Estamos oficialmente a una semana de las elecciones. Más en concreto, estamos a una semana del día en que se cierran las votaciones y se empiezan a contar votos; la mayoría de estados del país tienen voto anticipado, voto por correo, o una combinación de ambos1. Ayer lunes se estimaba que casi 31 millones de americanos habían depositado ya sus papeletas, sobre una cuarta parta de la participación esperada2, además de unos 40 millones de votos por correo solicitados o en tránsito.
Esto quiere decir que, para muchos candidatos, la suerte está echada. Una mejoría de 2-3 puntos en las encuestas gracias a un par de anuncios brillantes o una pifia espantosa del oponente, que sería un movimiento considerable en condiciones normales, tiene un impacto mucho menor cuando un porcentaje considerable del electorado ya ha tomado una decisión.
Con la gente ya votando, solemos ver menos sondeos en esta recta final de campaña. Los encuestadores están capturando voto ya emitido, y las campañas dedican la mayoría de sus esfuerzos a movilizar a sus votantes, más que a persuadir indecisos.
¿Podemos decir algo sobre lo votado?
Dado que tenemos datos sobre quién ha votado (porque las listas de participación son públicas en casi todos los estados) y dónde, estos días tenemos a internet llena de analistas amateur mirando el número de votos anticipados en distritos clave, su composición partidista, participación en ciclos anteriores, composición demográfica de cada distrito y el vuelo de las palomas al ocaso en Cleveland, Ohio para intentar dirimir más o menos cómo van las cosas y hacer futurología sobre resultados.
En general, y con muy contadas excepciones, estos análisis son bastante torpes y no aportan demasiada información. A veces encuentras datos que parecen relevantes, como una participación electoral récord de votantes afroamericanos en Luisiana o de latinos en los condados en el sur de Texas. A veces te topas como una sopa de números que parecen no decir nada, como que en Florida demócratas y republicanos están votando en una proporción casi idéntica.
Esto puede sugerir que Luisiana es más competitivo de lo que parece en los sondeos, pero también puede ser una señal de que el votante afroamericano está más movilizado y quiere votar antes, pero no que los números totales vayan a variar mucho. En Texas puede ser señal de casi cualquier cosa, porque una movilización del voto hispano puede ser acompañada por una mayor polarización de otros grupos hacia los republicanos. En Florida, mientras tanto, ese dato que parece irrelevante puede indicar mayor movilización demócrata, ya que tradicionalmente en ese estado los republicanos usan mucho más el voto anticipado que los demócratas. Pero no sabemos, por supuesto, si esto va a ser distinto este año.
Aunque es posible hacer extrapolaciones bastante precisas, para hacerlo es necesario conocer extraordinariamente bien el estado o distrito que están analizando, a veces distrito a distrito. Hay unos pocos magos del tema bien conocidos (Jon Ralston en Nevada), pero la mayoría de ellos están trabajando para un candidato o campaña, sus análisis valen su precio en oro y permanecen bajo llave3.
Así que, con contadas excepciones, nos tendremos que limitar a información pública y no del todo basada en modelos extraños para saber qué va a suceder. Y ahora mismo, a siete días de las elecciones, tenemos tanto buenas noticias como malas noticias para los demócratas.
Predicciones y probabilidades
La mala noticia es que los sondeos, tras 3-4 meses de movimiento lento pero constante hacia los demócratas parecen haberse estabilizado un poco, o incluso movido ligerísimamente hacia los republicanos. La buena noticia es que esta estabilidad se sitúa en unos niveles de apoyo absolutamente atroces para el GOP, así que lo dicho hace unas cuantas semanas sigue siendo válido: los demócratas casi seguro van a recuperar la cámara de representantes, y son ligeramente favoritos para recuperar el senado. Lo que parece un poco menos probable es que veamos un tsunami enorme desde la izquierda que acabe barriendo a multitud de senadores republicanos en estados ultra-seguros, estilo Louisiana o Florida.
Por muy bonito y evocador que sea el vuelo de las aves para los augures en esos estados, los sondeos están cerca, pero no lo suficiente para decir que habrá múltiples victorias insospechadas de aquí una semana.
