Independence, Missouri, es uno de esos lugares que son famosos debido a un par de sucesos un poco al azar. Fundada en 1827 en el punto de unión de dos ríos casi en medio de ninguna parte, resulta ser un lugar sagrado para la Iglesia Mormona, ya que Joseph Smith, en 1831, se plantó en el pueblo y profetizó que en ahí estaría el templo de Nueva Jerusalem.
Los mormones fueron echados a patadas del lugar unos años después (la historia de esta religión es loquísima), e Independence volvió al anonimato hasta principios del siglo pasado, cuando Harry S. Truman empezó ahí su carrera política. Desde entonces, no ha pasado realmente nada, una pequeña ciudad de 123.000 habitantes que casi nadie sabría encontrar en el mapa.
Los inversores
No hace demasiado, una empresa llamada Nebius AI empezó a construir un centro de datos que, una vez terminado, ocupará más de 150 hectáreas, con una inversión de 150.000 millones de dólares. Para haceros una idea de la magnitud del proyecto, esa cifra es sólo ligeramente inferior al PIB de toda la Comunidad Valenciana.
Las autoridades locales trabajaron duro para atraer esta empresa; el consejo municipal parece que les dio una exención del 90% a sus impuestos. Pero dada la colosal inversión, incluso con esa cifra Independence iba a recibir una burrada de dinero.
Lo que no se esperaban los miembros del ayuntamiento, sin embargo, es la reacción de los votantes. En Missouri, como en muchos estados, existe la figura del referéndum revocatorio. Tras una recogida de firmas, John Perkins, uno de los concejales que más hizo para atraer esta inversión, fue obligado a presentarse a la reelección. Se llevó una soberbia paliza, con un 68% de los votantes decantándose por echarlo del cargo.
Josh Marshall, de TPM, explica la historia del proyecto con un poco más de detalle por aquí. Nebius, como suele ser el caso en estas instalaciones, actuó con nocturnidad y alevosía para conseguir que le aprobaran el proyecto a toda velocidad. No está nada claro de dónde vendría el suministro eléctrico; están reabriendo una central eléctrica (de carbón), pero tendrán que añadir más capacidad igualmente.
La parte más significativa, sin embargo, es que esta rebelión ciudadana contra sus políticos locales, cascándose en las urnas (hasta ahora) a tres de los cinco concejales que aprobaron el proyecto, está sucediendo en Missouri, un estado del Midwest que Trump ganó por 18 puntos y en el que los republicanos dejan a las empresas hacer lo que les da la santísima gana.
Sí, Independence es una de las pocas ciudades donde ganan los demócratas. Pero ver un ataque de fervor ideológico ecologista y antiempresarial en Missouri es algo parecido a ver una declaración en defensa de la República Catalana por parte del ayuntamiento de Valladolid. Uno no ve estas cosas en el Midwest.
Guerra a las máquinas pensantes
El electorado americano este año ha descubierto al enemigo, y ese enemigo son las máquinas. En una especie de Yihad Butleriana contra los centros de datos, la oposición contra estas instalaciones se ha disparado por todo el país. Siete de cada diez americanos se opondrían a que alguien construyera uno cerca de dónde viven, según Gallup. Entre los principales motivos se encuentra el consumo de energía y agua, la factura de la luz, el ruido y la contaminación.
Sólo un 14% está en contra de la inteligencia artificial, por cierto; una mayoría usa esta herramienta habitualmente. Pero en un sondeo tras otro el consenso casi universal es que los centros de datos deben estar lejos, en otro sitio. Es más, prefieren vivir cerca de una central nuclear que de un centro de datos. Y esto no es cosa de estados demócratas más oposición localizadas en swing states y sitios no demasiado conservadores. Incluso en Texas, un 57% de votantes se opondrían a uno en su municipio, y este es un estado en el que poner refinerías en zonas residenciales es casi una tradición local.
No es inusual oponerse a tener servidores quemando unos cuántos cientos de megavatios de corriente eléctrica cerca de casa, ciertamente. Lo sorprendente es que esta oposición se ha extendido por todo el país y es esencialmente transversal, tanto entre partidos como en casi todos los estados. En los legislativos estatales, el número de normas anti-centros de datos se ha disparado. Las reacciones más iracundas, además, las estamos viendo en sitios como Texas o Missouri, donde (gracias a regulaciones ambientales laxas) estos proyectos han sido aprobados con extraordinaria rapidez, y donde más se ha invertido.
Porque se está invirtiendo muchísimo. Comparemos, por ejemplo, la inversión en oficinas y centros de datos:
Hablamos de un sector que invertirá este año 650.000 millones de dólares construyendo centro de datos en Estados Unidos, básicamente el PIB de Madrid y Cataluña sólo en CPUs y GPUs.
