La música de ninguna parte
La administración Trump y la empresa más odiada de América
Para ser un boletín sobre política, en esta página se habla un poco demasiado a menudo sobre Taylor Swift. Hará cosa de un par de años, tuvimos ese bonito episodio en el que un sector de la derecha americana decidió que era el mal y socialismo.
Hoy toca hablar de otra historia nacida de un enfado de Taylor Swift y la reacción indignada de sus millones de fans hace tres años que está a punto de llegar a su punto culminante: la batalla contra Live Nation.
Comprando entradas en Estados Unidos
En Estados Unidos, cuando quieres comprar entradas para un concierto, es muy probable que acabes en la página de una empresa llamada Ticketmaster.
Fundada en los setenta, la compañía es, en teoría, una plataforma de pagos para conciertos y otros eventos. Cuando un teatro, pabellón deportivo, estadio o salón de fiestas quiere montar un concierto y vender entradas, contratan a Ticketmaster para que se encargue de ello. Más de un 60% de las entradas vendidas en Estados Unidos son procesadas en sus servidores, y el porcentaje es mayor (probablemente por encima del 70%) para conciertos.
Esto no deja de ser una sorpresa, porque la página de Ticketmaster es probablemente el único lugar de todo internet que hace que eches de menos la web de Renfe. Lenta, farragosa, confusa, llena de morralla visual y mapas de asientos indescifrables, tiene además la mala costumbre de caerse con todo el equipo cada vez que un artista medio importante pone sus entradas a la venta, como sucedió en el 2023 con Taylor Swift.
La catástrofe swifista
El Eras Tour, que iba a ser la gira de conciertos más lucrativa y multitudinaria de la historia, había generado una expectación colosal. Más de tres millones y medio de personas se registraron para la preventa; cuando entraron en el sistema, la página se estrelló espectacularmente, dejando al colectivo de fans más obsesivo del planeta batallando contra su navegador durante horas, entre listas de espera y clicks apresurados. Ticketmaster vendió 2,4 millones de entradas ese día.
Hubo quejas, frustración y aullidos de rabia, que sólo hicieron que aumentar al día siguiente cuando cientos de miles de estas localidades aparecieron en páginas de reventa. Volaron las acusaciones sobre presuntas relaciones de la compañía y comisiones para vender entradas en el mercado de reventa, quejas sobre precios abusivos e incompetencia.
Swift y sus representantes, aparte de quejarse amargamente y pedir disculpas, explicaron que aunque sabían que Ticketmaster era horrible, no habían tenido más remedio que vender a través de ellos por un motivo muy sencillo: casi todos los grandes estadios y escenarios de Estados Unidos tenían acuerdos exclusivos con ellos, y no tenían otra alternativa.
Redes y monopolios
La enorme polémica desatada por el Eras Tour acabó por atraer la atención de la clase política americana. Tres millones y medio de personas son muchos votantes, y esto de atizar a la empresa que se interpuso entre todos estos fans y Taylor Swift iba a ser políticamente popular. Así que el escándalo acabó en el Congreso de los Estados Unidos (¡!) con legisladores de ambos partidos atizando a los ejecutivos de Ticketmaster en una audiencia pública. Hubo propuestas de ley en varios estados, ruedas de prensa, y todas esas cosas que los políticos americanos adoran.
Todas estas investigaciones y ruido mediático no fueron cosas simbólicas, sino que sirvieron para poner sobre la mesa un problema de fondo importante. La posición dominante de Ticketmaster no era (obviamente) fruto de su eficiencia y bajo coste; es más, los tipos tienen la mala costumbre de cobrar toda clase de “extras” como “tarifas de servicio”, “tasas de entrega” (aunque uses un QR en tu móvil) o “cargos por instalaciones” con un entusiasmo digno de Ryanair.
Lo que sucede es que los artistas, incluso alguien tan famoso como Taylor Swift, se ven obligados a pasar por el aro de Ticketmaster por culpa de su empresa matriz, Live Nation.
Vista de lejos, Live Nation no parece gran cosa. La compañía tiene algo más de 150 escenarios en ciudades de todo el país, y controlan en mayor o menor medida otro centenar. Estados Unidos es enorme, así que esto puede parecer una cifra pequeña. Mirando con un poco más de detalle, sin embargo, es bastante obvio que la estrategia de Live Nation es comprar los 2-3 teatros, pabellones, o lugares para conciertos más importantes en las áreas metropolitanas más grandes del país, creando una red nacional. Todos estos sitios sólo pueden comprar vender entradas a través de Ticketmaster.
Live Nation, aparte de teatros y anfiteatros variados, también representan más de 400 artistas, muchos de ellos nombres importantes. Cuando estos van de gira, por supuesto que suelen ir a teatros que son propiedad de la empresa. Si algún promotor quiere llevarlos a su local, Live Nation te obliga a usar Ticketmaster. No sólo eso; te prohíben usar cualquier otra plataforma para vender entradas, no sólo de artistas de Live Nation, sino de cualquier otro que quieras contratar. Pobre de ti que alguien importante esté de gira, pase por tu garito, y decidas no usar Ticketmaster para ese concierto.
Ahora imagina que eres un artista como Taylor Swift, y quieres ir de gira por Estados Unidos. Live Nation tiene casi todos los escenarios importantes bajo su control. Muchos que no controla directamente también usan Ticketmaster para vender entradas. Así que, por mucho que seas la artista más famosa de la tierra, te tocará pasar por el aro y usar Ticketmaster, que aparte de dar un servicio horripilante, añadirá una montaña de extras enormes al precio que pongas, te cobrará una comisión tremebunda, y se reirá en tu cara cuando insinúes que quieres mejor trato.
