Lo que podría haber sido y no fue
Un concierto tremendo, y una presidencia alternativa
Este año se cumplen 250 años de la firma de la declaración de independencia de Estados Unidos. Las autoridades y administraciones públicas del país llevan meses preparando celebraciones de todo tipo, combinando espíritu patriótico, veneración por los padres fundadores y esa ligera ingenuidad que tienen los americanos cuando celebran su propio país. Hay también en muchos lugares una cierta aprensión, una falta de entusiasmo ante esta efeméride.
Porque sí, hay mucho de lo que estar orgulloso. Pero Trump es presidente, y estos días nunca parece querer dejar de lado una oportunidad para dar vergüenza ajena.
El conciertazo
La Casa Blanca iba a organizar, y en teoría llevan meses en ello, la “gran feria americana” en Washington para honrar la historia del país. Como en toda state fair (una tradición extraña que debo explicar algún día) habrá chiringuitos de comida, jolgorio y conciertos, todos en el Washington Mall.
La comisión organizadora anunció hace unos días los artistas que iban a participar en tan magno evento, en algo que será recordado y mencionado, a buen seguro, en los libros de historia de aquí cien años. La lista incluía a Morris Day and the Time, Young MC, C+C Music Factory, The Commodores, Martina McBride, Flo Rida, Milli Vanilli, Bret Michaels, Martina McBride y Vanilla Ice.
Antes de que os vayáis a Spotify o Wikipedia a buscar quién demonios es esta gente, extrañados de que o bien os sean desconocidos o los pocos que os suenan sean por motivos sospechosos y os extrañe que sigan con vida, la cuestión es que sí, son gente desconocida o que es absolutamente inexplicable que estén en un evento así. Vanilla Ice es absolutamente ese tipo que tiene una canción y sale en una peli atroz de las Tortugas Ninja (lo siento mucho, pero tenéis que verlo).
Bret Michaels es el excantante de Poison, una banda que dejó de ser relevante (siendo generoso) en 1989, y que es ahora más famoso por tener un reality en VH1 y ser un concursante en Celebrity Apprentice. Milli Vanilli es ese grupo alemán que tuvo ese escándalo de que no cantaban una mierda en 1990. Uno de sus integrantes murió en 1998, y teniendo en cuenta que eran un dúo, es cosa fina que sigan en activo.
Imaginad que Ayuso fuera a celebrar un concierto aniversario del Dos de Mayo y que tuvieran como estrellas invitadas a Bertín Osborne, Las Ketchup y alguien que quedó cuarto en la tercera edición de Operación Triunfo. Pues eso.
Artistas con dudas
Pero lo de Trump es más embarazoso. Sea porque los organizadores no explicaron a los artistas a qué demonios les estaban apuntando, sea porque incluso gente que se pasa la vida haciendo bolos en fiestas de pueblo aún conserva algo de dignidad, sea porque (en el caso de Milli Vanilli) inexplicablemente habían contratado a un grupo tributo y no a la banda original, básicamente todos los artistas invitados han ido retirándose del evento, uno a uno, dando excusas variadas. Cuando alguien que hizo cuarenta episodios de algo llamado Rock of Love with Bret Michaels dice que le da vergüenza participar en algo y no necesita la pasta, algo estás haciendo espantosamente mal.
El único artista que no se ha retirado es Vanilla Ice, que aparte de ser un aparente superfan de Trump, debe ir muy corto de pasta desde que le cancelaron su reality Vanilla Ice se hace Amish y su segundo reality de bricolaje y compra-venta de casas.
Sí, en serio.
Una respuesta la mar de madura
Como era de esperar, Trump se ha tomado todas estas noticias bastante mal. Ha anunciado en su red social que harán un mitin de esos de Make America Great Again con TRUMP, o sea, él mismo, como artista principal, porque atrae más gente y tiene más carisma que Elvis en su cénit, y lo hace sin guitarra, y que los cantantes cobraban demasiado, nadie quiere escucharles y su música es aburrida.
Tras ello ha puesto varias fotos de sus reformas al estanque delante del Lincoln Memorial (que son todo un pufo por sí solas), ha vuelto a pedir que construyan un salón de banquetes y ha aullado un rato sobre cómo los jueces son todos unos corruptos porque no le dejan poner su nombre en el Kennedy Center y que, por lo tanto, no quiere saber más de él y dejará que se pudra y se caiga a trozos sin reformas.
Oh, y ha colgado una foto hecha con IA de drones de combate estacionados en el techo del salón de fiestas y jolgorios que quiere construir en la Casa Blanca.
Si esto os parece inusual, no lo es en absoluto. La presidencia de los Estados Unidos es, desde hace meses, una repetición diaria de idas de la olla de esta clase, una detrás de otra. Trágicamente, la mayoría de estas estupideces no se deben a memeces inofensivas derivadas de la incapacidad de esta tropa de montar el equivalente americano a una fiesta mayor de pueblo. Así que tenemos al país perdiendo una guerra en Irán, la inflación subiendo, el prestigio internacional de Estados Unidos por los suelos y una calamidad tras otra en política educativa, migratoria, de sanidad o impuestos.