Manifiestos revolucionarios
¿Por qué esta industria se ha convertido, en cuestión de meses, en un problema político? Primero, porque el foco de protestas más habitual en Estados Unidos siempre ha sido el Not In My Backyard, o NIMBY, protestas a que algo se construya en tu barrio. Ir a la guerra contra un almacén lleno de servidores no es demasiado distinto, desde el punto de vista organizativo, a montarla contra viviendas asequibles, una fábrica o una línea de tren. Los votantes están habituados a esta clase de movilización, y el sistema político, en general, da bastantes herramientas a los que protestan para que protesten en plenos, comités, audiencias y lleven cosas a los tribunales.
Segundo, los centros de datos realmente provocan externalidades considerables. Aunque las objeciones sobre ruido, radiaciones o consumo de agua son un tanto exageradas, lo que es indudable es que utilizan una cantidad de electricidad descomunal, hasta el punto de tener un efecto apreciable en la factura de la luz y traen consigo la reapertura o instalación de centrales eléctricas de toda clase. En la América de Trump, estas suelen ser alegremente contaminantes y sin que los reguladores se quejen en absoluto, o cuando lo hacen, las consecuencias sean irrisorias.
Tercero, las grandes tecnológicas se las han apañado estos últimos años en enfurecer a todo el mundo. Más a los votantes demócratas que los republicanos, cierto, pero su desmesurada influencia en Washington, la tendencia de muchos de sus líderes a comportarse como cretinos megalómanos y la obscena, desmesurada concentración de riqueza en muy pocas manos les han convertido en los grandes malvados del país.
Uno no suele ver en Fox News encuestas con estas cifras, en las que una mayoría de votantes digan que las grandes tecnológicas son la principal amenaza para el futuro del país, por encima del “big government”:
La resistencia contra los centros de datos, para muchos activistas, no es sólo cuestión de parar un proyecto en mi ciudad o barrio. Tiene bastante de “hay cinco tipos que gobiernan el país y están obligándonos a comernos esto con patatas, y no lo vamos a permitir”.
En dirección contraria:
Y esta resistencia ha llegado al punto de convertirse en uno de los temas principales de estas elecciones en sitios como Texas, con los candidatos republicanos a la defensiva.
El único que no parece haberse enterado es, inexplicablemente, Donald Trump.
El tipo está enamorado con la idea de poner centros de datos en todos lados. Esta curiosa postura del presidente casi le hace un favor a muchos candidatos republicanos, ya que les permite tener un tema en el que pueden estar abiertamente en desacuerdo con su jefe de filas estas elecciones. Esto es, si los votantes pueden distinguir al presidente de sus seguidores, y más cuando el GOP ha expresado fidelidad casi infinita hacia Trump durante años.
Bolas extra
La administración Trump tiene a cientos de agentes federales dedicándose a revisar, a veces uno por uno, si votantes aleatorios son ciudadanos o no. Es una pérdida de tiempo colosal para solucionar un problema imaginario.
Los republicanos han intentado sacar adelante una resolución para reformar la constitución para que el Supremo tenga nueve jueces de forma permanente. No han conseguido ni una mayoría simple.
Parece irrelevante, pero no lo es: la constitución americana deja en manos del congreso establecer cuántos jueces hay en el supremo. Roosevelt, en los años treinta, ya amenazó con reformar un tribunal que le tumbó varias leyes del New Deal a base de añadir seis jueces más de una tacada. La cosa se quedó en nada, pero el supremo misteriosamente decidió que el New Deal era súbitamente constitucional.
Los tipos de interés de las hipotecas están subiendo con fuerza en Estados Unidos, en parte por los problemas en el mercado de deuda pública.
Maria Bartiromo, una de las presentadoras favoritas de Trump en Fox News, ha dejado la emisora (la han “dimitido”) sin que nadie haya dado explicaciones. Bartiromo empezó su carrera en CNBC y pasó a Fox Business hace algo más de 11 años, y se ha ido radicalizando desde entonces. Fue una de las peores negacionistas sobre los resultados de las elecciones el 2020.
Hablando sobre IA, el hackeo de Hugging Face fue mucho más aterrador de lo que se dijo en un primer momento. La IA estaba completamente fuera de control.
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Si en el GOP fueran listos, intentarían sacar una enmienda constitucional que estableciera el límite en 11 jueces, con una disposición transitoria que dijera que cada una de las próximas dos vacantes que se produzcan será cubierta por dos nuevos jueces. Con eso se blindan la actual mayoría, que en el peor de los casos quedaría 6-5, y se podrían presentar como moderados, conciliadores, bipartisans y todo eso. Sí, seguramente los demócratas no lo aceptasen, pero eso casi que sería lo mejor del plan; y si se lo aceptasen, el propio funcionamiento del sistema de partidos seguiría favoreciendo mayorías conservadores en el tribunal y ya no habría posible amenaza de packing.