presidente se muera. Y es estrictamente cierto.
Gente aburrida
Durante gran parte de la historia de Estados Unidos, el vicepresidente ha sido poco más que una anodina nota a pie de página en los libros de historia. Su nominación como candidatos era casi siempre un ejercicio de equilibrio político, escogidos para apaciguar una facción del partido o intentar arañar votos en algún estado clave. Una vez en el cargo, la inmensa mayoría de ellos se pasaban cuatro años sin hacer absolutamente nada, ya que nadie en la Casa Blanca tenía el más mínimo interés de darles responsabilidad alguna.
El resultado es una larga lista de 49 hombres (y una mujer) casi completamente anónimos, exceptuando un pequeño subconjunto que tuvieron la suerte relativa de vivir en circunstancias trágicas.

Dejando de lado el elevado número de magnicidios y enfermedades trágicas en Estados Unidos2, el número de VPs que alcanzaron la presidencia desde las urnas antes de la segunda guerra mundial sucediendo a su jefe se limita a Martin Van Buren (1833, VP de Andrew Jackson).
Cuando Nixon lo intentó en 1960 (para suceder a Eisenhower), la última intentona seria había sido un siglo antes (Breckinridge, en 1860).
El de siempre
Como en tantas cosas en política americana (he escrito un libro entero sobre ello), Nixon cambia las reglas del juego. Aunque fue derrotado (por muy poco) en 1960, Nixon fue el primer VP en entender las reglas del juego democrático en la era de la televisión.
Eisenhower al principio no tenía una opinión demasiado favorable de su segundo, pero acabó por respetarle, y lo empleó tanto en viajes diplomáticos importantes3 como en ser el encargado de sacar adelante en el senado, junto a Lyndon Johnson, la primera ley de derechos civiles en 19574. El hecho de que fuera un personaje reconocible en todo el país fue una ventaja enorme para ganar la nominación, y marcó el camino para todos sus sucesores en el cargo.
A partir de 1960, los vicepresidentes se convirtieron en candidatos habituales en primarias, y ganaron la nominación con relativa frecuencia (Humphrey en 1968, Mondale en 1984, Bush en 1988, Gore en el 2000, Biden en el 2020). También acabaron por perder elecciones muy a menudo; Bush padre ha sido el único en suceder a su jefe, con Biden llegando a la Casa Blanca tras esperar cuatro años.
Esto quiere decir que, siendo muy generoso, sólo tres de los 47 presidentes americanos han ganado elecciones como VP por sí solos; dos lo han hecho siguiendo a su anterior jefe al cargo. Decir que J.D. Vance era un posible candidato en el 2028 tiene lógica. Decir que será el nominado más probable no demasiado, sin embargo, y declararle favorito para la presidencia es aventurado.
¿De dónde vienen los presidentes entonces?
Hagamos un repaso a los presidentes tras Harry Truman:
Dwight Eisenhower: héroe de guerra, hombre cabal, y político tan respetado que los dos partidos lo querían como candidato en 1952.
John F. Kennedy: senador por Massachusetts, héroe de guerra, aristócrata, y gran orador.
Lyndon Johnson: VP, tras homicidio. Antes, senador por Texas, de familia muy humilde.
Richard Nixon: VP, escogido tras ocho años fuera de la política. También de familia muy humilde; ex-senador por California.
Gerald Ford: VP, tras dimisión de Nixon. No fue el vicepresidente original de Nixon; su antecesor, Spiro Agnew, fue obligado a dimitir por recibir sobornos5. Ford había sido congresista durante 24 años antes de ser VP.
Jimmy Carter: gobernador de Georgia, y un auténtico Don Nadie antes de su campaña presidencial.
Ronald Reagan: gobernador de California.
Bush padre: VP. Héroe de guerra, hijo de un senador por Connecticut. Había sido representante una temporada en los sesenta, estuvo a punto de ser VP de Nixon, y después se pasó años en cargos no electos (embajador en la ONU, CIA..) antes de que Reagan lo escogiera.
Bill Clinton: gobernador de Arkansas, de familia muy humilde. También alguien casi desconocido pre-candidatura.
Bush hijo: ex-gobernador de Texas, hijo de presidente.
Barack Obama: senador por Illinois, casi completamente desconocido hasta su discurso en la convención en el 20046.
Donald Trump: magnate inmobiliario que había llevado varios casinos a la bancarrota.
Joe Biden: VP; antes senador por Delaware, también de familia muy humilde.
Tenemos 13 presidentes; cinco han sido VPs, pero desafortunadamente para Vance, sólo uno lo hizo siguiendo la ruta que él estaba intentando tomar. Aún así, la vicepresidencia sigue siendo una ruta más fácil que el senado (dos) o gobernador (cuatro). Paradójicamente Vance tiene más números de llegar a la Casa Blanca antes del 2028 que después, ya que los VP suelen ser bastante malos ganando elecciones.
La parte relevante, en todo caso, es que los candidatos a la presidencia suelen ser inesperados. Tras la democratización del sistema de primarias en 19727, la carrera a la presidencia es brutalmente competitiva, y acaba por producir ganadores un poco al azar.
Pre-Trump, el partido republicano al menos era relativamente predecible, con un “turno” implícito y el perdedor de unas primarias siendo el favorito natural en las siguientes. En el 2028, Dios sabe qué aspecto tendrá el GOP, pero si J.D. Vance está en la papeleta, tendrá una carrera difícil de veras.
¿Favoritos republicanos para el 2028, entonces?
La rápida, acelerada autodestrucción de la presidencia de Trump hace muy difícil ver un mapa claro. En teoría, los dos favoritos que todo el mundo esperaba eran J.D. Vance y Marco Rubio, con Trump siendo decisivo si apoya a uno de los dos. Un desastre en política exterior y una previsible paliza electoral en las legislativas dificultará mucho sus candidaturas.