Un mundo alternativo
Lo trágico de todo este asunto es que el segundo mandato de Donald Trump podría haber sido muy diferente. Estados Unidos, como casi todas las democracias avanzadas, es un país que suele ir bien por sí solo, sin que tengas que hacer gran cosa para gobernar en circunstancias normales. La mayoría de presidentes pueden hacer lo de “ir tirando” sin problemas, y cuando se jubilan, dejan un legado modesto pero respetable. Los presidentes fallidos fracasan porque se encuentran una crisis y no son capaces de responder a ella de forma efectiva; los grandes líderes son los que solventan la crisis.
Trump es un caso único, en la historia del país, de un presidente que ha sido la causa de todos los problemas y crisis a los que se enfrenta su administración, y que lo ha hecho aposta, con entusiasmo, y sin dar señal alguna de entender que está rompiendo cosas de la forma más idiota posible.
Imaginad, por un momento, una presidencia de Trump en la que Estados Unidos decide no declarar una guerra comercial al planeta entero con sus aranceles. Donde pide negociar cambios, pero dentro de un proceso normal. En política migratoria, cierra la frontera con México, pero usa ICE de forma medio discreta, no como una fuerza paramilitar de ocupación que aterroriza ciudades enteras y mata varios civiles. Al hablar de presupuestos, hace recortes mediante legislación, aprovechando que los republicanos controlan el Congreso, en vez de enviar un ultrabillonario chiflado y un montón de becarios a despedir gente al azar. En vez de iniciar toda una serie de ataques judiciales enloquecidos a sus enemigos, les deja en paz. Y, por supuesto, nada de demoler secciones enteras de la Casa Blanca para construir un palacio, crear fondos para regar de millones a golpistas que le caen bien o robar todo lo que no está clavado en el suelo.
Oh, y nada de ir a la guerra contra Irán.
Es decir, algo parecido al Trump del primer mandato, que aunque también era impopular, nunca llegó a las desastrosas cifras actuales, se cargó la economía global o destruyó los cimientos del sistema político del país. Lo que le condenó entonces fue, aparte de ser un cretino, la desastrosa respuesta a la pandemia.
Un fracaso colosal
Siempre hablo sobre cómo los partidos políticos en Estados Unidos son organizaciones débiles. No hay unas “élites” que controlen el mensaje, ni hay “sabios” que puedan convencer a un presidente o candidato de nada. Durante su primer mandato, Trump iba tan perdido que se vio forzado a nombrar a republicanos de toda la vida en su gabinete, que poco o mucho evitaron que se metiera en embolados demasiado graves. Esta vez, Trump no sólo ha podido escoger a una manada de pelotas y lamebotas que le ríen todas las gracias para formar gobierno, sino que además ha purgado a todo disidente que se le opusiera en primarias.

Hay un mundo, no demasiado distinto al nuestro, en el que la lección que Trump aprende tras perder las elecciones de 2020 es que para gobernar bien lo mejor que podía hacer era rodearse de expertos, no cometer errores y dejar que la tremenda vitalidad económica de Estados Unidos haga el resto. Cuando es reelegido, hace lo menos posible, juega al golf cada fin de semana y da mítines y preside desfiles para celebrar los 250 años de independencia con pompa y solemnidad.
Pero Trump no aprende. Trump tiene los instintos de un niño de 12 años, y la única conclusión extraída de su primer mandato es que el deep state no le dejó trabajar libremente y no pudo demostrar su genio, pero que ahora hará lo que él quiere, porque es un genio, y quien se queje, a la calle.
Pero no es un genio. Es increíblemente impopular. Ha cometido el peor error estratégico en política internacional desde que Wilson “arregló” la paz en Europa en Versalles, está delirando cada día en internet y ha conseguido que hasta a Milli Vanilli les dé vergüenza participar en algo que ha organizado.
Y mira que lo tenía fácil.
Bolas extra:
La juez que llevaba el pleito de Trump contra Trump para pedir “compensación” que acabó en ese fondo para golpistas ha decidido reabrir el caso, porque todo el “acuerdo” le parece imposiblemente sospechoso de fraude. No está claro qué ley se aplica, porque nadie había hecho nada tan corrupto antes.
El Kennedy Center, por cierto, está en un brete, porque iba a cerrar para renovaciones pero ahora que una juez ha dicho que no puede llevar el nombre de Trump, el presidente no quiere saber nada.
Hay una industria entera de gente vendiendo indultos en Estados Unidos a base de regar dinero sobre amiguetes y familiares de Trump.
Estados Unidos sigue admitiendo miles de refugiados. Todos son blancos sudafricanos, “escapando” del racismo.