Errores y sondeos
Esto es asumiendo, por supuesto, que los sondeos acierten, y si en elecciones recientes (post-2024) los demócratas suelen sacar mejores resultados de lo esperado.
Yo no le echaría demasiadas esperanzas en esta dirección. Las legislativas no son como las presidenciales, en las que estás mirando el apoyo a un mismo candidato en todo el país, y si los sondeos están mal en Florida es probable que también lo estén, en dirección similar, en Georgia o Carolina del Norte. En las midterms, la candidata demócrata al senado en Florida es una izquierdista en un estado bastante conservador, mientras que el candidato en Georgia es un senador moderado en un estado que se está moviendo a la izquierda. Son votaciones distintas con electorados y mensajes distintos, y aunque es posible que el cabreo contra Trump sea compartido, la calidad relativa de los candidatos no lo es.
Así que, si tenemos que hacer predicciones, hay una cantidad considerable de escaños en el senado que están básicamente cerca o en el margen de error: Texas, Iowa, Kansas, Maine, Michigan, Minnesota, Carolina del Sur y Nebraska. La mayoría están en manos republicanas (todos excepto Michigan y Minnesota), así que si asumimos que son a cara o cruz es probable que los demócratas tengan una buena noche, y más teniendo en cuenta que muchos de estos estados serían imposibles en un año normal.
Pero uno puede tirar una moneda al aire nueve veces y que te salga cruz en seis o más ocasiones con relativa frecuencia4.
Abogados y elecciones
Mientras los candidatos dan los últimos mítines y se gastan millonadas en anuncios, la administración Trump está buscando toda entusiasmada teorías legales creativas para invalidar elecciones, por ahora con escaso éxito, en los tribunales.
California
La intentona fracasada más reciente ha sido en California. El departamento de justicia envió una carta amenazante al estado exigiendo que mantuvieran aparte unos 20.000 votos por correo porque tenían sospechas de que podían provenir de inmigrantes ilegales. Las autoridades locales, tras comprobar algo más de un centenar de nombres al azar en la lista y no encontrar fraude alguno, les dijeron que se fueran a paseo, y la administración Trump los llevó a los tribunales. Un juez de distrito evaluó el caso y no vio motivo para suspender la votación de inmediato; el departamento de justicia recurrió incluso antes de que hubiera sentencia, y un tribunal de apelaciones les ha dicho que se vayan a casa.
Lo más probable, viendo los argumentos legales, es que cuando se dicte sentencia sea a favor de California, que es quien administra las elecciones según la constitución, y quienes se encargan de verificar si un votante tiene derecho a participar, no el gobierno federal. Pero la idea es armar bulla, sembrar dudas sobre fraude y montar una polémica enorme en una estado donde los republicanos, tras un gerrymandering desalmado, van a ser barridos del mapa.
Alaska
El otro caso dando tumbos por los tribunales es en Alaska. Allí el departamento de justicia ha pedido a un juez que suspenda el resultado de unas elecciones si Mary Peltola, la candidata demócrata, acaba imponiéndose. El motivo argumentado es que en estas elecciones se presentan dos candidatos de nombre similar, Dan S. Sullivan, el actual senador republicano, y Daniel J. Sullivan, un don nadie que los demócratas presentaron en plan cachondo para armar bulla y jugar a confundir. Los republicanos en Alaska ya llevaron el caso a los tribunales y lo perdieron, porque increíblemente es legal ser candidato a las elecciones con un nombre similar a otro candidato.
Pero Trump está obsesionado con el tema, y le ha pedido a su fiscal general que lo litigue otra vez, y que ponga por escrito que quieren que las elecciones sólo sean válidas si su candidato gana. Es un caso absurdo, y el juez al que le tocó el caso se lo tomó como tal; es más que probable que mañana los eche a patadas del estado.
Estos dos casos, como las peticiones, repetidamente negadas (23 derrotas judiciales seguidas), de acceso al censo electoral en múltiples estados, son hasta cierto punto distracciones sobre el que para muchos es el principal riesgo de estas elecciones: que un demócrata gane en un estado controlado por republicanos y las autoridades se nieguen a certificar el resultado.