Pasamos, entonces, a las dos canteras de candidatos, senado y gobernador.
Senadores
Ahora mismo, no hay ningún senador republicano que combine ser relativamente joven, venir de un estado competitivo y que no esté completamente majara. Hay unos cuantos candidatos potenciales que cumplen con parte de estos requisitos, pero no todos:
Tom Cotton: joven (48) y no del todo majara, pero de un estado muy conservador (Arkansas)
Tim Scott: relativamente joven (60) pero relativamente radical y de un estado muy conservador (Carolina del Sur).
Katie Britt: joven (44), pero muy conservadora, y encima de Alabama.
Joni Ernst: bastante joven (55), de un estado republicano pero no mucho (Iowa, que ayuda además en las primarias), exmilitar, y no del todo chiflada. Está, por desgracia, hasta el moño de la política, y no se presentará a la reelección este año.
Bernie Moreno: bastante joven (59), de un estado conservador pero no mucho (Ohio), pero muy conservador.
Dave McCormick: estado bisagra por excelencia (Pensilvania), no demasiado viejo (60) y bastante moderado. El problema es que tiene el carisma de una acelga.
Ted Cruz: en la lista porque está convencido que puede ser presidente. Muy conservador, pedante insoportable, bastante joven (55) de un estado que quizás sea competitivo pronto (Texas).
No es un banquillo estelar, aunque hay dos o tres candidatos medio viables (Ernst, si vuelve, Britt y Scott, sobre todo). Nadie tiene un perfil nacional claro o el aura de carisma inapelable de otros senadores que han llegado a la Casa Blanca.
Gobernadores
El problema para los gobernadores republicanos actuales es que su perfil nacional es minúsculo, ya que no pueden andar enfrentados con Trump. La ventaja para ellos es que dado que no tienen perfil nacional, podrán venderse como un soplo de aire fresco que no tiene nada que ver con Trump.
La lista de posibles (jóvenes, estados bisagra, no del todo locos) no es demasiado larga, pero hay varios.
Ron DeSantis: 47 años, de Florida. Tiene la ventaja de ser “el siguiente” tras perder contra Trump el 2024. En su contra, que es un político mediocre, como vimos en las primarias del 2024.
Sarah Huckabee Sanders: 43 años, Arkansas. Es muy conservadora, de un estado conservador, es hija de un ex-gobernador, y fue secretaria de prensa con Trump en su primer mandato, pero es conocida y medio decente ante las cámaras.
Kim Reynolds: 66 años, Iowa. Es moderada y bastante competente, pero está (dicen) hasta el gorro de todo también y se retira esta año.
Kelly Ayotte: 57 años, New Hampshire. Estado minúsculo pero crucial en primarias, moderada.
Spencer Cox: 50 años, Utah, relativamente moderado (palo Mitt Romney, también de Utah).
No es un banquillo enorme, ciertamente. De la lista, DeSantis y Cox me parecen los que más pinta de candidato tienen.
Turistas
Digamos, una repetición de Trump; un hombre de negocios o figura pública que aterriza en las primarias. El nombre más repetido sigue siendo Tucker Carlson, un tipo que me parece muy peligroso desde hace tiempo. Quizás sea alguien como Vivek Ramaswamy, si consigue ganar las elecciones a gobernador en Ohio.
Por ahora, no hay una figura trumpiana oscilando entre famoseo y política de manera efectiva, aparte de Elon Musk, pero al ser nacido en Suráfrica no puede presentarse.
Entonces…
¿Veis un patrón, verdad? No es nada fácil decir quién puede ser presidenciable, porque cuando un partido controla la Casa Blanca, eso tiende a eclipsar a las alternativas. Ahora mismo no creo que vaya a ser Vance, y me suena más a alguien de fuera de la administración Trump que alguien salido de ella.
Pero las primarias están a dos años de distancia. Un mundo.
La verdad, no me atrevo a hacer grandes predicciones. De momento yo seguiría a Cruz, Rubio y DeSantis, por ser “perdedores” en rondas anteriores, y después a Britt, Ernst, y Cox. Vance está en la carrera también, por supuesto. Es muy posible, sin embargo, que el candidato no esté en esta lista en absoluto, porque Trump ha hecho del GOP un partido mucho más impredecible y errático que antes. Veremos.
Explicado rápido: la 12º enmienda no aclaraba si el VP sólo asumía los poderes y deberes de la presidencia o también asumía el cargo, ni tampoco definía qué quería decir “incapacidad”. Tampoco aclaraba qué sucedía si un presidente sin VP (porque había ascendido a ese cargo tras la muerte del presidente) fallecía en su puesto.
Ha habido nueve VPs que han ascendido a la presidencia de esta manera. El trabajo será aburrido, pero históricamente la tasa de mortalidad presidencial es lo suficiente alta como para que el cargo sea atractivo.
Su debate con Khurshev en Moscú es célebre por un buen motivo. Nixon era muy buen político, pero se topó con Kennedy.
En 1960 muchos líderes del movimiento de derechos civiles se fiaban más de Nixon que de Kennedy, que no hizo nada apenas para sacar adelante esa ley.
Los años de Nixon fueron muy locos.
El discurso sigue siendo increíble.
Más en mi libro; antes de 1972, el sistema era muy opaco y no del todo democrático.


Discrepo sobre Kim Reynolds. Es bastante conservadora, no moderada.
Acabo de ver el discurso de Obama. Que los americanos eligieran al patán que hoy les gobierna tras este hombre (que, con todos sus defectos, no daba ni mucho menos vergüenza ajena) es algo que para mí sigue siendo incomprensible.