Nota: este artículo fue inicialmente publicado en Voz Populi, donde habitualmente escribo sobre temas no estrictamente relacionados con la política americana. Dado que el mercado de la deuda federal parece que será uno de los problemas emergentes a los que se enfrenta la administración Trump estos días, lo comparto por aquí también.
En condiciones normales, los países desarrollados suelen endeudarse cuando la economía va mal. La actividad empresarial se frena, cae el empleo y la recaudación impositiva disminuye. A su vez, el Estado gasta más dinero en cosas como prestaciones por desempleo, ayudas sociales y pensiones de jubilación anticipada.
Estados Unidos, desde hace 6 años, tiene una de las economías más robustas del planeta. La tasa de desempleo ha estado por debajo del 5 por ciento de manera consistente, el PIB ha crecido con fuerza, la productividad ha ido aumentando y los salarios, hasta hace muy poco, habían aumentado de forma consistente por encima de la inflación.
En estas condiciones, lo que esperas no es ya reducir el déficit público, sino incluso tener un ligero superávit. Con la economía a pleno rendimiento, los gobiernos no deberían tener mucho en qué gastar, concentrándose en inversiones de futuro y preparándose para cuando las cosas vayan mal dadas.
Si miras las cifras presupuestarias de Estados Unidos, no obstante, lo que vemos es un déficit público que ronda el 6 % del PIB. La deuda pública del país acaba de cruzar el umbral de los 40 billones de dólares y es, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, mayor que la economía del país. Y esta era la situación fiscal a principios de año, antes de que el Pentágono se dedicara a fundirse miles de millones de dólares en una guerra absurda con Irán y antes también de que las cifras de crecimiento del empleo y del consumo empezaran a ofrecer claros síntomas de fatiga.

No es normal que un país, especialmente un país desarrollado y presuntamente responsable, tenga esta clase de agujero fiscal antes de meterse en una recesión. Estados Unidos, tras años de bajadas de impuestos irracionales y total falta de disciplina fiscal, se encuentra en esta tesitura.
Es harto improbable, por no decir imposible, que Estados Unidos sufra una crisis de deuda al estilo de Grecia o España hace 15 años. El país emite bonos del Tesoro usando su propia moneda y la Reserva Federal siempre puede monetizar esa deuda. Que no veamos un pánico desaforado y el colapso del sistema financiero internacional, no obstante, no significa que esta montaña de deuda no tenga consecuencias importantes.
Para empezar, esta no es la única que está flotando por el sistema. Aparte de las montañas de deuda pública, tenemos también algo que lleva tiempo pareciéndose bastante a una burbuja: las inversiones de las grandes tecnológicas en inteligencia artificial. Hablamos de cifras absolutamente colosales; este año se calcula que van a emitir 800.000 millones de dólares en deuda para construir centros de datos. Como referencia, el déficit federal el año pasado estuvo un poco por encima de los 1,8 billones de dólares; Amazon, Google, Meta, Oracle y compañía, en solitario, van a fundirse sobre un 3 % del PIB de Estados Unidos en deuda para comprar GPU.
En Estados Unidos hay, entonces, una colosal demanda de deuda por parte, por un lado, del Gobierno más poderoso de la Tierra y, por el otro, de las empresas más ricas del planeta. Esto hace que cualquier otra persona que quiera pedir un crédito se esté empezando a encontrar con algunas barreras importantes.
Cualquier persona que haya intentado contratar una hipoteca en Estados Unidos en los últimos meses lo ha visto en primera persona: una subida de los tipos de interés. El Gobierno federal estadounidense está pagando sobre un 5,3 % de interés en sus bonos a 30 años estos días. Estos bonos son considerados la deuda más segura en la que uno puede invertir, así que cualquier otro préstamo, sea para una empresa o para un particular, va a tener que pagar un interés más alto simplemente para señalar esta diferencia de riesgos. También está compitiendo con la insaciable demanda de Silicon Valley por endeudarse hasta las trancas. Así que, si eres un particular o una pequeña empresa, lo que era un préstamo al 4 o 5 por ciento hace 3 años ahora está por encima del 7.
Por mucho que la Reserva Federal esté manteniendo sus tipos de referencia relativamente bajos, los mercados están haciendo que comprar una vivienda o invertir en una empresa sea considerablemente más caro.
El problema, además, no se queda aquí, sino que Estados Unidos lo está también exportando. Cuando tienes un país fagocitando más de 3 billones de dólares en préstamos cada año, estás compitiendo con ellos cuando intentas encontrar a alguien que te preste dinero. Los tipos de interés no solo están subiendo en Estados Unidos, sino que también están viendo presiones similares al alza en el resto del mundo.
La guinda, además, es también cortesía de Estados Unidos y su estúpida e irresponsable guerra con Irán. La subida del precio del petróleo ha empujado al alza la inflación en todo el planeta; ha empujado también a los prestamistas a pedir tipos más altos, ya que no quieren que sus intereses sean devorados por una moneda que está perdiendo valor.
La consecuencia de toda esta deuda, en el mejor de los casos, será un enlentecimiento de la economía, empujado sobre todo por los sectores que son más vulnerables a las subidas de tipos: el automóvil y la vivienda. El frenazo será especialmente difícil de revertir porque la subida de tipos no ha sido impulsada por los bancos centrales, sino por pura demanda de deuda, así que la solución debe ser vía fiscal, subiendo impuestos o reduciendo gasto. Es muy improbable que la administración Trump, a corto plazo, esté por la labor de hacer cualquiera de estas dos cosas.
La otra salida posible debería venir vía inteligencia artificial. O bien las empresas del sector realmente traen consigo los aumentos de productividad prometidos y con ello un soberbio crecimiento económico en los próximos años, o bien hay un petardazo extraordinario en un sector que está endeudado hasta las trancas y quizás se lleven a medio sistema financiero por delante con ellas. Tendremos una repetición, si todo va bien, del colapso de las puntocom a finales de los 90 o, si todo va mal, de medio Wall Street allá por 2008.
España ha tenido suerte tras la pandemia con 5 o 6 años de sólido crecimiento económico. Mucho me temo que, sin comerlo ni beberlo, tenemos un horizonte bastante más complicado a medio plazo.