Quizás te hace ilusión tocar en el Batzoki Iñaki Perurena, en Blackfoot, Idaho1. Que es el único lugar entre California y Chicago donde vas a poder vender entradas.
Abogados al rescate
Live Nation y Ticketmaster habían funcionado como empresas independientes hasta el 2010, cuando la administración Obama, de forma un tanto incomprensible, autorizó su fusión. El departamento de justicia bajo Joe Biden, sin embargo, siempre había sido mucho más escéptico ante las tendencias monopolísticas del capitalismo americano, así que en el 2024, ante el aplauso casi unánime del público y crítica, llevaron a Live Nation a juicio. Los fiscales generales de 39 estados (incluyendo decenas de republicanos) se unieron al caso. Era un clamor nacional por ajusticiar a los malhechores y desmantelar la empresa, que ejercía de forma descarada como un monopolista integrado de forma vertical, extrayendo montañas de beneficios gracias a su posición dominante.
La opinión de los expertos era también casi unánime: la acusación del departamento de justicia era muy sólida, y este era un caso que, de acabar ante un jurado, terminaría con la demolición de Live Nation. Y dado que en Estados Unidos hay muy, muy pocas empresas más detestadas que Ticketmaster, el público acogería la noticia con entusiasmo.
A juicio
Tras años de preparación, mociones, declaraciones y cosas legales variadas, United States v. Live Nation Entertainment, el juicio del siglo, la batalla judicial que Taylor Swift y sus legiones de fans engendraron, finalmente iba a empezar su vista oral. Los artistas, salvados. La música iba a estar libre del yugo de la peor página web del planeta al fin.
Y, a los pocos días que empezaran a desfilar testigos y expertos ante el jurado, el departamento de justicia de Estados Unidos anunciaba que había llegado a un acuerdo extrajudicial con Live Nation y quería retirar los cargos.
El pacto alcanzado es lamentable. Live Nation pagaría una multa de $280 millones de dólares al gobierno y los estados implicados, y eliminaría la obligación de usar Ticketmaster a 13 teatros. También prohibiría a Ticketmaster penalizar a aquellos teatros que vendan entradas usando otras plataformas o limitar el uso de teatros a artistas bajo contrato con Live Nation. Es decir, una multa que equivale al uno por ciento de los ingresos anuales de la empresa (25.000 millones el año pasado) y que le prohibiría hacer cosas que ya son ilegales ahora mismo.
Dada la enorme bajada de pantalones que supone el acuerdo, el hecho que la administración Trump ni se molestó en avisar a los fiscales generales de los estados y que esto sucedió por sorpresa y sin apenas detalles, el juez del caso tuvo un berrinche de impresión, diciendo que el proceso era completamente inaceptable. Los fiscales generales, con la excepción de un puñado de trumpistas, dijeron que ellos no querían saber nada del asunto e iban a seguir adelante con el caso.
Nadie tiene demasiado claro qué vendrá ahora, porque no existen demasiados precedentes en los que el departamento de justicia decida a medio camino decir que por ellos vale y que se van del caso. Aparte de la señal más que confusa que esto da al jurado, los abogados de Live Nation van a tener una excusa maravillosa para litigar que todo esto es muy irregular y que todo lo que salga es nulo, o que hay que repetir todo de nuevo. El juicio, por ahora, ha seguido adelante, con un testigo tras otro dejando bien claro el colosal pufo que es Ticketmaster y las tácticas mafiosas de Live Nation.
Sobre cuál es la motivación de la Casa Blanca para alinearse con la empresa más detestada de América nadie sabe nada. La sospecha, porque con esta gente hay que pensar así, es que alguien en Live Nation ha hecho una donación enorme a una PAC de Trump, convenientemente camuflada, o que están “colaborando” en algún fantástico negocio con alguien conectado a la administración. No me extrañaría demasiado, sin embargo, que Trump haya decidido que una gran empresa ganando dinero a costa de sucios músicos de izquierdas como esa Taylor Swift que apoyó a Kamala Harris es algo fantástico, y no sea más que otra venganza personal.
Dentro de unos días o semanas tendremos el veredicto del jurado, y la batalla legal no habrá hecho más que empezar. Será el juez quien decida, de haber monopolio, cómo debe dividirse o regularse, con los fiscales federales y estatales ofreciendo propuestas contradictorias. Habrá recursos, más litigios, y esto acabará, casi seguro, en manos del próximo presidente.
En una administración que a menudo es malvada hasta extremos ridículos, lo de apoyar a Ticketmaster no es que importe demasiado, pero es de las decisiones más incomprensibles que recuerdo. Son realmente especiales.
Bolas extra:
Por supuesto que el juicio no tendrá un coste político para Trump. Con la guerra de Irán, esto está no en segundo, sino en séptimo o noveno plano.
Trump realmente no parece tener ni la más remota idea sobre qué piensa sobre Irán o la guerra. El hombre ha cambiado de opinión media docena de veces en sus declaraciones estos días.
La Casa Blanca ha decidido prohibir que 200.000 inmigrantes legalmente en Estados Unidos puedan tener el carnet para conducir camiones. En un país donde hay un déficit de camioneros importante, esto hará que suban los precios.
Ahora queremos que Cuba sea un protectorado también. Los designios de esta gente en política exterior son maravillosos.
Aunque en Idaho hay muchos descendientes de vascos, este Batzoki no existe. Pero debería existir.



